sábado, 10 de octubre de 2026

La Odisea de Christopher Nolan

 

 

La Odisea de Christopher Nolan

 El viernes 11 de septiembre —la sola vista de aquel fatídico número 11 me recordó las Torres gemelas del World Trade Center de Nueva York— era un día muy especial para nosotros, pero no porque aquel día se cumplía el vigésimo quinto aniversario de una fecha de tan infausto recuerdo sino porque por fin se estrenaba en Japón— con casi dos meses de retraso con respecto al estreno mundial— La Odisea de Christopher Nolan.

Mi chica y yo solemos despertarnos a las cinco de la mañana y lo primero que ella hace al levantarse de la cama es abrir las cortinas y observar por la ventana del balcón el horizonte hacia el este. Luego, cualquier persona tal vez diría: Ya está amaneciendo. Pero, como mi chica es homérica hasta el tuétano —y no es de extrañar, pues para acometer la traducción anotada al quechua del Ulysses de James Joyce (la primera y única que existe en la actualidad), estudió a fondo todos los poemas épicos incluidos en el llamado ciclo troyano; es decir, todos los poemas relacionados con la guerra de Troya, y especialmente, por supuesto, la Ilíada y, sobre todo, la Odisea—, dice: Ya se asoma la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos dedos...

Pero como los viernes mi chica descansa y en sus días de descanso ella suele levantarse un poco más tarde, el encargado de abrir las cortinas los viernes soy yo y, a mí, el resplandor rosado que precede a la salida del sol me evoca el recuerdo de un pasaje de la novela de Umberto Eco L'isola del giorno prima (La isla del día de antes) en el que Roberto de la Grive, desde la cubierta del Daphne, describe la aurora como un matiz, un recuerdo de rosa...

 El nostos y la xenia

El argumento de la Odisea se fundamenta en dos conceptos básicos: el nostos que significa "regreso a casa" (A diferencia de Aquiles —que opta por la kleos (la gloria eterna) a sabiendas de que morirá muy joven—, Odiseo —mucho más cauto y precavido—, sigue el menos heroico camino del nostos, pero, la apacible travesía de regreso a su patria, que debía durar unos pocos días, se convertirá en un viaje lleno de aventuras que se alargará por diez largos años, en los que tendrá que luchar contra viento y marea —por su propia culpa, por la de sus hombres y también por el enojo de Poseidón— para regresar a Ítaca a vivir una vejez tranquila junto a su esposa Penélope y a su hijo Telémaco), y la xenia que era la ley de la hospitalidad basada en la creencia de que cualquier viajero podía ser un dios disfrazado y por lo tanto había que tratarlo bien.

Lo que me recuerda una creencia de mis antepasados los antiguos peruanos. Pero, antes que nada, ¿está bien que me refiera a los antiguos peruanos como mis antepasados siendo que mis ocho apellidos son okinawenses solo por haber nacido en Lima y vivido en el Perú hasta los veintidós años o se me podría acusar de estar cometiendo una apropiación cultural retroactiva? ¿No se me podría acusar de lo mismo si, por el contrario, declarase que mis antepasados eran los antiguos súbditos del Reino de Ryūkyū siendo que —salvo por los apellidos y la cara de okinawense—, yo soy, a todos los efectos, occidental y cristiano por los cuatro costados? En todo caso, más allá de las diferencias etnoculturales, hay una característica que hermana a peruanos y okinawenses: la impuntualidad. Denominada eufemísticamente en el Perú como “Hora peruana" (que en el caso de la proverbial impuntualidad del expresidente Alejandro Toledo se llamaba "Hora cabana" en alusión al nombre del pueblo de Áncash donde nació), y en Japón como “Okinawa time” (en inglés, porque fueron los gringos los que empezaron a llamarla así durante la ocupación) porque en la tierra de mis abuelos lo normal es llegar a las citas con por lo menos una hora de retraso. Doble razón por la que no es de extrañar que los peruanos descendientes de okinawenses como yo no seamos tan puntuales como los japoneses, que siempre llegan unos minutos antes de la hora así llueva, truene, relampaguee, granice, nieve o los parta un rayo (en este último caso sí puede ser que lleguen un poco tarde). Pero me he ido por las ramas.

