miércoles, 21 de octubre de 2026

“Cumbres borrascosas de Emerald Fennell”

 


“Cumbres borrascosas de Emerald Fennell”

 

Como habrán advertido, he entrecomillado todo el título porque, tal como hizo Emerald Fennell con la Odisea de Homero, yo tampoco seré completamente fiel al argumento de su película, sino que haré una interpretación muy personal y subjetiva de la misma en base a las impresiones y recuerdos que me quedaron de ella, y, como la película es muy olvidable y teniendo en cuenta que a mí me falla cada vez más la memoria, ya me dirán ustedes.

Mi chica y yo habíamos leído que la película “Cumbres borrascosas” de Emerald Fennell era tan mala que algunas personas abandonaban la sala a media función y se regresaban a sus casas. Y es muy probable que nosotros también lo hubiéramos hecho, de no ser porque ya nos encontrábamos en ella. Las críticas habían sido tan negativas que habíamos decidido ahorrarnos las entradas del cine (al final, nos salió mucho más caro) y esperar hasta que la dieran en Amazon Prime.

Llegado el día, nos apoltronamos en nuestro mullido sillón con una olla de popcorn en medio de los dos y no pasó mucho tiempo para que empezara a atragantarme con cada escena de la película y para que, en vez de comerme las palomitas de maíz, me provocara lanzarlas contra la pantalla del televisor. ¿Pero qué era esto? ¿Porno blando? ¿Pornografía subliminal? ¿Porno con ropa?

Si Emerald Fennell hubiese titulado su película “Pasión de gallinazos”, o algo por el estilo, y no hubiera usado los nombres de los personajes de la novela, otro gallo cantaría, porque, en ese caso, simplemente no la hubiera visto. La verdad es que me sentí como si me hubieran estafado. Es como si fueras a un “restaurante peruano” entre comillas, pidieras un “pollo a la brasa” entre comillas y que, en vez del pollo a la brasa —plato típico peruano tan popular que en el Perú cada tercer domingo de julio se celebra el Día del Pollo a la Brasa y que, además, fue declarado Patrimonio cultural de la Nación el año 2004 —te sirvieran un pollo al horno del Costco. O que, en el mismo restaurante de marras, pidieras un “ceviche” y te trajeran un plato de pescado crudo cortado en tajadas acompañado de una montañita de nabo rallado, un montoncito de wasabi y un platito con salsa de soya, y te dijeran con gran desparpajo que es un ceviche, cuando todo el mundo sabe que eso se llama sashimi. Y que al final, para rematar, pidieras un “café de Chanchamayo” y que el chef que, a falta de mozos, se encargaba también de tomar los pedidos en persona, le preguntara a voz en cuello a su mujer:

—¡Oe!, ¿todavía queda un poco del café que sobró ayer?

Pues bien, aunque parezca mentira, todo lo anterior me sucedió en un pequeño restaurante “peruano” cuyo nombre era ya toda una declaración de intenciones: se llamaba “El Pollo farsante” —que era como decir el que avisa no es traidor—, y estaba regentado por el mismo propietario en persona, un viejo japonés igualito a Pat Morita que hacía las veces de cocinero y de mozo, y por su mujer, una chilena de mirada pícara que respondía al nombre de Anita y que tenía los mismos ojazos y la misma curvilínea silueta que Yayita, la novia de Condorito, que se encargaba indolentemente de la caja, y que, para colmo de los colmos, quedaba a dos pasos del Consulado General del Perú en Tokio.

Salí del restaurante con la sensación de que me habían dado gato por liebre, que es lo mismo que sentimos mi chica y yo cuando terminamos de ver la película de Emerald Fennell.

La película arranca con una gratuita ejecución pública por ahorcamiento —y cuando digo gratuita no lo digo porque no hubiera que pagar entrada para presenciarla sino porque no tiene nada que ver con el argumento de la novela ni de la misma película y cuyo único propósito, al parecer, es mostrar la erección post mortem que se produce en el ahorcado, un fenómeno muy interesante que demuestra la increíble capacidad de resurrección del miembro viril inclusive más allá de la muerte de su portador, pero que aquí solo se usa para causar escándalo y estupor entre las jóvenes y las no tan jóvenes espectadoras.

