sábado, 10 de octubre de 2026

La Odisea de Christopher Nolan

 

 

La Odisea de Christopher Nolan

 El viernes 11 de septiembre —la sola vista de aquel fatídico número 11 me recordó las Torres gemelas del World Trade Center de Nueva York— era un día muy especial para nosotros, pero no porque aquel día se cumplía el vigésimo quinto aniversario de una fecha de tan infausto recuerdo sino porque por fin se estrenaba en Japón— con casi dos meses de retraso con respecto al estreno mundial— La Odisea de Christopher Nolan.

Mi chica y yo solemos despertarnos a las cinco de la mañana y lo primero que ella hace al levantarse de la cama es abrir las cortinas y observar por la ventana del balcón el horizonte hacia el este. Luego, cualquier persona tal vez diría: Ya está amaneciendo. Pero, como mi chica es homérica hasta el tuétano —y no es de extrañar, pues para acometer la traducción anotada al quechua del Ulysses de James Joyce (la primera y única que existe en la actualidad), estudió a fondo todos los poemas épicos incluidos en el llamado ciclo troyano; es decir, todos los poemas relacionados con la guerra de Troya, y especialmente, por supuesto, la Ilíada y, sobre todo, la Odisea—, dice: Ya se asoma la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos dedos...

Pero como los viernes mi chica descansa y en sus días de descanso ella suele levantarse un poco más tarde, el encargado de abrir las cortinas los viernes soy yo y, a mí, el resplandor rosado que precede a la salida del sol me evoca el recuerdo de un pasaje de la novela de Umberto Eco L'isola del giorno prima (La isla del día de antes) en el que Roberto de la Grive, desde la cubierta del Daphne, describe la aurora como un matiz, un recuerdo de rosa...

 El nostos y la xenia

El argumento de la Odisea se fundamenta en dos conceptos básicos: el nostos que significa "regreso a casa" (A diferencia de Aquiles —que opta por la kleos (la gloria eterna) a sabiendas de que morirá muy joven—, Odiseo —mucho más cauto y precavido—, sigue el menos heroico camino del nostos, pero, la apacible travesía de regreso a su patria, que debía durar unos pocos días, se convertirá en un viaje lleno de aventuras que se alargará por diez largos años, en los que tendrá que luchar contra viento y marea —por su propia culpa, por la de sus hombres y también por el enojo de Poseidón— para regresar a Ítaca a vivir una vejez tranquila junto a su esposa Penélope y a su hijo Telémaco), y la xenia que era la ley de la hospitalidad basada en la creencia de que cualquier viajero podía ser un dios disfrazado y por lo tanto había que tratarlo bien.

Lo que me recuerda una creencia de mis antepasados los antiguos peruanos. Pero, antes que nada, ¿está bien que me refiera a los antiguos peruanos como mis antepasados siendo que mis ocho apellidos son okinawenses solo por haber nacido en Lima y vivido en el Perú hasta los veintidós años o se me podría acusar de estar cometiendo una apropiación cultural retroactiva? ¿No se me podría acusar de lo mismo si, por el contrario, declarase que mis antepasados eran los antiguos súbditos del Reino de Ryūkyū siendo que —salvo por los apellidos y la cara de okinawense—, yo soy, a todos los efectos, occidental y cristiano por los cuatro costados? En todo caso, más allá de las diferencias etnoculturales, hay una característica que hermana a peruanos y okinawenses: la impuntualidad. Denominada eufemísticamente en el Perú como “Hora peruana" (que en el caso de la proverbial impuntualidad del expresidente Alejandro Toledo se llamaba "Hora cabana" en alusión al nombre del pueblo de Áncash donde nació), y en Japón como “Okinawa time” (en inglés, porque fueron los gringos los que empezaron a llamarla así durante la ocupación) porque en la tierra de mis abuelos lo normal es llegar a las citas con por lo menos una hora de retraso. Doble razón por la que no es de extrañar que los peruanos descendientes de okinawenses como yo no seamos tan puntuales como los japoneses, que siempre llegan unos minutos antes de la hora así llueva, truene, relampaguee, granice, nieve o los parta un rayo (en este último caso sí puede ser que lleguen un poco tarde). Pero me he ido por las ramas.