Estaba diciendo que los dioses griegos no eran los únicos palomillas. A los dioses de los antiguos peruanos también les gustaba hacerse pasar por mendigos para poner a prueba la bondad de la gente. Les leo un extracto del libro “Mitos y leyendas de Huarochirí”:

“Pariacaca, el dios del agua y del rayo, llegó sediento y andrajoso a Huayquihusa, un pueblo yunca donde se celebraba una fiesta con una gran borrachera. El dios, sin darse a conocer, se sentó a un lado como suelen hacer los pobres. Nadie le invitó a beber. Así pasó todo el día. Finalmente, una mujer, percatándose de su presencia, exclamó: ¡Cómo es posible que no le hayan convidado nada a este pobre hombre! Y le ofreció su gran poto blanco y la chucha...” ¡Oe!, ¿qué? ¡Perdón! ¡Cada vez estoy peor de la vista!

De haberme escuchado, mi chica me hubiera resondrado con acritud empleando las mismas palabras con las que Zeus reconvenía a su hija Atenea, la diosa de la sabiduría y de la guerra:

—¡Qué palabras se te escaparon del cerco de los dientes!

Retrocedo sobre mis pasos y continúo con la lectura: “Y le ofreció un gran poto blanco de chicha. Entonces, para premiarla por su generosidad, el dios le advirtió a la mujer que abandonara el pueblo de inmediato y se marchara cuesta arriba sin voltearse a mirar, si no quería convertirse en piedra si lo hacía. La mujer empezó a subir, pero a media cuesta se volteó a mirar cuando escuchó el ruido del cataclismo que sepultó el pueblo, y quedó petrificada en la ladera del cerro”.

Por cierto, a diferencia de los dioses y héroes griegos, a quienes se les solía representar desnudos, a los dioses de la mitología andina como Pariacaca se les representaba vestidos (Incluso Manco Cápac y Mama Ocllo emergen de las aguas del lago Titicaca completamente vestidos). ¿Por qué? Pues, porque ya se sabe: No es lo mismo un desnudo griego que un peruano calato.

 El casco de Agamenón

Lo primero que pensé cuando vi a Agamenón, fue que a Christopher Nolan — el director de la película —, los 250 millones de dólares del presupuesto le debían de haber quedado cortos y que se había visto obligado a reciclar la indumentaria y la máscara de Batman, porque se parecía mucho más al superhéroe de Ciudad Gótica —solo que sin las orejas y con un escobillón sin mango pegado en la cabeza—, que al rey de Micenas. Es más, me hubiera gustado que pusieran el tema musical de la serie de 1966: Na na na na na na na na na na na na na na na na ¡Batmaaaaaan! Na na na na na na na na na na na na na na na na ¡Batmaaaaaan! Y ya puestos, si Nolan realmente quería volver a lo analógico como decía, hubiera podido poner en grandes letras al estilo de los cómics, como en la mencionada serie, las onomatopeyas de los golpes y caídas durante las peleas: ¡POW!, ¡BAM! ¡ZAP!, ¡KAPOW!, ¡SOCK!, ¡CRASH!, ¡CLUNK!, ¡BANG!, ¡SPLATT!, ¡CRUNCH!, ¡BONK!, ¡BOFF!, ¡SMARCH!, ¡BLOOP!, ¡ZLONK!, ¡CLANK!

Pero, al ver a Agamenón hacer su entrada triunfal al frente de sus huestes, después de que el grupo del Caballo de Troya liderado por Odiseo, les abriera las puertas de la ciudad, imponente, de punta en blanco —aunque en este caso creo que sería más apropiado decir de punta en negro—, debo decir que tampoco me hubiera extrañado si ingresaba marcando el paso al ritmo de la Marcha Imperial de Stars Wars también conocida como el Tema de Darth Vader: Tan-tan-tan tan-tatán tan-tatán, Tan-tan-tan tan-tatán tan-tatán...

