miércoles, 21 de octubre de 2026

“Cumbres borrascosas de Emerald Fennell”

 


“Cumbres borrascosas de Emerald Fennell”

 

Como habrán advertido, he entrecomillado todo el título porque, tal como hizo Emerald Fennell con la Odisea de Homero, yo tampoco seré completamente fiel al argumento de su película, sino que haré una interpretación muy personal y subjetiva de la misma en base a las impresiones y recuerdos que me quedaron de ella, y, como la película es muy olvidable y teniendo en cuenta que a mí me falla cada vez más la memoria, ya me dirán ustedes.

Mi chica y yo habíamos leído que la película “Cumbres borrascosas” de Emerald Fennell era tan mala que algunas personas abandonaban la sala a media función y se regresaban a sus casas. Y es muy probable que nosotros también lo hubiéramos hecho, de no ser porque ya nos encontrábamos en ella. Las críticas habían sido tan negativas que habíamos decidido ahorrarnos las entradas del cine (al final, nos salió mucho más caro) y esperar hasta que la dieran en Amazon Prime.

Llegado el día, nos apoltronamos en nuestro mullido sillón con una olla de popcorn en medio de los dos y no pasó mucho tiempo para que empezara a atragantarme con cada escena de la película y para que, en vez de comerme las palomitas de maíz, me provocara lanzarlas contra la pantalla del televisor. ¿Pero qué era esto? ¿Porno blando? ¿Pornografía subliminal? ¿Porno con ropa?

Si Emerald Fennell hubiese titulado su película “Pasión de gallinazos”, o algo por el estilo, y no hubiera usado los nombres de los personajes de la novela, otro gallo cantaría, porque, en ese caso, simplemente no la hubiera visto. La verdad es que me sentí como si me hubieran estafado. Es como si fueras a un “restaurante peruano” entre comillas, pidieras un “pollo a la brasa” entre comillas y que, en vez del pollo a la brasa —plato típico peruano tan popular que en el Perú cada tercer domingo de julio se celebra el Día del Pollo a la Brasa y que, además, fue declarado Patrimonio cultural de la Nación el año 2004 —te sirvieran un pollo al horno del Costco. O que, en el mismo restaurante de marras, pidieras un “ceviche” y te trajeran un plato de pescado crudo cortado en tajadas acompañado de una montañita de nabo rallado, un montoncito de wasabi y un platito con salsa de soya, y te dijeran con gran desparpajo que es un ceviche, cuando todo el mundo sabe que eso se llama sashimi. Y que al final, para rematar, pidieras un “café de Chanchamayo” y que el chef que, a falta de mozos, se encargaba también de tomar los pedidos en persona, le preguntara a voz en cuello a su mujer:

—¡Oe!, ¿todavía queda un poco del café que sobró ayer?

Pues bien, aunque parezca mentira, todo lo anterior me sucedió en un pequeño restaurante “peruano” cuyo nombre era ya toda una declaración de intenciones: se llamaba “El Pollo farsante” —que era como decir el que avisa no es traidor—, y estaba regentado por el mismo propietario en persona, un viejo japonés igualito a Pat Morita que hacía las veces de cocinero y de mozo, y por su mujer, una chilena de mirada pícara que respondía al nombre de Anita y que tenía los mismos ojazos y la misma curvilínea silueta que Yayita, la novia de Condorito, que se encargaba indolentemente de la caja, y que, para colmo de los colmos, quedaba a dos pasos del Consulado General del Perú en Tokio.

Salí del restaurante con la sensación de que me habían dado gato por liebre, que es lo mismo que sentimos mi chica y yo cuando terminamos de ver la película de Emerald Fennell.

La película arranca con una gratuita ejecución pública por ahorcamiento —y cuando digo gratuita no lo digo porque no hubiera que pagar entrada para presenciarla sino porque no tiene nada que ver con el argumento de la novela ni de la misma película y cuyo único propósito, al parecer, es mostrar la erección post mortem que se produce en el ahorcado, un fenómeno muy interesante que demuestra la increíble capacidad de resurrección del miembro viril inclusive más allá de la muerte de su portador, pero que aquí solo se usa para causar escándalo y estupor entre las jóvenes y las no tan jóvenes espectadoras.

Otra escena chocante es la que ocurre cuando Heathcliff descubre a Catherine espiando a través del piso del granero a los sirvientes Joseph y Zillah, quienes abajo en el establo están protagonizando un juego sexual con tintes sadomasoquistas, y, para evitar que ella observe la consumación del acto, él le tapa los ojos y la boca. Si la escena la hubiesen interpretado los actores que hacen los papeles de Catherine y Heathcliff de niños, sí me hubiese parecido una escena pertinente: el muchacho tratando de preservar la inocencia de su joven amiga. Pero, con tremendos grandulones, la cosa deja de tener gracia. Tampoco es que Heathcliff consiga evitarlo, pues ella, aunque no lo ve, lo escucha todo y ¿qué es lo primero que hace al día siguiente? Pues irse al páramo a consolarse con lo que, para no caer en la vulgaridad, podríamos llamar una autoestimulación dactilar de la Perla de Afrodita con final feliz.

¿Y qué hace él? Le canta el huayno “El Picaflor” (ligeramente modificado):

Quisiera ser picaflor,

Y que tú fueras clavel,

Para chuparte la miel

Del capullo de tu cuca.

Y, cogiéndole la mano, se pone a lamerle los dedos.

Debo confesar que, aunque se tratara de la miel —del néctar o de la leche de tigre, vaya uno a saber— de Margot Robbie, igual tuve que ir a lavarme la boca con detergente para ropa, tal como hacía mi madre cuando de niño soltaba alguna palabrota, algo que, por lo demás, tampoco era tan frecuente: por entonces solo nueve de cada diez palabras que salían de mi boca eran lisuras. Pero, aunque también me la enjuagué con un enjuague bucal, aun así, me quedó muy mal sabor de boca. La reacción de mi chica fue más comedida: ella se limitó a enjuagarse la boca con el agua bendita que nos trajimos del Vaticano la vez que fuimos a rezar el Ángelus con el Papa Juan Pablo II en San Pedro y que mi chica guardaba celosamente para alguna gran ocasión —por ejemplo, si algún día me poseía Pazuzu y tenía que exorcizarme—, y luego, por si acaso, hizo gárgaras con agua de cebolla.

