domingo, 16 de octubre de 2016

La prima Yukie

Lo que van a leer a continuación es un relato de ficción. Se me ocurrió escribirlo porque, como mi abuela materna se apellidaba igual: Nakama-aunque la actriz es de Urasoe y mi obā era de Itoman-, cada vez que estábamos viendo televisión y aparecía en la pantalla el bello rostro de Nakama Yukie, mi chica, que, además, sabía que me gustaba porque-según ella-, cuando la veía ponía una cara de más opa (expresión de origen quechua para referirse a los cortos de entendederas) de la que suelo tener normalmente y se me caía la baba, me decía:
-Ahí está tu prima.
Hasta ahora no he conocido a mis parientes por parte de mi abuela. Así que, aunque es muy poco probable, aún existe una remota posibilidad de que la actriz y yo estemos de algún modo emparentados y de que lo que cuento en este relato hubiera podido ocurrir.

La prima Yukie

Como todos los años, el nengajō (tarjeta postal de Año Nuevo) de Yankumi-como la llamo yo desde que hizo Gokusen, porque, a pesar de la imagen de niña buena que han vendido de ella, para mí, es su personaje que mejor la retrata-, es el último en llegar. Para que no sepan que es de ella, ha firmado como Uchinānchu’s Princess, que es como yo la llamaba para burlarme de que se avergonzara de ser okinawense y de que hiciera todo lo posible por pasar como naichāLa conocí en una reunión familiar que mis parientes de Okinawa organizaron para recibirme y presentarme a la familia y me bastó verla para quedar fulminantemente enamorado de ella. Y no fue porque me pareciera muy bonita sino porque creía haber reconocido al verla a mi alma gemela-o, por lo menos, melliza-, o, quizás, simplemente, por la atracción fatal que ejercían sobre mí mis primas. Por entonces, la prima Yukie era una chiquilla engreída y caprichosa que aún no había cumplido los quince años y, aunque tenía su gracia y ya había ingresado a la Okinawa Talent Academy, nada hacía presagiar que, pocos años después, se convertiría en una hermosa mujer y en una estrella de la televisión japonesa, en la Reina de los comerciales y en una de las más queridas y admiradas Novias del Japón. Como a todas las actrices (¿o debo decir simplemente como a todas las mujeres?), a ella le gustaba ser el centro de la atención y aquella noche me miró con cara de pocos amigos cuando nos presentaron porque ese día le había robado el show. Sin embargo, poco a poco, como todos los presentes, no pudo evitar sucumbir al encanto de aquel exótico primo que había regresado de allende el mar y que los estaba encandilando con sus extravagantes historias contadas en su rudimentario japonés, y, al final, parecía que nos habíamos criado juntos. Una de las primeras cosas que me preguntó fue cuándo era mi cumpleaños y, no sé por qué, se alegró mucho cuando supo que yo también había nacido en octubre. Por mi parte, yo me alegré de que fuéramos de la misma estatura: ya teníamos dos cosas en común. Nos pasamos el resto de la noche conversando bajo la mirada cómplice de los demás familiares que veían con buenos ojos lo bien que habíamos simpatizado. Se ofreció a mostrarme la isla y pasamos unos días maravillosos, al final de los cuales estuvieron a punto de expulsarla de la academia por haber faltado a clases y porque se había bronceado, contraviniendo las indicaciones de los asesores encargados de diseñar su imagen para que gustara al japonés promedio. La última noche me llevó a la playa y cantó para mí Shima uta-canción que ese año se había puesto de moda-, acompañada de su sanshin, que tocaba con una habilidad insospechada para su edad. Sentado sobre la arena, viendo recortarse su esbelta silueta contra el cielo estrellado mientras escuchaba aquella voz un poco quejumbrosa que a mí me sonaba a música celestial, no supe a quién agradecer tanta dicha y me emocioné tanto que se me salieron las lágrimas. Ella me consoló dándome un casto beso que nunca olvidaré. Al día siguiente, cuando nos despedimos en el aeropuerto de Naha, me dijo apretándome fuertemente la mano: “Te escribiré todos los días”. No tuve noticias de ella en casi cinco años. Pero debo reconocer que cuando volvió a comunicarse conmigo fue para proponerme que le sirviera de guía en Machu Picchu, que yo conocía tan bien. Fue la única vez en mi vida que viajé en jet privado y pasé por las salas VIP de los aeropuertos y pude por fin conocer Machu Picchu. La prima Yukie se puso furiosa cuando se dio cuenta de que yo nunca había puesto los pies allí antes (aunque en Japón le había descrito a mucha gente, con pelos y señales, La ciudadela suspendida en el aire, como la llaman los japoneses). Pero conseguí que se le pasara el colerón diciéndole que así: renegona, con aquel pelo tan lacio, brillante y tan negro que parecía azul; con aquella boca tan grande, aquellos pies enormes y esos andares de pato, me recordaba a la bruja Amelia de Disney, lo que le encantó (a veces firma sus nengajō con este nombre). Al final fue ella-que se había informado mucho sobre el tema-la que me guió a mí. No he vuelto a verla desde entonces. Pero siempre espero sus nengajō que, aunque tardan, siempre llegan. 

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