 El Caballo de Troya

La escena que más me gustó de la película es aquella en la que se muestra a Odiseo y a la treintena de intrépidos guerreros que lo acompañaban en el apretujado, asfixiante y claustrofóbico interior del Caballo de Troya. Aunque hasta ahora no logro entender por qué a los griegos se les ocurriría dejar el caballo en la playa cuando todo el mundo sabe que si uno deja semienterrada en la orilla del mar una caja de cervezas para que se conserven frescas, en menos de una hora no solo han desaparecido, sino que además ya no se sabe ni donde se las enterró. En la película, encima, parece que hasta se ahogan algunos de los guerreros. Mientras veía esta escena, pensé que, gracias a los dioses, por aquellos tiempos remotos aún no existía la comedia griega, porque ¿qué hubiera pasado si alguno de los que estaban allí dentro se acordaba de pronto de algún pasaje de alguna comedia de Aristófanes y le hubiera dado un ataque de risa incontenible? Este pensamiento fue fatal porque el que se acordó del pasaje cómico y al que le dio un inoportuno ataque de risa fue a mí. Todos los espectadores —felizmente solo era una docena— se volvieron hacia mí y me dirigieron una ceñuda mirada de reprobación al mismo tiempo que, poniendo la proverbial cara de la enfermera estricta, bibliotecaria amargada o profesora malgeniada, me impusieron silencio llevándose el dedo índice a los labios y soltando un sonoro ¡Shhhhh! Pero como yo no paraba de reír, solo la rápida intervención de mi chica que —al igual que Odiseo, es fecunda en ardides— me propinó un preciso cocacho en la crisma que acabó de golpe con las carcajadas, evitó males mayores pues los damnificados ya se disponían a adoptar medidas más drásticas para callarme.

Por cierto, hablando de Aristófanes, lástima que por aquellos días no hubiera entre las griegas y las troyanas ninguna mujer como Lisístrata, que —tal como hizo esta con las esposas de los guerreros atenienses y espartanos para poner fin a la Guerra del Peloponeso—, soliviantara a las mujeres de los guerreros de ambos bandos para que no cumplieran con los ritos de Afrodita; es decir, para que se declararan en huelga de piernas cruzadas y mantuvieran a sus esposos en un estado de erección permanente hasta que estos no dejaran de combatir y llegaran a un acuerdo de paz. Estoy seguro de que la Guerra de Troya no hubiera durado tanto. Aunque, ahora que lo pienso bien, eso hubiera funcionado con los troyanos, que tenían a sus mujeres al alcance de la mano, pero, en el caso de los griegos —que hacía mucho tiempo que estaban alejados de sus mujeres y que ya habrían encontrado otras formas de consuelo porque como bien dice el slogan de los artesanos: "Hecho a mano es mejor" o como apunta el cómico peruano Carlos Álvarez: "Más vale pájaro en mano que en nueve meses un enano"—, esta estratagema no funcionaría. Ahora bien, en el caso de Aquiles, ¿con quién había que hablar: con Briseida o con Patroclo?, porque parece que el héroe de la rubia cabellera pateaba con los dos pies.

¡Un momento! Y si Melania y las demás esposas de los líderes mundiales amenazaran a sus esposos con hacer lo mismo que Lisístrata y las esposas de los guerreros atenienses y espartanos, tal vez...Pero no, todos estos no creen en el lema pacifista de los sesenta contra la guerra de Vietnam: "Make love, not war" (Haz el amor, no la guerra) sino que piensan que “El único enemigo bueno es el enemigo muerto”, que al parecer proviene de una célebre frase atribuida al general estadounidense Philip Sheridan durante las guerras contra los pieles rojas: "The only good Indian is a dead Indian" (El único indio bueno es el indio muerto).

Sin embargo, felizmente para los griegos, Aristófanes todavía tardaría varios siglos en nacer, por lo que nadie tuvo que sofocar ninguna risita delatora dentro del caballo.

En la película, lo que sí tuvieron que sofocar fue un grito, cuando los troyanos, para asegurarse de que no había nadie dentro, empezaron a introducir sus espadas a través de las rendijas del caballo e hirieron a uno de los guerreros griegos.

Homero, si es que existió, es más ingenioso: en el canto IV de la Odisea, Helena da tres vueltas al caballo llamando por su nombre a los principales guerreros griegos imitando la voz de sus esposas y Odiseo tiene que taparle la boca a uno de ellos para evitar que le responda.

Y ya que hablamos de Helena, solo diré que en el canto XXII Atenea increpa a Odiseo que haya perdido el vigor y la fortaleza con la que luchó durante nueve años contra los troyanos por Helena, la de níveos brazos... Leukōlenos (que se traduce como “la de blancos brazos”) es uno de los epítetos de Helena. ¿Y qué es un epíteto?

Un epíteto es un adjetivo o frase adjetival que resalta una cualidad inherente del sustantivo que acompaña. Entonces, convendrán conmigo en que —aunque, al igual que Helena, la actriz Lupita Nyong'o fue elegida en su momento como la mujer más bella del mundo—, resulta un poco difícil atribuirle el epíteto de “la de blancos brazos”.