Sin ánimo de ser racista (pues yo mismo soy descendiente de japoneses), la Nelly asiática de Emerald Fennell causa la misma extrañeza que la Helena negra de Christopher Nolan.

Por otra parte, Emerald Fennell convierte la relación de abuso doméstico entre Heathcliff e Isabella Linton, descrita en la novela, en una relación de sumisión sadomasoquista consensuada cuyo ejemplo más grotesco es la escena en la que Isabella, encadenada a la chimenea y a cuatro patas, le ladra como un perro agradecido a su amo Heathcliff.

La parte final de la película es un continuo aquí te pillo, aquí te mato que no hace otra cosa que hipersexualizar la historia con un erotismo mal entendido, fallido y ramplón que, la mayor parte de las veces, en vez de despertar el deseo, da vergüenza ajena. Y no crean por esto que soy cucufato…Aunque, pensándolo bien, tal vez, un poco sí que lo debo ser. No por nada de niño fui el monaguillo de la iglesia San José de Jesús María.

Para mí, lo que sienten Heathcliff y Catherine el uno por el otro, se entiende mejor si uno lee el Mito del Andrógino expuesto por Aristófanes en El banquete de Platón, según el cual, en el principio de los tiempos, los seres humanos eran esféricos, tenían cuatro brazos, cuatro piernas, una sola cabeza con dos caras opuestas y cuatro orejas, y dos órganos sexuales. Había tres géneros:

Masculino (ambas mitades hombres) que descendían del Sol.

Femenino (ambas mitades mujeres) que descendían de la Tierra.

Andrógino (mitad hombre y mitad mujer) que descendían de la Luna.

Estos seres eran muy fuertes, veloces y orgullosos, y, cuando Zeus se percató de que pretendían escalar el Monte Olimpo desafiando a los dioses, decidió, para debilitarlos sin exterminarlos y poder seguir recibiendo sus ofrendas e incluso duplicarlas, partirlos con un rayo por la mitad. Apolo les curó la herida del corte y, anudando la piel, formó el ombligo y giró sus cabezas para que pudieran verlo y no olvidar el castigo. Cada mitad extrañaba tanto a su otra mitad que se abrazaban y no hacían nada y morían de hambre. Zeus, al ver que se estaban extinguiendo, se apiadó de ellos y giró sus sexos hacia delante, permitiendo de esta manera que, al abrazarse, las parejas de andróginos pudieran unirse y perpetuar la especie, y que las parejas de hombres y de mujeres pudieran, al menos, obtener satisfacción y la calma suficiente para continuar con sus vidas.

A partir de ese momento, todos los humanos andan en busca de su otra mitad y de ahí nace el concepto romántico de “la media naranja” y de las almas gemelas. De las mitades de los géneros masculino y femenino que buscan a su otra mitad de su mismo sexo, provienen los homosexuales; y, de las mitades del género andrógino que buscan a su otra mitad del sexo opuesto, provienen los heterosexuales. (Aquí cabe decir que, en la búsqueda de su media naranja, la mayoría fracasa porque se empareja con la media naranja de otro, como en el caso extremo de aquel que cree haber encontrado a su media naranja y que, para su sorpresa, descubre, ya en la cama, que el otro también es una media naranja de género masculino). Pero Catherine y Heathcliff van mucho más allá, su deseo es más ambicioso y espiritual, ellos no aspiran a volver a encontrarse para estar enchufados todo el santo día (como en la película) sino a recuperar la unidad y la forma esférica primigenia, cuando tenían cuatro piernas, cuatro brazos, dos caras y cuatro orejas, y cuando los órganos sexuales estaban hacia afuera y se reproducían sembrando su semilla no entre ellos sino en la tierra, como las cigarras.

Por eso, cuando Catherine le cuenta a Nelly que ha aceptado la proposición de matrimonio de Edgar Linton, y le explica lo que siente por Heathcliff, dice: “Sea cual sea la sustancia de la que están hechas las almas, la suya y la mía son lo mismo…Y más adelante: “Él es mi propio ser, nunca podremos separarnos, es imposible. Nelly, ¡yo soy Heathcliff!".

Cuando Edgar Linton muere y lo entierran al lado de la tumba de Catherine, Heathcliff aprovecha para pedirle al sepulturero que quite la tierra que cubre el ataúd de ella, lo abre y, después de ver su rostro, quita una de las tablas laterales del ataúd y luego la vuelve a poner. Después, soborna al sepulturero para que, cuando lo entierre a él, al otro lado de la tumba de Catherine, quite las tablas laterales de ambos ataúdes, de modo que sus restos puedan mezclarse con los de ella y estar juntos nuevamente después de la muerte.

Heathcliff, antes de morir, podría haber recitado el soneto de Quevedo Amor constante, más allá de la muerte:

Cerrar podrá mis ojos la postrera

sombra que me llevare el blanco día,

y podrá desatar esta alma mía

hora a su afán ansioso lisonjera;

mas no, de esotra parte, en la ribera,

dejará la memoria, en donde ardía:

nadar sabe mi llama la agua fría,

y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,

venas que humor a tanto fuego han dado,

medulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejará, no su cuidado;

serán ceniza, mas tendrá sentido;

polvo serán, mas polvo enamorado

 

La película de Emerald Fennell no solo profana una de las más grandes obras de la literatura universal, sino que, además, es un sacrilegio a la sagrada memoria de una genio que —al igual que sus hermanas Charlotte y Anne—no necesitó una habitación propia y 500 libras anuales para escribir una de las mejores novelas del siglo XIX, el siglo de la novela. Me conmueve hasta las lágrimas imaginarme a aquellas tres tenaces mujeres que, en aquel rincón olvidado de la mano de Dios, al borde de los inhóspitos páramos, escribieron tres de las mejores novelas de todos los tiempos.