Estaba diciendo que los dioses griegos no eran los únicos palomillas. A los dioses de los antiguos peruanos también les gustaba hacerse pasar por mendigos para poner a prueba la bondad de la gente. Les leo un extracto del libro “Mitos y leyendas de Huarochirí”:

“Pariacaca, el dios del agua y del rayo, llegó sediento y andrajoso a Huayquihusa, un pueblo yunca donde se celebraba una fiesta con una gran borrachera. El dios, sin darse a conocer, se sentó a un lado como suelen hacer los pobres. Nadie le invitó a beber. Así pasó todo el día. Finalmente, una mujer, percatándose de su presencia, exclamó: ¡Cómo es posible que no le hayan convidado nada a este pobre hombre! Y le ofreció su gran poto blanco y la chucha...” ¡Oe!, ¿qué? ¡Perdón! ¡Cada vez estoy peor de la vista!

De haberme escuchado, mi chica me hubiera resondrado con acritud empleando las mismas palabras con las que Zeus reconvenía a su hija Atenea, la diosa de la sabiduría y de la guerra:

—¡Qué palabras se te escaparon del cerco de los dientes!

Retrocedo sobre mis pasos y continúo con la lectura: “Y le ofreció un gran poto blanco de chicha. Entonces, para premiarla por su generosidad, el dios le advirtió a la mujer que abandonara el pueblo de inmediato y se marchara cuesta arriba sin voltearse a mirar, si no quería convertirse en piedra si lo hacía. La mujer empezó a subir, pero a media cuesta se volteó a mirar cuando escuchó el ruido del cataclismo que sepultó el pueblo, y quedó petrificada en la ladera del cerro”.

Por cierto, a diferencia de los dioses y héroes griegos, a quienes se les solía representar desnudos, a los dioses de la mitología andina como Pariacaca se les representaba vestidos (Incluso Manco Cápac y Mama Ocllo emergen de las aguas del lago Titicaca completamente vestidos). ¿Por qué? Pues, porque ya se sabe: No es lo mismo un desnudo griego que un peruano calato.

 El casco de Agamenón

Lo primero que pensé cuando vi a Agamenón, fue que a Christopher Nolan — el director de la película —, los 250 millones de dólares del presupuesto le debían de haber quedado cortos y que se había visto obligado a reciclar la indumentaria y la máscara de Batman, porque se parecía mucho más al superhéroe de Ciudad Gótica —solo que sin las orejas y con un escobillón sin mango pegado en la cabeza—, que al rey de Micenas. Es más, me hubiera gustado que pusieran el tema musical de la serie de 1966: Na na na na na na na na na na na na na na na na ¡Batmaaaaaan! Na na na na na na na na na na na na na na na na ¡Batmaaaaaan! Y ya puestos, si Nolan realmente quería volver a lo analógico como decía, hubiera podido poner en grandes letras al estilo de los cómics, como en la mencionada serie, las onomatopeyas de los golpes y caídas durante las peleas: ¡POW!, ¡BAM! ¡ZAP!, ¡KAPOW!, ¡SOCK!, ¡CRASH!, ¡CLUNK!, ¡BANG!, ¡SPLATT!, ¡CRUNCH!, ¡BONK!, ¡BOFF!, ¡SMARCH!, ¡BLOOP!, ¡ZLONK!, ¡CLANK!

Pero, al ver a Agamenón hacer su entrada triunfal al frente de sus huestes, después de que el grupo del Caballo de Troya liderado por Odiseo, les abriera las puertas de la ciudad, imponente, de punta en blanco —aunque en este caso creo que sería más apropiado decir de punta en negro—, debo decir que tampoco me hubiera extrañado si ingresaba marcando el paso al ritmo de la Marcha Imperial de Stars Wars también conocida como el Tema de Darth Vader: Tan-tan-tan tan-tatán tan-tatán, Tan-tan-tan tan-tatán tan-tatán...