Y si no importan las características físicas y solo debemos valorar su performance actoral, entonces la próxima vez perfectamente podría interpretar a cualquier personaje femenino de las más grandes obras de la literatura universal: Elizabeth Bennet, Jane Eyre, Emma Bovary, Natasha Rostova, Anna Karénina, Jo March, Scarlett O'Hara, Murasaki no Ue (la Dama Murasaki) (En este último caso sería más fácil, porque hasta las mujeres nobles de la corte Heian utilizaban para maquillarse una pasta hecha de polvo de arroz o arcilla —que era la más saludable— u otra a base de plomo —que, aunque más tóxica, era la preferida de las damas de la alta sociedad por su acabado aporcelanado—, pues debían lucir un cutis extremadamente blanco). Y, por último, si me apuran, también podría interpretar a la ballena blanca Moby-Dick.

¡Total! Si ya todo es posible en este loco mundo.

La verdad es que no sé de qué me quejo: si en La Cenicienta de 2021, dirigida por Kay Cannon, el papel del Hada madrina lo interpreta un actor que no solo es negro sino que encima es gay…

Por cierto, en la televisión japonesa hay un comercial de SoftBank —uno de los operadores de telefonía móvil más importantes de Japón—, en el que sale una familia modelo: el padre es un perro blanco que habla, la madre es una señora japonesa, el hijo mayor es un joven negro y la hija es una joven japonesa. ¡Y nadie se queja!

A mí, cuando a los doce años leí la Odisea, el asunto del Caballo de Troya me produjo un profundo trauma que me convirtió en una persona muy desconfiada: era incapaz de desempaquetar los regalos que me hacían sin experimentar un gran temor. Una de las cosas que más me aterraban por entonces era el intercambio de regalos que se hacía todos los años en el colegio por el Día de San Valentín. Solo después de una larga terapia que se prolongó por varios años, pude superar lo que, según el psicoanalista que me trató, se conocía como el Síndrome del Presente griego.

Una de las primeras cosas que hice al llegar a Japón, fue matricularme en un curso de japonés que se dictaba en la YMCA de Yokohama. Todo estaba yendo bien, hasta que a principios de febrero, la sensei anunció que con motivo del Barentain (Día de San Valentín) se realizaría un intercambio de regalos. Yo, que ya creía haber superado completamente mi trauma, empecé a sudar frío. Inmediatamente, se procedió al sorteo. Cada uno escribió su nombre en un papelito y lo depositó en una caja de cartón que estaba en el pupitre de la sensei. Luego, ella los fue sacando de dos en dos y así quedaban decididas las parejas para el intercambio. En la clase había tres filipinas, dos brasileños, una tailandesa, un australiano, una canadiense, un estadounidense, una vietnamita, un alemán, una rusa, una italiana, un francés y…¿Saben con quién me tocó a mí? Pues, justo me tenía que tocar con el único griego de la clase. Se llamaba Malakos Karamalos. El Día de San Valentín, cuando abrí el paquete y vi que era un caballo, estuve a punto de desmayarme: me acordé de pronto de que, en la Eneida de Virgilio, el sacerdote troyano Laocoonte al ver el caballo desconfía del presente, y advierte a los troyanos que no lo acepten, exclamando: Equo ne credite, Teucri! Quidquid id est, timeo Danaos et dona ferentes. (¡No confiéis en el caballo, troyanos! Sea lo que sea, temo a los griegos incluso cuando traen regalos). Malakos pareció notar mi suspicacia y con una sonrisa tranquilizadora —que parecía decir: No te preocupes: en el caballo no están escondidos Odiseo y sus compinches—, abrió una trampilla que había en el vientre del caballo y mostrándome el interior, dijo:

—Son solo unos Sokolatakia.

Eran unos bombones de chocolate rellenos de higo remojado en ouzo tan deliciosos que nunca más he vuelto a desconfiar de los presentes griegos.