Cuando digo que a Emily Brontë la admiramos tanto que la tenemos en un altar, no lo digo en sentido figurado. Así como otros tienen colgado en un lugar preferencial de sus viviendas un cuadro del Corazón de Jesús o de la Virgen María, nosotros tenemos colgado en la pared principal de nuestra sala una reproducción del famoso retrato de perfil de Emily pintado por su hermano Branwell que se exhibe en la National Portrait Gallery de Londres al que alumbramos con velitas misioneras importadas del Perú (Últimamente, por motivos económicos y para prevenir incendios, hemos reemplazado las velitas por una lámpara votiva LED).

Luego de ver la película —y cuando aún no habían terminado de aparecer los créditos—, mi chica y yo nos estábamos preguntando qué hubiera dicho Emily si hubiera visto la película y nos imaginamos que allá, en su tumba de la cripta familiar de St. Michael and All Angels' Church (Iglesia de San Miguel y Todos los Ángeles), en Haworth, West Yorkshire, Inglaterra, Emily se estaría revolviendo de la indignación, cuando hete aquí que el retrato de Emily empezó a balancearse como un péndulo, primero lentamente, hasta que dio una vuelta completa sobre su eje —el clavo del que colgaba—, luego giró cada vez más rápido y, por fin, salió volando como un disco de frisbee y fue a estrellarse con gran estrépito contra la pantalla del televisor, que se hizo añicos. Nos quedamos de piedra. Mientras veíamos la película, me había parecido notar que el retrato fruncía el ceño, pero no dije nada porque pensé que había sido una ilusión óptica. Ahora estaba seguro de que no me había equivocado. Sin duda, Emily no aguantaba pulgas.

No olvidemos que ella era una mujer de armas tomar. Su padre, el reverendo Patrick, que acostumbraba a dormir con una pistola cargada debajo de la almohada y que todas las mañanas, para evitar accidentes, la descargaba disparando por la ventana hacia el cementerio que había frente a la casa parroquial, a la única de sus hijas a la que le enseñó a disparar fue a Emily. Por algo, sus hermanas la apodaban El Mayor (no la mayor porque no era la de mayor edad, aunque sí la más alta, sino El Mayor, como quien dice el Sargento Mayor). Una vez castigó duramente a su perro Keeper propinándole fuertes puñetazos en la cara y los ojos hasta dejárselos muy hinchados por subirse a las camas de la familia; luego de lo cual, ella misma lo curó. En otra ocasión, su perro Keeper se enzarzó en una pelea callejera con otro perro y nadie se atrevía a intervenir. Emily se abalanzó hacia los perros, les echó pimienta en los ojos y logró separarlos. Una vez, un perro callejero que parecía tener rabia la mordió y, para no preocupar a su familia, ella misma tomó un atizador de hierro al rojo vivo de la chimenea y se cauterizó la herida. Y cuando ya estaba gravemente enferma de tuberculosis, no quiso que llamaran al médico y solo lo permitió cuando ya estaba agonizando.

Cuando mi chica leyó The Life of Charlotte Brontë (La Vida de Charlotte Brontë) —la biografía que publicó la novelista Elizabeth Gaskell en 1857—, y llegó a la parte donde se cuenta que el padre les prohibía que comieran carne y luego se encerraba a comer él solo en su despacho, no pudo aguantar la cólera y arrojó el libro contra el piso.

—¡Con razón fue el único que llegó a viejo! —bramó indignada—. ¡Él se encerraba en su escritorio a atiborrarse de carne mientras las pobres de sus hijas solo comían papas! ¡Con razón todas murieron tan jóvenes!

A ver, es cierto que todas murieron muy jóvenes, empezando por la madre, Maria Branwell, que murió a los 38 años; seguida de la hermana mayor, también llamada Maria, que murió a los 11 años; Elizabeth, la segunda, murió a los 10 años; luego las seguirían su hermano Branwell, a los 31; Emily, a los 30; Anne, a los 29 y finalmente Charlotte, a los 38. El padre, Patrick Brontë, en cambio, vivió hasta los 84 años. Pero también hay que decir que en Haworth la esperanza de vida por entonces era de unos 25 años. Así que —salvo las hermanas mayores, que de verdad murieron prematuramente (aunque casi la mitad de los niños fallecían antes de cumplir los seis años)—, por el contrario, aunque suene a burla, casi se podría decir que los demás fueron bastante longevos.

Luego de que terminó de leer la biografía, noté que mi chica, que siempre ha sido muy selectiva con las comidas —no le gusta la carne de res y, salvo el pez espada, el bacalao, el salmón y la trucha salmonada, tampoco le gusta el pescado; el chancho y el pollo los come con resignación, pero casi todas las verduras y frutas sí le gustan, menos las cebollas y exquisiteces del sudeste asiático como el apestoso durian—, empezó a dejar en el plato cada vez más cosas. Aparte de la pizza, las pastas y el risotto, la paella y la tortilla española, la bouillabaisse y las quiches, y algunos platos de la cocina china, a ella no le gusta la mayoría de los platos tanto de la gastronomía peruana como de la japonesa y de casi ninguna nacionalidad, por lo que podría decirse que ella es fundamentalmente vegetariana o frutariana. Eso sí, casi todos los postres de todas las nacionalidades sí le gustan.

Hasta que llegó un momento en que me dijo que no volvería a comer otra cosa que no fueran papas.

Así que tuve que prepararle Lomo saltado sin carne, cebolla ni tomate, de modo que quedaba reducido a un plato de papas fritas (consintió en que las adornara con un poco de culantro, solo un poco, porque bien lo dice el refrán: Ta bien culantro, pero no tanto); Papas rellenas sin relleno (parecidas a las que vendían en el estadio de Alianza Lima); Causa, que, sin el atún, la cebolla, las rodajas de huevo duro ni la mayonesa, parecía un bloque de puré; y la Papa a la huancaína sin huevo duro, aceituna, salsa ni lechuga, era solo una papa sancochada. A veces, estaba preparando una sopa de papas en una olla mientras que en otra sancochaba papas, y por un momento me sentía confuso porque la única diferencia entre ambas era que en una de las ollas las papas estaban peladas y en la otra con cáscara.