Otra escena chocante es la que ocurre cuando Heathcliff descubre a Catherine espiando a través del piso del granero a los sirvientes Joseph y Zillah, quienes abajo en el establo están protagonizando un juego sexual con tintes sadomasoquistas, y, para evitar que ella observe la consumación del acto, él le tapa los ojos y la boca. Si la escena la hubiesen interpretado los actores que hacen los papeles de Catherine y Heathcliff de niños, sí me hubiese parecido una escena pertinente: el muchacho tratando de preservar la inocencia de su joven amiga. Pero, con tremendos grandulones, la cosa deja de tener gracia. Tampoco es que Heathcliff consiga evitarlo, pues ella, aunque no lo ve, lo escucha todo y ¿qué es lo primero que hace al día siguiente? Pues irse al páramo a consolarse con lo que, para no caer en la vulgaridad, podríamos llamar una autoestimulación dactilar de la Perla de Afrodita con final feliz.

¿Y qué hace él? Le canta el huayno “El Picaflor” (ligeramente modificado):

Quisiera ser picaflor,

Y que tú fueras clavel,

Para chuparte la miel

Del capullo de tu cuca.

Y, cogiéndole la mano, se pone a lamerle los dedos.

Debo confesar que, aunque se tratara de la miel —del néctar o de la leche de tigre, vaya uno a saber— de Margot Robbie, igual tuve que ir a lavarme la boca con detergente para ropa, tal como hacía mi madre cuando de niño soltaba alguna palabrota, algo que, por lo demás, tampoco era tan frecuente: por entonces solo nueve de cada diez palabras que salían de mi boca eran lisuras. Pero, aunque también me la enjuagué con un enjuague bucal, aun así, me quedó muy mal sabor de boca. La reacción de mi chica fue más comedida: ella se limitó a enjuagarse la boca con el agua bendita que nos trajimos del Vaticano la vez que fuimos a rezar el Ángelus con el Papa Juan Pablo II en San Pedro y que mi chica guardaba celosamente para alguna gran ocasión —por ejemplo, si algún día me poseía Pazuzu y tenía que exorcizarme—, y luego, por si acaso, hizo gárgaras con agua de cebolla.

Sin ánimo de ser racista (pues yo mismo soy descendiente de japoneses), la Nelly asiática de Emerald Fennell causa la misma extrañeza que la Helena negra de Christopher Nolan.

Por otra parte, Emerald Fennell convierte la relación de abuso doméstico entre Heathcliff e Isabella Linton, descrita en la novela, en una relación de sumisión sadomasoquista consensuada cuyo ejemplo más grotesco es la escena en la que Isabella, encadenada a la chimenea y a cuatro patas, le ladra como un perro agradecido a su amo Heathcliff.

La parte final de la película es un continuo aquí te pillo, aquí te mato que no hace otra cosa que hipersexualizar la historia con un erotismo mal entendido, fallido y ramplón que, la mayor parte de las veces, en vez de despertar el deseo, da vergüenza ajena. Y no crean por esto que soy cucufato…Aunque, pensándolo bien, tal vez, un poco sí que lo debo ser. No por nada de niño fui el monaguillo de la iglesia San José de Jesús María.

Para mí, lo que sienten Heathcliff y Catherine el uno por el otro, se entiende mejor si uno lee el Mito del Andrógino expuesto por Aristófanes en El banquete de Platón, según el cual, en el principio de los tiempos, los seres humanos eran esféricos, tenían cuatro brazos, cuatro piernas, una sola cabeza con dos caras opuestas y cuatro orejas, y dos órganos sexuales. Había tres géneros:

Masculino (ambas mitades hombres) que descendían del Sol.

Femenino (ambas mitades mujeres) que descendían de la Tierra.

Andrógino (mitad hombre y mitad mujer) que descendían de la Luna.

Estos seres eran muy fuertes, veloces y orgullosos, y, cuando Zeus se percató de que pretendían escalar el Monte Olimpo desafiando a los dioses, decidió, para debilitarlos sin exterminarlos y poder seguir recibiendo sus ofrendas e incluso duplicarlas, partirlos con un rayo por la mitad. Apolo les curó la herida del corte y, anudando la piel, formó el ombligo y giró sus cabezas para que pudieran verlo y no olvidar el castigo. Cada mitad extrañaba tanto a su otra mitad que se abrazaban y no hacían nada y morían de hambre. Zeus, al ver que se estaban extinguiendo, se apiadó de ellos y giró sus sexos hacia delante, permitiendo de esta manera que, al abrazarse, las parejas de andróginos pudieran unirse y perpetuar la especie, y que las parejas de hombres y de mujeres pudieran, al menos, obtener satisfacción y la calma suficiente para continuar con sus vidas.