 El Caballo de Troya

La escena que más me gustó de la película es aquella en la que se muestra a Odiseo y a la treintena de intrépidos guerreros que lo acompañaban en el apretujado, asfixiante y claustrofóbico interior del Caballo de Troya. Aunque hasta ahora no logro entender por qué a los griegos se les ocurriría dejar el caballo en la playa cuando todo el mundo sabe que si uno deja semienterrada en la orilla del mar una caja de cervezas para que se conserven frescas, en menos de una hora no solo han desaparecido, sino que además ya no se sabe ni donde se las enterró. En la película, encima, parece que hasta se ahogan algunos de los guerreros. Mientras veía esta escena, pensé que, gracias a los dioses, por aquellos tiempos remotos aún no existía la comedia griega, porque ¿qué hubiera pasado si alguno de los que estaban allí dentro se acordaba de pronto de algún pasaje de alguna comedia de Aristófanes y le hubiera dado un ataque de risa incontenible? Este pensamiento fue fatal porque el que se acordó del pasaje cómico y al que le dio un inoportuno ataque de risa fue a mí. Todos los espectadores —felizmente solo era una docena— se volvieron hacia mí y me dirigieron una ceñuda mirada de reprobación al mismo tiempo que, poniendo la proverbial cara de la enfermera estricta, bibliotecaria amargada o profesora malgeniada, me impusieron silencio llevándose el dedo índice a los labios y soltando un sonoro ¡Shhhhh! Pero como yo no paraba de reír, solo la rápida intervención de mi chica que —al igual que Odiseo, es fecunda en ardides— me propinó un preciso cocacho en la crisma que acabó de golpe con las carcajadas, evitó males mayores pues los damnificados ya se disponían a adoptar medidas más drásticas para callarme.

Por cierto, hablando de Aristófanes, lástima que por aquellos días no hubiera entre las griegas y las troyanas ninguna mujer como Lisístrata, que —tal como hizo esta con las esposas de los guerreros atenienses y espartanos para poner fin a la Guerra del Peloponeso—, soliviantara a las mujeres de los guerreros de ambos bandos para que no cumplieran con los ritos de Afrodita; es decir, para que se declararan en huelga de piernas cruzadas y mantuvieran a sus esposos en un estado de erección permanente hasta que estos no dejaran de combatir y llegaran a un acuerdo de paz. Estoy seguro de que la Guerra de Troya no hubiera durado tanto. Aunque, ahora que lo pienso bien, eso hubiera funcionado con los troyanos, que tenían a sus mujeres al alcance de la mano, pero, en el caso de los griegos —que hacía mucho tiempo que estaban alejados de sus mujeres y que ya habrían encontrado otras formas de consuelo porque como bien dice el slogan de los artesanos: "Hecho a mano es mejor" o como apunta el cómico peruano Carlos Álvarez: "Más vale pájaro en mano que en nueve meses un enano"—, esta estratagema no funcionaría. Ahora bien, en el caso de Aquiles, ¿con quién había que hablar: con Briseida o con Patroclo?, porque parece que el héroe de la rubia cabellera pateaba con los dos pies.

¡Un momento! Y si Melania y las demás esposas de los líderes mundiales amenazaran a sus esposos con hacer lo mismo que Lisístrata y las esposas de los guerreros atenienses y espartanos, tal vez...Pero no, todos estos no creen en el lema pacifista de los sesenta contra la guerra de Vietnam: "Make love, not war" (Haz el amor, no la guerra) sino que piensan que “El único enemigo bueno es el enemigo muerto”, que al parecer proviene de una célebre frase atribuida al general estadounidense Philip Sheridan durante las guerras contra los pieles rojas: "The only good Indian is a dead Indian" (El único indio bueno es el indio muerto).