 El cíclope Polifemo

Lamentablemente, desde que aparecieron los Minions, la mítica figura de los cíclopes se ha banalizado (y hasta ridiculizado en Minions & Monsters, la más reciente de sus películas, en una escena de mal gusto en la que el cíclope termina empalado al sentarse sobre una torre de piezas de Lego hechas de piedra). Al tener muchos de los Minions un solo ojo, los cíclopes se han normalizado y ahora la aparición de uno de ellos ya no sorprende a nadie. Lo que sí me sorprendió a mí fue la posición vertical del único ojo del Polifemo de la película. Ni Picasso con sus ojos cubistas se había atrevido a tanto. Me recordó la ociosa polémica que sosteníamos en broma un grupo de jóvenes fogosos y aguantados cuando recién llegamos a Japón acerca de si las japonesas tendrían aquello en posición vertical, como todas las mujeres, o en horizontal.

En la película, el episodio está muy empobrecido. Polifemo se duerme solo. Odiseo no necesita emborracharlo como en la versión original con el vino que le obsequió Marón, que era tan fuerte y concentrado que había que diluirlo mezclándolo con veinte partes de agua, y por eso, cuando el cíclope lo toma puro, se emborracha rápidamente y se queda dormido. Odiseo no le dice que se llama “Nadie” y se pierde un juego de palabras que tiene mucha importancia en el desarrollo de la trama. Y que en vez de agarrarse al vientre de las ovejas, Odiseo y sus hombres se amarren paja en la espalda para camuflarse y pasar desapercibidos para escapar de la cueva, y que Polifemo, que es pastor, no sepa diferenciar al tacto la paja de la lana de sus ovejas es algo difícil de tragar.

 Las sirenas

No sé si se deba a que soy aficionado a la fotografía de aves rapaces, pero me hubiera gustado que Nolan restituyera a las sirenas su verdadera imagen; es decir, que las presentara como seres con cuerpo y garras de pájaro y cabeza de mujer y que hubieran revoloteado alrededor del mástil al que estaba atado Odiseo atormentándolo con su irresistible canto. Muchas personas se quejan de que solo Odiseo pudiera oír el canto de las sirenas, pero no fue mi caso. Así como los perros pueden captar sonidos de frecuencias muy altas que no son perceptibles para el oído humano, de la misma manera, aparte de Odiseo, al parecer, yo era el único en toda la sala que sí podía hacerlo y, como yo no estaba amarrado, me levanté de un salto de mi asiento y cuando ya me disponía a abalanzarme a la pantalla al encuentro de las sirenas, mi chica —que es rápida de reflejos— se sacó el chicle de la boca, lo partió en dos pedazos y me taponó los oídos con ellos. Asunto solucionado. Lo malo es que tuve que ver el resto de la película a lo mudo leyendo los subtítulos. Siempre pensé que el famoso canto de las sirenas sería una canción sensual, perturbadora e irresistible al estilo de Je t'aime moi non plus, que prometía una orgía perpetua en un harem de ensueño, pero era algo completamente diferente. Las sirenas te ofrecían el conocimiento absoluto. Lo que siempre habías querido saber. En mi caso, sus seductoras voces me susurraban al oído: ¿Quieres saber cuál de las piernas perdió Ahab?, mientras recostadas indolentemente sobre las rocas, rodeadas de esqueletos y calaveras, me hacían gestos provocativos y señas incitadoras con las manos para que me acercara y, aunque hablaban en griego antiguo, yo lo entendía perfectamente, y eso que nunca llegué a abrir el libro “Aprenda griego antiguo en 30 días”.

 Escila y Caribdis

La escena de Escila y Caribdis pasa demasiado rápido. Antes de que uno se dé cuenta, las seis cabezas de Escila ya han aparecido y desaparecido con sendos tripulantes en sus fauces, como si, en vez de las seis cabezas del mitológico monstruo —o, mejor dicho, monstrua—, hubiesen sido seis descomunales espantasuegras sopladas por Eolo, el señor de los vientos, que se hubiesen desenrrollado y vuelto a enrrollar en un santiamén.

Siempre me quejo de que las películas actuales abusan de las imágenes creadas por computadora (CGI), pero, en este caso, creo que se podrían haber aprovechado para recrear mejor las escenas fantásticas. Es encomiable que Nolan renunciara exprofesamente a recurrir a los ingentes recursos técnicos con los que se cuenta en la actualidad para caracterizarlos de forma analógica a la antigua usanza, pero creo que sus monstruos no le llegan ni a la suela de los zapatos —o a las pezuñas en todo caso— de los que aparecen en algunas viejas películas del siglo pasado como el Polifemo de la película Ulisse (Ulíses) de 1954 muy fiel al original del poema homérico o el cíclope de The 7th Voyage of Sinbad (El séptimo viaje de Simbad) de 1958 que no se come crudas a sus víctimas sino que las ata a un palo y las asa dándoles vueltas como si fueran pollos a la brasa o el troglodita de Sinbad and the Eye of the Tiger (Simbad y el ojo del tigre) de 1977, y eso que los dos últimos se hicieron con la rudimentaria técnica del stop-motion o animación fotograma a fotograma.