A partir de ese momento, todos los humanos andan en busca de su otra mitad y de ahí nace el concepto romántico de “la media naranja” y de las almas gemelas. De las mitades de los géneros masculino y femenino que buscan a su otra mitad de su mismo sexo, provienen los homosexuales; y, de las mitades del género andrógino que buscan a su otra mitad del sexo opuesto, provienen los heterosexuales. (Aquí cabe decir que, en la búsqueda de su media naranja, la mayoría fracasa porque se empareja con la media naranja de otro, como en el caso extremo de aquel que cree haber encontrado a su media naranja y que, para su sorpresa, descubre, ya en la cama, que el otro también es una media naranja de género masculino). Pero Catherine y Heathcliff van mucho más allá, su deseo es más ambicioso y espiritual, ellos no aspiran a volver a encontrarse para estar enchufados todo el santo día (como en la película) sino a recuperar la unidad y la forma esférica primigenia, cuando tenían cuatro piernas, cuatro brazos, dos caras y cuatro orejas, y cuando los órganos sexuales estaban hacia afuera y se reproducían sembrando su semilla no entre ellos sino en la tierra, como las cigarras.

Por eso, cuando Catherine le cuenta a Nelly que ha aceptado la proposición de matrimonio de Edgar Linton, y le explica lo que siente por Heathcliff, dice: “Sea cual sea la sustancia de la que están hechas las almas, la suya y la mía son lo mismo…Y más adelante: “Él es mi propio ser, nunca podremos separarnos, es imposible. Nelly, ¡yo soy Heathcliff!".

Cuando Edgar Linton muere y lo entierran al lado de la tumba de Catherine, Heathcliff aprovecha para pedirle al sepulturero que quite la tierra que cubre el ataúd de ella, lo abre y, después de ver su rostro, quita una de las tablas laterales del ataúd y luego la vuelve a poner. Después, soborna al sepulturero para que, cuando lo entierre a él, al otro lado de la tumba de Catherine, quite las tablas laterales de ambos ataúdes, de modo que sus restos puedan mezclarse con los de ella y estar juntos nuevamente después de la muerte.

Heathcliff, antes de morir, podría haber recitado el soneto de Quevedo Amor constante, más allá de la muerte:

Cerrar podrá mis ojos la postrera

sombra que me llevare el blanco día,

y podrá desatar esta alma mía

hora a su afán ansioso lisonjera;

mas no, de esotra parte, en la ribera,

dejará la memoria, en donde ardía:

nadar sabe mi llama la agua fría,

y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,

venas que humor a tanto fuego han dado,

medulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejará, no su cuidado;

serán ceniza, mas tendrá sentido;

polvo serán, mas polvo enamorado

 

La película de Emerald Fennell no solo profana una de las más grandes obras de la literatura universal, sino que, además, es un sacrilegio a la sagrada memoria de una genio que —al igual que sus hermanas Charlotte y Anne—no necesitó una habitación propia y 500 libras anuales para escribir una de las mejores novelas del siglo XIX, el siglo de la novela. Me conmueve hasta las lágrimas imaginarme a aquellas tres tenaces mujeres que, en aquel rincón olvidado de la mano de Dios, al borde de los inhóspitos páramos, escribieron tres de las mejores novelas de todos los tiempos.

Cuando digo que a Emily Brontë la admiramos tanto que la tenemos en un altar, no lo digo en sentido figurado. Así como otros tienen colgado en un lugar preferencial de sus viviendas un cuadro del Corazón de Jesús o de la Virgen María, nosotros tenemos colgado en la pared principal de nuestra sala una reproducción del famoso retrato de perfil de Emily pintado por su hermano Branwell que se exhibe en la National Portrait Gallery de Londres al que alumbramos con velitas misioneras importadas del Perú (Últimamente, por motivos económicos y para prevenir incendios, hemos reemplazado las velitas por una lámpara votiva LED).