Sin embargo, felizmente para los griegos, Aristófanes todavía tardaría varios siglos en nacer, por lo que nadie tuvo que sofocar ninguna risita delatora dentro del caballo.

En la película, lo que sí tuvieron que sofocar fue un grito, cuando los troyanos, para asegurarse de que no había nadie dentro, empezaron a introducir sus espadas a través de las rendijas del caballo e hirieron a uno de los guerreros griegos.

Homero, si es que existió, es más ingenioso: en el canto IV de la Odisea, Helena da tres vueltas al caballo llamando por su nombre a los principales guerreros griegos imitando la voz de sus esposas y Odiseo tiene que taparle la boca a uno de ellos para evitar que le responda.

Y ya que hablamos de Helena, solo diré que en el canto XXII Atenea increpa a Odiseo que haya perdido el vigor y la fortaleza con la que luchó durante nueve años contra los troyanos por Helena, la de níveos brazos... Leukōlenos (que se traduce como “la de blancos brazos”) es uno de los epítetos de Helena. ¿Y qué es un epíteto?

Un epíteto es un adjetivo o frase adjetival que resalta una cualidad inherente del sustantivo que acompaña. Entonces, convendrán conmigo en que —aunque, al igual que Helena, la actriz Lupita Nyong'o fue elegida en su momento como la mujer más bella del mundo—, resulta un poco difícil atribuirle el epíteto de “la de blancos brazos”.

Y si no importan las características físicas y solo debemos valorar su performance actoral, entonces la próxima vez perfectamente podría interpretar a cualquier personaje femenino de las más grandes obras de la literatura universal: Elizabeth Bennet, Jane Eyre, Emma Bovary, Natasha Rostova, Anna Karénina, Jo March, Scarlett O'Hara, Murasaki no Ue (la Dama Murasaki) (En este último caso sería más fácil, porque hasta las mujeres nobles de la corte Heian utilizaban para maquillarse una pasta hecha de polvo de arroz o arcilla —que era la más saludable— u otra a base de plomo —que, aunque más tóxica, era la preferida de las damas de la alta sociedad por su acabado aporcelanado—, pues debían lucir un cutis extremadamente blanco). Y, por último, si me apuran, también podría interpretar a la ballena blanca Moby-Dick.

¡Total! Si ya todo es posible en este loco mundo.

La verdad es que no sé de qué me quejo: si en La Cenicienta de 2021, dirigida por Kay Cannon, el papel del Hada madrina lo interpreta un actor que no solo es negro sino que encima es gay…

Por cierto, en la televisión japonesa hay un comercial de SoftBank —uno de los operadores de telefonía móvil más importantes de Japón—, en el que sale una familia modelo: el padre es un perro blanco que habla, la madre es una señora japonesa, el hijo mayor es un joven negro y la hija es una joven japonesa. ¡Y nadie se queja!

A mí, cuando a los doce años leí la Odisea, el asunto del Caballo de Troya me produjo un profundo trauma que me convirtió en una persona muy desconfiada: era incapaz de desempaquetar los regalos que me hacían sin experimentar un gran temor. Una de las cosas que más me aterraban por entonces era el intercambio de regalos que se hacía todos los años en el colegio por el Día de San Valentín. Solo después de una larga terapia que se prolongó por varios años, pude superar lo que, según el psicoanalista que me trató, se conocía como el Síndrome del Presente griego.