Para no hablar de Caribdis, de quien no se ve ni los dientes y parece un simple remolino. Me parece que al menos había que sugerir de algún modo que allí abajo había un monstruo capaz de tragarse una embarcación entera.

Creo que Nolan pudo haber aprovechado más el dramatismo de la escena: nada menos que enfrentarse a la terrible disyuntiva de tener que escoger entre lo malo y lo peor. Tengo la impresión de que ha habido más dramatismo en las segundas vueltas de las cuatro últimas elecciones presidenciales del Perú que en esta escena de la película, a tal punto que el escritor peruano Mario Vargas Llosa (Premio Nobel de literatura 2010), el año 2011, antes de la segunda vuelta que se iba a disputar entre Keiko Fujimori y Ollanta Humala, declaró que tener que escoger entre Keiko y Ollanta era como tener que elegir —y muchos esperaban que dijera entre Caribdis y Escila, pero no, lo que dijo fue:— entre el cáncer y el SIDA.

Había que escoger el mal menor y, como Keiko encarnaba a Caribdis, salió elegido Ollanta-Escila. El 2016 Keiko volvió a hacer el papel de Caribdis y por supuesto que ganó su oponente Kuczynski-Escila. El 2021 Keiko hizo una vez más de Caribdis y, aunque su rival era prácticamente un analfabeto funcional, ganó Castillo-Escila. Por último, en las elecciones de este año 2026, aunque se dijo que Keiko no le ganaría ni a un panetón, inesperadamente la gente tuvo más miedo de su rival Sánchez, quien asumió el papel de Caribdis y por fin —a la cuarta va la vencida— haciendo por primera vez de Escila, ganó Keiko.

 Otros

Sobre los Lestrigones, Circe, Calipso y la escena final en la que Odiseo lucha solo contra los pretendientes y los mata a todos, será mejor que no me pronuncie porque podría ir preso.

 Una confesión personal

De niño, mi madre siempre me decía: Héctor, domador de caballos.

Pero yo, como tenía el pelo muy trinchudo y sufría mucho para peinarme —especialmente luego de ir a la peluquería, porque, especialmente cuando tenía el pelo corto, aunque me embadurnara la cabeza con un kilo de gomina, los pelos se me paraban como a un puercoespín—, pensaba que mi madre se burlaba de mí y en vez de: Héctor, domador de caballos, escuchaba: Héctor, domador de cabellos.

Solo cuando ya de adolescente leí La Iliada, me enteré de que “Domador de caballos” era el epíteto de Héctor y al principio saqué pecho orgulloso de tener el mismo nombre que el gran héroe troyano (hasta ese momento, yo había creído que me habían puesto ese nombre por Héctor Chumpitaz, lo que no me alegraba mucho, porque el también capitán de la selección peruana de fútbol era de la U y yo era hincha acérrimo de Alianza) pero, cuando llegué al Canto XXII en el que Aquiles busca a Héctor para vengarse por la muerte de Patroclo y lo tiene que corretear dando tres vueltas completas alrededor de la muralla de la ciudad antes de que este se animara a enfrentarlo —pensé que el epíteto de Aquiles: “El de los pies ligeros”, le iba mejor a Héctor—, fue tal la decepción que me causó por su cobardía, que ese mismo día decidí dejar de usar mi primer nombre.

Por lo demás, aunque tenga el mismo nombre que el héroe troyano, yo siempre me he sentido profundamente heleno (No confundir con “Elena”, que era mi apodo en el colegio por mi baja estatura: “Elena” contracción apocopada de “El enano”); con heleno quiero decir griego. Estoy convencido de que, en otra vida, yo fui griego. Por algo me gusta tanto el azul de la bandera griega (que James Joyce escogió exprofeso para las cubiertas del Ulysses), el queso feta, las aceitunas kalamata, las aceitunas negras a la griega, el rico baklavá...

¡Un momento! ¿El baklavá es un postre típico griego o turco?

¿Y el Döner Kebab?

¡Maldita sea mi estampa!