Luego de ver la película —y cuando aún no habían terminado de aparecer los créditos—, mi chica y yo nos estábamos preguntando qué hubiera dicho Emily si hubiera visto la película y nos imaginamos que allá, en su tumba de la cripta familiar de St. Michael and All Angels' Church (Iglesia de San Miguel y Todos los Ángeles), en Haworth, West Yorkshire, Inglaterra, Emily se estaría revolviendo de la indignación, cuando hete aquí que el retrato de Emily empezó a balancearse como un péndulo, primero lentamente, hasta que dio una vuelta completa sobre su eje —el clavo del que colgaba—, luego giró cada vez más rápido y, por fin, salió volando como un disco de frisbee y fue a estrellarse con gran estrépito contra la pantalla del televisor, que se hizo añicos. Nos quedamos de piedra. Mientras veíamos la película, me había parecido notar que el retrato fruncía el ceño, pero no dije nada porque pensé que había sido una ilusión óptica. Ahora estaba seguro de que no me había equivocado. Sin duda, Emily no aguantaba pulgas.

No olvidemos que ella era una mujer de armas tomar. Su padre, el reverendo Patrick, que acostumbraba a dormir con una pistola cargada debajo de la almohada y que todas las mañanas, para evitar accidentes, la descargaba disparando por la ventana hacia el cementerio que había frente a la casa parroquial, a la única de sus hijas a la que le enseñó a disparar fue a Emily. Por algo, sus hermanas la apodaban El Mayor (no la mayor porque no era la de mayor edad, aunque sí la más alta, sino El Mayor, como quien dice el Sargento Mayor). Una vez castigó duramente a su perro Keeper propinándole fuertes puñetazos en la cara y los ojos hasta dejárselos muy hinchados por subirse a las camas de la familia; luego de lo cual, ella misma lo curó. En otra ocasión, su perro Keeper se enzarzó en una pelea callejera con otro perro y nadie se atrevía a intervenir. Emily se abalanzó hacia los perros, les echó pimienta en los ojos y logró separarlos. Una vez, un perro callejero que parecía tener rabia la mordió y, para no preocupar a su familia, ella misma tomó un atizador de hierro al rojo vivo de la chimenea y se cauterizó la herida. Y cuando ya estaba gravemente enferma de tuberculosis, no quiso que llamaran al médico y solo lo permitió cuando ya estaba agonizando.

Cuando mi chica leyó The Life of Charlotte Brontë (La Vida de Charlotte Brontë) —la biografía que publicó la novelista Elizabeth Gaskell en 1857—, y llegó a la parte donde se cuenta que el padre les prohibía que comieran carne y luego se encerraba a comer él solo en su despacho, no pudo aguantar la cólera y arrojó el libro contra el piso.

—¡Con razón fue el único que llegó a viejo! —bramó indignada—. ¡Él se encerraba en su escritorio a atiborrarse de carne mientras las pobres de sus hijas solo comían papas! ¡Con razón todas murieron tan jóvenes!

A ver, es cierto que todas murieron muy jóvenes, empezando por la madre, Maria Branwell, que murió a los 38 años; seguida de la hermana mayor, también llamada Maria, que murió a los 11 años; Elizabeth, la segunda, murió a los 10 años; luego las seguirían su hermano Branwell, a los 31; Emily, a los 30; Anne, a los 29 y finalmente Charlotte, a los 38. El padre, Patrick Brontë, en cambio, vivió hasta los 84 años. Pero también hay que decir que en Haworth la esperanza de vida por entonces era de unos 25 años. Así que —salvo las hermanas mayores, que de verdad murieron prematuramente (aunque casi la mitad de los niños fallecían antes de cumplir los seis años)—, por el contrario, aunque suene a burla, casi se podría decir que los demás fueron bastante longevos.

Luego de que terminó de leer la biografía, noté que mi chica, que siempre ha sido muy selectiva con las comidas —no le gusta la carne de res y, salvo el pez espada, el bacalao, el salmón y la trucha salmonada, tampoco le gusta el pescado; el chancho y el pollo los come con resignación, pero casi todas las verduras y frutas sí le gustan, menos las cebollas y exquisiteces del sudeste asiático como el apestoso durian—, empezó a dejar en el plato cada vez más cosas. Aparte de la pizza, las pastas y el risotto, la paella y la tortilla española, la bouillabaisse y las quiches, y algunos platos de la cocina china, a ella no le gusta la mayoría de los platos tanto de la gastronomía peruana como de la japonesa y de casi ninguna nacionalidad, por lo que podría decirse que ella es fundamentalmente vegetariana o frutariana. Eso sí, casi todos los postres de todas las nacionalidades sí le gustan.

Hasta que llegó un momento en que me dijo que no volvería a comer otra cosa que no fueran papas.