Mi chica adelgazaba a ojos vistas. Consultamos con un psicoanalista austríaco que tenía su consultorio en Tokio y que, apenas mi chica le contó que solo le apetecía comer papas, le preguntó si era admiradora de las hermanas Brontë. Y, como ella contestó afirmativamente, el médico declaró:

—Lo que usted tiene se llama Fleischentzugssyndrom der Brontë-Schwester (Síndrome de abstinencia de carne de las hermanas Brontë). Es un trastorno ocasionado por la lectura de la biografía de Charlotte Brontë escrita por la señora Gaskell. Pero no se preocupe, porque tiene rápida curación. El mito de que las hermanas Brontë solo comían papas es una patraña inventada por una rencorosa niñera llamada Martha Wright, que había sido despedida, para desprestigiar al padre.

—Ellas comían de todo, como lo prueba esta página del diario que escribían de forma conjunta Emily y Anne Brontë— dijo el médico, tendiéndole un papel a mi chica.

Era sin duda la página de un diario y estaba fechada el 24 de noviembre de 1834. Decía

que ese día habían cenado: "boiled beef, turnips, potatoes, and apple pudding" (carne de res hervida, nabos, papas y budín de manzana).

Pero, como aquello era una simple fotocopia, mi chica no se convenció hasta que nos llegó una copia de la página original del diario con el sello oficial de la Brontë Society —que administraba el Brontë Parsonage Museum— y certificada por un notario público de Haworth (que conseguimos a través de la Embajada Británica en Tokio).

Para celebrar su reconversión a la categoría de los omnívoros, fuimos para variar a un restaurante especializado en carnes llamado Buffalo Bill Steak House. Yo pedí un bistec Tomahawk de 1.5 kg y pensé que, dadas las circunstancias, mi chica se animaría a pedir, al menos, un pequeño tenderloin steak de 100 g, pero ella, fiel a sus gustos, pidió el único plato de la carta que no era carne de res: una pechuga de pollo sin pellejo a la parrilla, aunque, eso sí, pagando un suplemento sobre la tarifa del Salad bar, tuvo acceso a un buffet con más de cincuenta postres y tuvo mucha suerte porque, casualidades de la vida (la realidad siempre supera a la fantasía más afiebrada), entre ellos, así como en el Perú hay una torta de chocolate llamada Selva Negra —que es una variante de la Schwarzwälder Kirschtorte alemana original, cuyo nombre, en mi ignorancia, yo creí que aludía a la jungla africana, cuando en realidad se refiere a un macizo montañoso muy boscoso ubicado al suroeste de Alemania)—, había una torta llamada Wuthering Heights. La torta —que estaba cubierta con una capa desigual de crema chantilly de blueberries de color malva y adornada con trocitos de fresas, frambuesas, cerezas, moras, cranberries y blueberries, y que pretendía reproducir las onduladas colinas de los moors cubiertos por la colorida alfombra de las flores de los brezos a fines de agosto, cuando están en plena floración—, terminó por fin de quitarle el mal sabor de boca que le había dejado la película y la reconcilió con el mundo.

Por lo demás, siempre hay que tratar de ser positivo y mirar el lado bueno de las cosas. Y, en este caso, lo bueno es que —¡Gracias a Dios! —, Emerald Fennell se limitó a contar la mitad de la historia y nos exoneró de padecer el sufrimiento de ver los demás destrozos que hubiera cometido si adaptaba toda la novela.

Salvo que —¡Dios no lo permita! — se anime a hacer una segunda parte, en cuyo caso solo nos quedaría hacer votos para que Dios nos pille confesados.

 

N.B. He usado "pillar" en vez de "coger" en atención a los amigos argentinos, porque, como para ellos "coger" significa otra cosa, podrían suscitarse interpretaciones equívocas y la plegaria podría resultarles algo irreverente.

sábado, 10 de octubre de 2026

La Odisea de Christopher Nolan

 

 

La Odisea de Christopher Nolan

 El viernes 11 de septiembre —la sola vista de aquel fatídico número 11 me recordó las Torres gemelas del World Trade Center de Nueva York— era un día muy especial para nosotros, pero no porque aquel día se cumplía el vigésimo quinto aniversario de una fecha de tan infausto recuerdo sino porque por fin se estrenaba en Japón— con casi dos meses de retraso con respecto al estreno mundial— La Odisea de Christopher Nolan.

Mi chica y yo solemos despertarnos a las cinco de la mañana y lo primero que ella hace al levantarse de la cama es abrir las cortinas y observar por la ventana del balcón el horizonte hacia el este. Luego, cualquier persona tal vez diría: Ya está amaneciendo. Pero, como mi chica es homérica hasta el tuétano —y no es de extrañar, pues para acometer la traducción anotada al quechua del Ulysses de James Joyce (la primera y única que existe en la actualidad), estudió a fondo todos los poemas épicos incluidos en el llamado ciclo troyano; es decir, todos los poemas relacionados con la guerra de Troya, y especialmente, por supuesto, la Ilíada y, sobre todo, la Odisea—, dice: Ya se asoma la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos dedos...

Pero como los viernes mi chica descansa y en sus días de descanso ella suele levantarse un poco más tarde, el encargado de abrir las cortinas los viernes soy yo y, a mí, el resplandor rosado que precede a la salida del sol me evoca el recuerdo de un pasaje de la novela de Umberto Eco L'isola del giorno prima (La isla del día de antes) en el que Roberto de la Grive, desde la cubierta del Daphne, describe la aurora como un matiz, un recuerdo de rosa...