Una de las primeras cosas que hice al llegar a Japón, fue matricularme en un curso de japonés que se dictaba en la YMCA de Yokohama. Todo estaba yendo bien, hasta que a principios de febrero, la sensei anunció que con motivo del Barentain (Día de San Valentín) se realizaría un intercambio de regalos. Yo, que ya creía haber superado completamente mi trauma, empecé a sudar frío. Inmediatamente, se procedió al sorteo. Cada uno escribió su nombre en un papelito y lo depositó en una caja de cartón que estaba en el pupitre de la sensei. Luego, ella los fue sacando de dos en dos y así quedaban decididas las parejas para el intercambio. En la clase había tres filipinas, dos brasileños, una tailandesa, un australiano, una canadiense, un estadounidense, una vietnamita, un alemán, una rusa, una italiana, un francés y…¿Saben con quién me tocó a mí? Pues, justo me tenía que tocar con el único griego de la clase. Se llamaba Malakos Karamalos. El Día de San Valentín, cuando abrí el paquete y vi que era un caballo, estuve a punto de desmayarme: me acordé de pronto de que, en la Eneida de Virgilio, el sacerdote troyano Laocoonte al ver el caballo desconfía del presente, y advierte a los troyanos que no lo acepten, exclamando: Equo ne credite, Teucri! Quidquid id est, timeo Danaos et dona ferentes. (¡No confiéis en el caballo, troyanos! Sea lo que sea, temo a los griegos incluso cuando traen regalos). Malakos pareció notar mi suspicacia y con una sonrisa tranquilizadora —que parecía decir: No te preocupes: en el caballo no están escondidos Odiseo y sus compinches—, abrió una trampilla que había en el vientre del caballo y mostrándome el interior, dijo:

—Son solo unos Sokolatakia.

Eran unos bombones de chocolate rellenos de higo remojado en ouzo tan deliciosos que nunca más he vuelto a desconfiar de los presentes griegos.

 El cíclope Polifemo

Lamentablemente, desde que aparecieron los Minions, la mítica figura de los cíclopes se ha banalizado (y hasta ridiculizado en Minions & Monsters, la más reciente de sus películas, en una escena de mal gusto en la que el cíclope termina empalado al sentarse sobre una torre de piezas de Lego hechas de piedra). Al tener muchos de los Minions un solo ojo, los cíclopes se han normalizado y ahora la aparición de uno de ellos ya no sorprende a nadie. Lo que sí me sorprendió a mí fue la posición vertical del único ojo del Polifemo de la película. Ni Picasso con sus ojos cubistas se había atrevido a tanto. Me recordó la ociosa polémica que sosteníamos en broma un grupo de jóvenes fogosos y aguantados cuando recién llegamos a Japón acerca de si las japonesas tendrían aquello en posición vertical, como todas las mujeres, o en horizontal.

En la película, el episodio está muy empobrecido. Polifemo se duerme solo. Odiseo no necesita emborracharlo como en la versión original con el vino que le obsequió Marón, que era tan fuerte y concentrado que había que diluirlo mezclándolo con veinte partes de agua, y por eso, cuando el cíclope lo toma puro, se emborracha rápidamente y se queda dormido. Odiseo no le dice que se llama “Nadie” y se pierde un juego de palabras que tiene mucha importancia en el desarrollo de la trama. Y que en vez de agarrarse al vientre de las ovejas, Odiseo y sus hombres se amarren paja en la espalda para camuflarse y pasar desapercibidos para escapar de la cueva, y que Polifemo, que es pastor, no sepa diferenciar al tacto la paja de la lana de sus ovejas es algo difícil de tragar.

 Las sirenas

No sé si se deba a que soy aficionado a la fotografía de aves rapaces, pero me hubiera gustado que Nolan restituyera a las sirenas su verdadera imagen; es decir, que las presentara como seres con cuerpo y garras de pájaro y cabeza de mujer y que hubieran revoloteado alrededor del mástil al que estaba atado Odiseo atormentándolo con su irresistible canto. Muchas personas se quejan de que solo Odiseo pudiera oír el canto de las sirenas, pero no fue mi caso. Así como los perros pueden captar sonidos de frecuencias muy altas que no son perceptibles para el oído humano, de la misma manera, aparte de Odiseo, al parecer, yo era el único en toda la sala que sí podía hacerlo y, como yo no estaba amarrado, me levanté de un salto de mi asiento y cuando ya me disponía a abalanzarme a la pantalla al encuentro de las sirenas, mi chica —que es rápida de reflejos— se sacó el chicle de la boca, lo partió en dos pedazos y me taponó los oídos con ellos. Asunto solucionado. Lo malo es que tuve que ver el resto de la película a lo mudo leyendo los subtítulos. Siempre pensé que el famoso canto de las sirenas sería una canción sensual, perturbadora e irresistible al estilo de Je t'aime moi non plus, que prometía una orgía perpetua en un harem de ensueño, pero era algo completamente diferente. Las sirenas te ofrecían el conocimiento absoluto. Lo que siempre habías querido saber. En mi caso, sus seductoras voces me susurraban al oído: ¿Quieres saber cuál de las piernas perdió Ahab?, mientras recostadas indolentemente sobre las rocas, rodeadas de esqueletos y calaveras, me hacían gestos provocativos y señas incitadoras con las manos para que me acercara y, aunque hablaban en griego antiguo, yo lo entendía perfectamente, y eso que nunca llegué a abrir el libro “Aprenda griego antiguo en 30 días”.