Así que tuve que prepararle Lomo saltado sin carne, cebolla ni tomate, de modo que quedaba reducido a un plato de papas fritas (consintió en que las adornara con un poco de culantro, solo un poco, porque bien lo dice el refrán: Ta bien culantro, pero no tanto); Papas rellenas sin relleno (parecidas a las que vendían en el estadio de Alianza Lima); Causa, que, sin el atún, la cebolla, las rodajas de huevo duro ni la mayonesa, parecía un bloque de puré; y la Papa a la huancaína sin huevo duro, aceituna, salsa ni lechuga, era solo una papa sancochada. A veces, estaba preparando una sopa de papas en una olla mientras que en otra sancochaba papas, y por un momento me sentía confuso porque la única diferencia entre ambas era que en una de las ollas las papas estaban peladas y en la otra con cáscara.

Mi chica adelgazaba a ojos vistas. Consultamos con un psicoanalista austríaco que tenía su consultorio en Tokio y que, apenas mi chica le contó que solo le apetecía comer papas, le preguntó si era admiradora de las hermanas Brontë. Y, como ella contestó afirmativamente, el médico declaró:

—Lo que usted tiene se llama Fleischentzugssyndrom der Brontë-Schwester (Síndrome de abstinencia de carne de las hermanas Brontë). Es un trastorno ocasionado por la lectura de la biografía de Charlotte Brontë escrita por la señora Gaskell. Pero no se preocupe, porque tiene rápida curación. El mito de que las hermanas Brontë solo comían papas es una patraña inventada por una rencorosa niñera llamada Martha Wright, que había sido despedida, para desprestigiar al padre.

—Ellas comían de todo, como lo prueba esta página del diario que escribían de forma conjunta Emily y Anne Brontë— dijo el médico, tendiéndole un papel a mi chica.

Era sin duda la página de un diario y estaba fechada el 24 de noviembre de 1834. Decía

que ese día habían cenado: "boiled beef, turnips, potatoes, and apple pudding" (carne de res hervida, nabos, papas y budín de manzana).

Pero, como aquello era una simple fotocopia, mi chica no se convenció hasta que nos llegó una copia de la página original del diario con el sello oficial de la Brontë Society —que administraba el Brontë Parsonage Museum— y certificada por un notario público de Haworth (que conseguimos a través de la Embajada Británica en Tokio).

Para celebrar su reconversión a la categoría de los omnívoros, fuimos para variar a un restaurante especializado en carnes llamado Buffalo Bill Steak House. Yo pedí un bistec Tomahawk de 1.5 kg y pensé que, dadas las circunstancias, mi chica se animaría a pedir, al menos, un pequeño tenderloin steak de 100 g, pero ella, fiel a sus gustos, pidió el único plato de la carta que no era carne de res: una pechuga de pollo sin pellejo a la parrilla, aunque, eso sí, pagando un suplemento sobre la tarifa del Salad bar, tuvo acceso a un buffet con más de cincuenta postres y tuvo mucha suerte porque, casualidades de la vida (la realidad siempre supera a la fantasía más afiebrada), entre ellos, así como en el Perú hay una torta de chocolate llamada Selva Negra —que es una variante de la Schwarzwälder Kirschtorte alemana original, cuyo nombre, en mi ignorancia, yo creí que aludía a la jungla africana, cuando en realidad se refiere a un macizo montañoso muy boscoso ubicado al suroeste de Alemania)—, había una torta llamada Wuthering Heights. La torta —que estaba cubierta con una capa desigual de crema chantilly de blueberries de color malva y adornada con trocitos de fresas, frambuesas, cerezas, moras, cranberries y blueberries, y que pretendía reproducir las onduladas colinas de los moors cubiertos por la colorida alfombra de las flores de los brezos a fines de agosto, cuando están en plena floración—, terminó por fin de quitarle el mal sabor de boca que le había dejado la película y la reconcilió con el mundo.

Por lo demás, siempre hay que tratar de ser positivo y mirar el lado bueno de las cosas. Y, en este caso, lo bueno es que —¡Gracias a Dios! —, Emerald Fennell se limitó a contar la mitad de la historia y nos exoneró de padecer el sufrimiento de ver los demás destrozos que hubiera cometido si adaptaba toda la novela.

Salvo que —¡Dios no lo permita! — se anime a hacer una segunda parte, en cuyo caso solo nos quedaría hacer votos para que Dios nos pille confesados.

 

N.B. He usado "pillar" en vez de "coger" en atención a los amigos argentinos, porque, como para ellos "coger" significa otra cosa, podrían suscitarse interpretaciones equívocas y la plegaria podría resultarles algo irreverente.

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