 El nostos y la xenia

El argumento de la Odisea se fundamenta en dos conceptos básicos: el nostos que significa "regreso a casa" (A diferencia de Aquiles —que opta por la kleos (la gloria eterna) a sabiendas de que morirá muy joven—, Odiseo —mucho más cauto y precavido—, sigue el menos heroico camino del nostos, pero, la apacible travesía de regreso a su patria, que debía durar unos pocos días, se convertirá en un viaje lleno de aventuras que se alargará por diez largos años, en los que tendrá que luchar contra viento y marea —por su propia culpa, por la de sus hombres y también por el enojo de Poseidón— para regresar a Ítaca a vivir una vejez tranquila junto a su esposa Penélope y a su hijo Telémaco), y la xenia que era la ley de la hospitalidad basada en la creencia de que cualquier viajero podía ser un dios disfrazado y por lo tanto había que tratarlo bien.

Lo que me recuerda una creencia de mis antepasados los antiguos peruanos. Pero, antes que nada, ¿está bien que me refiera a los antiguos peruanos como mis antepasados siendo que mis ocho apellidos son okinawenses solo por haber nacido en Lima y vivido en el Perú hasta los veintidós años o se me podría acusar de estar cometiendo una apropiación cultural retroactiva? ¿No se me podría acusar de lo mismo si, por el contrario, declarase que mis antepasados eran los antiguos súbditos del Reino de Ryūkyū siendo que —salvo por los apellidos y la cara de okinawense—, yo soy, a todos los efectos, occidental y cristiano por los cuatro costados? En todo caso, más allá de las diferencias etnoculturales, hay una característica que hermana a peruanos y okinawenses: la impuntualidad. Denominada eufemísticamente en el Perú como “Hora peruana" (que en el caso de la proverbial impuntualidad del expresidente Alejandro Toledo se llamaba "Hora cabana" en alusión al nombre del pueblo de Áncash donde nació), y en Japón como “Okinawa time” (en inglés, porque fueron los gringos los que empezaron a llamarla así durante la ocupación) porque en la tierra de mis abuelos lo normal es llegar a las citas con por lo menos una hora de retraso. Doble razón por la que no es de extrañar que los peruanos descendientes de okinawenses como yo no seamos tan puntuales como los japoneses, que siempre llegan unos minutos antes de la hora así llueva, truene, relampaguee, granice, nieve o los parta un rayo (en este último caso sí puede ser que lleguen un poco tarde). Pero me he ido por las ramas.

Estaba diciendo que los dioses griegos no eran los únicos palomillas. A los dioses de los antiguos peruanos también les gustaba hacerse pasar por mendigos para poner a prueba la bondad de la gente. Les leo un extracto del libro “Mitos y leyendas de Huarochirí”:

“Pariacaca, el dios del agua y del rayo, llegó sediento y andrajoso a Huayquihusa, un pueblo yunca donde se celebraba una fiesta con una gran borrachera. El dios, sin darse a conocer, se sentó a un lado como suelen hacer los pobres. Nadie le invitó a beber. Así pasó todo el día. Finalmente, una mujer, percatándose de su presencia, exclamó: ¡Cómo es posible que no le hayan convidado nada a este pobre hombre! Y le ofreció su gran poto blanco y la chucha...” ¡Oe!, ¿qué? ¡Perdón! ¡Cada vez estoy peor de la vista!

De haberme escuchado, mi chica me hubiera resondrado con acritud empleando las mismas palabras con las que Zeus reconvenía a su hija Atenea, la diosa de la sabiduría y de la guerra:

—¡Qué palabras se te escaparon del cerco de los dientes!

Retrocedo sobre mis pasos y continúo con la lectura: “Y le ofreció un gran poto blanco de chicha. Entonces, para premiarla por su generosidad, el dios le advirtió a la mujer que abandonara el pueblo de inmediato y se marchara cuesta arriba sin voltearse a mirar, si no quería convertirse en piedra si lo hacía. La mujer empezó a subir, pero a media cuesta se volteó a mirar cuando escuchó el ruido del cataclismo que sepultó el pueblo, y quedó petrificada en la ladera del cerro”.

Por cierto, a diferencia de los dioses y héroes griegos, a quienes se les solía representar desnudos, a los dioses de la mitología andina como Pariacaca se les representaba vestidos (Incluso Manco Cápac y Mama Ocllo emergen de las aguas del lago Titicaca completamente vestidos). ¿Por qué? Pues, porque ya se sabe: No es lo mismo un desnudo griego que un peruano calato.

 El casco de Agamenón

Lo primero que pensé cuando vi a Agamenón, fue que a Christopher Nolan — el director de la película —, los 250 millones de dólares del presupuesto le debían de haber quedado cortos y que se había visto obligado a reciclar la indumentaria y la máscara de Batman, porque se parecía mucho más al superhéroe de Ciudad Gótica —solo que sin las orejas y con un escobillón sin mango pegado en la cabeza—, que al rey de Micenas. Es más, me hubiera gustado que pusieran el tema musical de la serie de 1966: Na na na na na na na na na na na na na na na na ¡Batmaaaaaan! Na na na na na na na na na na na na na na na na ¡Batmaaaaaan! Y ya puestos, si Nolan realmente quería volver a lo analógico como decía, hubiera podido poner en grandes letras al estilo de los cómics, como en la mencionada serie, las onomatopeyas de los golpes y caídas durante las peleas: ¡POW!, ¡BAM! ¡ZAP!, ¡KAPOW!, ¡SOCK!, ¡CRASH!, ¡CLUNK!, ¡BANG!, ¡SPLATT!, ¡CRUNCH!, ¡BONK!, ¡BOFF!, ¡SMARCH!, ¡BLOOP!, ¡ZLONK!, ¡CLANK!

Pero, al ver a Agamenón hacer su entrada triunfal al frente de sus huestes, después de que el grupo del Caballo de Troya liderado por Odiseo, les abriera las puertas de la ciudad, imponente, de punta en blanco —aunque en este caso creo que sería más apropiado decir de punta en negro—, debo decir que tampoco me hubiera extrañado si ingresaba marcando el paso al ritmo de la Marcha Imperial de Stars Wars conocida también como el Tema de Darth Vader: Tan-tan-tan tan-tatán tan-tatán, Tan-tan-tan tan-tatán tan-tatán...

 El Caballo de Troya

La escena que más me gustó de la película es aquella en la que se muestra a Odiseo y a la treintena de intrépidos guerreros que lo acompañaban en el apretujado, asfixiante y claustrofóbico interior del Caballo de Troya. Aunque hasta ahora no logro entender por qué a los griegos se les ocurriría dejar el caballo en la playa cuando todo el mundo sabe que si uno deja semienterrada en la orilla del mar una caja de cervezas para que se conserven frescas, en menos de una hora no solo han desaparecido, sino que además ya no se sabe ni donde se las enterró. En la película, encima, parece que hasta se ahogan algunos de los guerreros. Mientras veía esta escena, pensé que, gracias a los dioses, por aquellos tiempos remotos aún no existía la comedia griega, porque ¿qué hubiera pasado si alguno de los que estaban allí dentro se acordaba de pronto de algún pasaje de alguna comedia de Aristófanes y le hubiera dado un ataque de risa incontenible? Este pensamiento fue fatal porque el que se acordó del pasaje cómico y al que le dio un inoportuno ataque de risa fue a mí. Todos los espectadores —felizmente solo era una docena— se volvieron hacia mí y me dirigieron una ceñuda mirada de reprobación al mismo tiempo que, poniendo la proverbial cara de la enfermera estricta, bibliotecaria amargada o profesora malgeniada, me impusieron silencio llevándose el dedo índice a los labios y soltando un sonoro ¡Shhhhh! Pero como yo no paraba de reír, solo la rápida intervención de mi chica que —al igual que Odiseo, es fecunda en ardides— me propinó un preciso cocacho en la crisma que acabó de golpe con las carcajadas, evitó males mayores pues los damnificados ya se disponían a adoptar medidas más drásticas para callarme.

Por cierto, hablando de Aristófanes, lástima que por aquellos días no hubiera entre las griegas y las troyanas ninguna mujer como Lisístrata, que —tal como hizo esta con las esposas de los guerreros atenienses y espartanos para poner fin a la Guerra del Peloponeso—, soliviantara a las mujeres de los guerreros de ambos bandos para que no cumplieran con los ritos de Afrodita; es decir, para que se declararan en huelga de piernas cruzadas y mantuvieran a sus esposos en un estado de erección permanente hasta que estos no dejaran de combatir y llegaran a un acuerdo de paz. Estoy seguro de que la Guerra de Troya no hubiera durado tanto. Aunque, ahora que lo pienso bien, eso hubiera funcionado con los troyanos, que tenían a sus mujeres al alcance de la mano, pero, en el caso de los griegos —que hacía mucho tiempo que estaban alejados de sus mujeres y que ya habrían encontrado otras formas de consuelo porque como bien dice el slogan de los artesanos: "Hecho a mano es mejor" o como apunta el cómico peruano Carlos Álvarez: "Más vale pájaro en mano que en nueve meses un enano"—, esta estratagema no funcionaría. Ahora bien, en el caso de Aquiles, ¿con quién había que hablar: con Briseida o con Patroclo?, porque parece que el héroe de la rubia cabellera pateaba con los dos pies.

¡Un momento! Y si Melania y las demás esposas de los líderes mundiales amenazaran a sus esposos con hacer lo mismo que Lisístrata y las esposas de los guerreros atenienses y espartanos, tal vez...Pero no, todos estos no creen en el lema pacifista de los sesenta contra la guerra de Vietnam: "Make love, not war" (Haz el amor, no la guerra) sino que piensan que “El único enemigo bueno es el enemigo muerto”, que al parecer proviene de una célebre frase atribuida al general estadounidense Philip Sheridan durante las guerras contra los pieles rojas: "The only good Indian is a dead Indian" (El único indio bueno es el indio muerto).

Sin embargo, felizmente para los griegos, Aristófanes todavía tardaría varios siglos en nacer, por lo que nadie tuvo que sofocar ninguna risita delatora dentro del caballo.

En la película, lo que sí tuvieron que sofocar fue un grito, cuando los troyanos, para asegurarse de que no había nadie dentro, empezaron a introducir sus espadas a través de las rendijas del caballo e hirieron a uno de los guerreros griegos.

Homero, si es que existió, es más ingenioso: en el canto IV de la Odisea, Helena da tres vueltas al caballo llamando por su nombre a los principales guerreros griegos imitando la voz de sus esposas y Odiseo tiene que taparle la boca a uno de ellos para evitar que le responda.

Y ya que hablamos de Helena, solo diré que en el canto XXII Atenea increpa a Odiseo que haya perdido el vigor y la fortaleza con la que luchó durante nueve años contra los troyanos por Helena, la de níveos brazos... Leukōlenos (que se traduce como “la de blancos brazos”) es uno de los epítetos de Helena. ¿Y qué es un epíteto?

Un epíteto es un adjetivo o frase adjetival que resalta una cualidad inherente del sustantivo que acompaña. Entonces, convendrán conmigo en que —aunque, al igual que Helena, la actriz Lupita Nyong'o fue elegida en su momento como la mujer más bella del mundo—, resulta un poco difícil atribuirle el epíteto de “la de blancos brazos”.

Y si no importan las características físicas y solo debemos valorar su performance actoral, entonces la próxima vez perfectamente podría interpretar a cualquier personaje femenino de las más grandes obras de la literatura universal: Elizabeth Bennet, Jane Eyre, Emma Bovary, Natasha Rostova, Anna Karénina, Jo March, Scarlett O'Hara, Murasaki no Ue (la Dama Murasaki) (En este último caso sería más fácil, porque hasta las mujeres nobles de la corte Heian utilizaban para maquillarse una pasta hecha de polvo de arroz o arcilla —que era la más saludable— u otra a base de plomo —que, aunque más tóxica, era la preferida de las damas de la alta sociedad por su acabado aporcelanado—, pues debían lucir un cutis extremadamente blanco). Y, por último, si me apuran, también podría interpretar a la ballena blanca Moby-Dick.

¡Total! Si ya todo es posible en este loco mundo.

La verdad es que no sé de qué me quejo: si en La Cenicienta de 2021, dirigida por Kay Cannon, el papel del Hada madrina lo interpreta un actor que no solo es negro sino que encima es gay…

Por cierto, en la televisión japonesa hay un comercial de SoftBank —uno de los operadores de telefonía móvil más importantes de Japón—, en el que sale una familia modelo: el padre es un perro blanco que habla, la madre es una señora japonesa, el hijo mayor es un joven negro y la hija es una joven japonesa. ¡Y nadie se queja!

A mí, cuando a los doce años leí la Odisea, el asunto del Caballo de Troya me produjo un profundo trauma que me convirtió en una persona muy desconfiada: era incapaz de desempaquetar los regalos que me hacían sin experimentar un gran temor. Una de las cosas que más me aterraban por entonces era el intercambio de regalos que se hacía todos los años en el colegio por el Día de San Valentín. Solo después de una larga terapia que se prolongó por varios años, pude superar lo que, según el psicoanalista que me trató, se conocía como el Síndrome del Presente griego.

Una de las primeras cosas que hice al llegar a Japón, fue matricularme en un curso de japonés que se dictaba en la YMCA de Yokohama. Todo estaba yendo bien, hasta que a principios de febrero, la sensei anunció que con motivo del Barentain (Día de San Valentín) se realizaría un intercambio de regalos. Yo, que ya creía haber superado completamente mi trauma, empecé a sudar frío. Inmediatamente, se procedió al sorteo. Cada uno escribió su nombre en un papelito y lo depositó en una caja de cartón que estaba en el pupitre de la sensei. Luego, ella los fue sacando de dos en dos y así quedaban decididas las parejas para el intercambio. En la clase había tres filipinas, dos brasileños, una tailandesa, un australiano, una canadiense, un estadounidense, una vietnamita, un alemán, una rusa, una italiana, un francés y…¿Saben con quién me tocó a mí? Pues, justo me tenía que tocar con el único griego de la clase. Se llamaba Malakos Karamalos. El Día de San Valentín, cuando abrí el paquete y vi que era un caballo, estuve a punto de desmayarme: me acordé de pronto de que, en la Eneida de Virgilio, el sacerdote troyano Laocoonte al ver el caballo desconfía del presente, y advierte a los troyanos que no lo acepten, exclamando: Equo ne credite, Teucri! Quidquid id est, timeo Danaos et dona ferentes. (¡No confiéis en el caballo, troyanos! Sea lo que sea, temo a los griegos incluso cuando traen regalos). Malakos pareció notar mi suspicacia y con una sonrisa tranquilizadora —que parecía decir: No te preocupes: en el caballo no están escondidos Odiseo y sus compinches—, abrió una trampilla que había en el vientre del caballo y mostrándome el interior, dijo:

—Solo son unos Sokolatakia.

Eran unos bombones de chocolate rellenos de higo remojado en ouzo tan deliciosos que nunca más he vuelto a desconfiar de los presentes griegos.

 El cíclope Polifemo

Lamentablemente, desde que aparecieron los Minions, la mítica figura de los cíclopes se ha banalizado (y hasta ridiculizado en Minions & Monsters, la más reciente de sus películas, en una escena de mal gusto en la que el cíclope termina empalado al sentarse sobre una torre de piezas de Lego hechas de piedra). Al tener muchos de los Minions un solo ojo, los cíclopes se han normalizado y ahora la aparición de uno de ellos ya no sorprende a nadie. Lo que sí me sorprendió a mí fue la posición vertical del único ojo del Polifemo de la película. Ni Picasso con sus ojos cubistas se había atrevido a tanto. Me recordó la ociosa polémica que sosteníamos en broma un grupo de jóvenes fogosos y aguantados cuando recién llegamos a Japón acerca de si las japonesas tendrían aquello en posición vertical, como todas las mujeres, o en horizontal.

En la película, el episodio está muy empobrecido. Polifemo se duerme solo. Odiseo no necesita emborracharlo como en la versión original con el vino que le obsequió Marón, que era tan fuerte y concentrado que había que diluirlo mezclándolo con veinte partes de agua, y por eso, cuando el cíclope lo toma puro, se emborracha rápidamente y se queda dormido. Odiseo no le dice que se llama “Nadie” y se pierde un juego de palabras que tiene mucha importancia en el desarrollo de la trama. Y que en vez de agarrarse al vientre de las ovejas, Odiseo y sus hombres se amarren paja en la espalda para camuflarse y pasar desapercibidos para escapar de la cueva, y que Polifemo, que es pastor, no sepa diferenciar al tacto la paja de la lana de sus ovejas es algo difícil de tragar.

 Las sirenas

No sé si se deba a que soy aficionado a la fotografía de aves rapaces, pero me hubiera gustado que Nolan restituyera a las sirenas su verdadera imagen; es decir, que las presentara como seres con cuerpo y garras de pájaro y cabeza de mujer y que hubieran revoloteado alrededor del mástil al que estaba atado Odiseo atormentándolo con su irresistible canto. Muchas personas se quejan de que solo Odiseo pudiera oír el canto de las sirenas, pero no fue mi caso. Así como los perros pueden captar sonidos de frecuencias muy altas que no son perceptibles para el oído humano, de la misma manera, aparte de Odiseo, al parecer, yo era el único en toda la sala que sí podía hacerlo y, como yo no estaba amarrado, me levanté de un salto de mi asiento y cuando ya me disponía a abalanzarme a la pantalla al encuentro de las sirenas, mi chica —que es rápida de reflejos— se sacó el chicle de la boca, lo partió en dos pedazos y me taponó los oídos con ellos. Asunto solucionado. Lo malo es que tuve que ver el resto de la película a lo mudo leyendo los subtítulos. Siempre pensé que el famoso canto de las sirenas sería una canción sensual, perturbadora e irresistible al estilo de Je t'aime moi non plus, que prometía una orgía perpetua en un harem de ensueño, pero era algo completamente diferente. Las sirenas te ofrecían el conocimiento absoluto. Lo que siempre habías querido saber. En mi caso, sus seductoras voces me susurraban al oído: ¿Quieres saber cuál de las piernas perdió Ahab?, mientras recostadas indolentemente sobre las rocas, rodeadas de esqueletos y calaveras, me hacían gestos provocativos y señas incitadoras con las manos para que me acercara y, aunque hablaban en griego antiguo, yo lo entendía perfectamente, y eso que nunca llegué a abrir el libro “Aprenda griego antiguo en 30 días”.

 Escila y Caribdis

La escena de Escila y Caribdis pasa demasiado rápido. Antes de que uno se dé cuenta, las seis cabezas de Escila ya han aparecido y desaparecido con sendos tripulantes en sus fauces, como si, en vez de las seis cabezas del mitológico monstruo —o, mejor dicho, monstrua—, hubiesen sido seis descomunales espantasuegras sopladas por Eolo, el señor de los vientos, que se hubiesen desenrrollado y vuelto a enrrollar en un santiamén.

Siempre me quejo de que las películas actuales abusan de las imágenes creadas por computadora (CGI), pero, en este caso, creo que se podrían haber aprovechado para recrear mejor las escenas fantásticas. Es encomiable que Nolan renunciara exprofesamente a recurrir a los ingentes recursos técnicos con los que se cuenta en la actualidad para caracterizarlos de forma analógica a la antigua usanza, pero creo que sus monstruos no le llegan ni a la suela de los zapatos —o a las pezuñas en todo caso— de los que aparecen en algunas viejas películas del siglo pasado como el Polifemo de la película Ulisse (Ulíses) de 1954 muy fiel al original del poema homérico o el cíclope de The 7th Voyage of Sinbad (El séptimo viaje de Simbad) de 1958 que no se come crudas a sus víctimas sino que las ata a un palo y las asa dándoles vueltas como si fueran pollos a la brasa o el troglodita de Sinbad and the Eye of the Tiger (Simbad y el ojo del tigre) de 1977, y eso que los dos últimos se hicieron con la rudimentaria técnica del stop-motion o animación fotograma a fotograma.

Para no hablar de Caribdis, de quien no se ve ni los dientes y parece un simple remolino. Me parece que al menos había que sugerir de algún modo que allí abajo había un monstruo capaz de tragarse una embarcación entera.

Creo que Nolan pudo haber aprovechado más el dramatismo de la escena: nada menos que enfrentarse a la terrible disyuntiva de tener que escoger entre lo malo y lo peor. Tengo la impresión de que ha habido más dramatismo en las segundas vueltas de las cuatro últimas elecciones presidenciales del Perú que en esta escena de la película, a tal punto que el escritor peruano Mario Vargas Llosa (Premio Nobel de literatura 2010), el año 2011, antes de la segunda vuelta que se iba a disputar entre Keiko Fujimori y Ollanta Humala, declaró que tener que escoger entre Keiko y Ollanta era como tener que elegir —y muchos esperaban que dijera entre Caribdis y Escila, pero no, lo que dijo fue:— entre el cáncer y el SIDA.

Había que escoger el mal menor y, como Keiko encarnaba a Caribdis, salió elegido Ollanta-Escila. El 2016 Keiko volvió a hacer el papel de Caribdis y por supuesto que ganó su oponente Kuczynski-Escila. El 2021 Keiko hizo una vez más de Caribdis y, aunque su rival era prácticamente un analfabeto funcional, ganó Castillo-Escila. Por último, en las elecciones de este año 2026, aunque se dijo que Keiko no le ganaría ni a un panetón, inesperadamente la gente tuvo más miedo de su rival Sánchez, quien asumió el papel de Caribdis y por fin —a la cuarta va la vencida— haciendo por primera vez de Escila, ganó Keiko.

 Otros

Sobre los Lestrigones, Circe, Calipso y la escena final en la que Odiseo lucha solo contra los pretendientes y los mata a todos, será mejor que no me pronuncie porque podría ir preso.

 Una confesión personal

De niño, mi madre siempre me decía: Héctor, domador de caballos.

Pero yo, como tenía el pelo muy trinchudo y sufría mucho para peinarme —especialmente luego de ir a la peluquería, porque, cuando tenía el pelo corto, aunque me embadurnara la cabeza con un kilo de gomina, los pelos se me paraban como a un puercoespín—, pensaba que mi madre se burlaba de mí y en vez de: Héctor, domador de caballos, escuchaba: Héctor, domador de cabellos.

Solo cuando ya de adolescente leí La Iliada, me enteré de que “Domador de caballos” era el epíteto de Héctor y al principio saqué pecho orgulloso de tener el mismo nombre que el gran héroe troyano (hasta ese momento, yo había creído que me habían puesto ese nombre por Héctor Chumpitaz, lo que no me alegraba mucho, porque el también capitán de la selección peruana de fútbol era de la U y yo era hincha acérrimo de Alianza) pero, cuando llegué al Canto XXII en el que Aquiles busca a Héctor para vengarse por la muerte de Patroclo y lo tiene que corretear dando tres vueltas completas alrededor de la muralla de la ciudad antes de que este se animara a enfrentarlo —pensé que el epíteto de Aquiles: “El de los pies ligeros”, le iba mejor a Héctor—, fue tal la decepción que me causó por su cobardía, que ese mismo día decidí dejar de usar mi primer nombre.

Por lo demás, aunque tenga el mismo nombre que el héroe troyano, yo siempre me he sentido profundamente heleno (No confundir con “Elena”, que era mi apodo en el colegio por mi baja estatura: “Elena” contracción apocopada de “El enano”); con heleno quiero decir griego. Estoy convencido de que, en otra vida, yo fui griego. Por algo me gusta tanto el azul de la bandera griega (que James Joyce escogió exprofeso para las cubiertas del Ulysses), el queso feta, las aceitunas kalamata, las aceitunas negras a la griega, el rico baklavá...

¡Un momento! ¿El baklavá es un postre típico griego o turco?

¿Y el Döner Kebab?

¡Maldita sea mi estampa!