 Escila y Caribdis

La escena de Escila y Caribdis pasa demasiado rápido. Antes de que uno se dé cuenta, las seis cabezas de Escila ya han aparecido y desaparecido con sendos tripulantes en sus fauces, como si, en vez de las seis cabezas del mitológico monstruo —o, mejor dicho, monstrua—, hubiesen sido seis descomunales espantasuegras sopladas por Eolo, el señor de los vientos, que se hubiesen desenrrollado y vuelto a enrrollar en un santiamén.

Siempre me quejo de que las películas actuales abusan de las imágenes creadas por computadora (CGI), pero, en este caso, creo que se podrían haber aprovechado para recrear mejor las escenas fantásticas. Es encomiable que Nolan renunciara exprofesamente a recurrir a los ingentes recursos técnicos con los que se cuenta en la actualidad para caracterizarlos de forma analógica a la antigua usanza, pero creo que sus monstruos no le llegan ni a la suela de los zapatos —o a las pezuñas en todo caso— de los que aparecen en algunas viejas películas del siglo pasado como el Polifemo de la película Ulisse (Ulíses) de 1954 muy fiel al original del poema homérico o el cíclope de The 7th Voyage of Sinbad (El séptimo viaje de Simbad) de 1958 que no se come crudas a sus víctimas sino que las ata a un palo y las asa dándoles vueltas como si fueran pollos a la brasa o el troglodita de Sinbad and the Eye of the Tiger (Simbad y el ojo del tigre) de 1977, y eso que los dos últimos se hicieron con la rudimentaria técnica del stop-motion o animación fotograma a fotograma.

Para no hablar de Caribdis, de quien no se ve ni los dientes y parece un simple remolino. Me parece que al menos había que sugerir de algún modo que allí abajo había un monstruo capaz de tragarse una embarcación entera.

Creo que Nolan pudo haber aprovechado más el dramatismo de la escena: nada menos que enfrentarse a la terrible disyuntiva de tener que escoger entre lo malo y lo peor. Tengo la impresión de que ha habido más dramatismo en las segundas vueltas de las cuatro últimas elecciones presidenciales del Perú que en esta escena de la película, a tal punto que el escritor peruano Mario Vargas Llosa (Premio Nobel de literatura 2010), el año 2011, antes de la segunda vuelta que se iba a disputar entre Keiko Fujimori y Ollanta Humala, declaró que tener que escoger entre Keiko y Ollanta era como tener que elegir —y muchos esperaban que dijera entre Caribdis y Escila, pero no, lo que dijo fue:— entre el cáncer y el SIDA.

Había que escoger el mal menor y, como Keiko encarnaba a Caribdis, salió elegido Ollanta-Escila. El 2016 Keiko volvió a hacer el papel de Caribdis y por supuesto que ganó su oponente Kuczynski-Escila. El 2021 Keiko hizo una vez más de Caribdis y, aunque su rival era prácticamente un analfabeto funcional, ganó Castillo-Escila. Por último, en las elecciones de este año 2026, aunque se dijo que Keiko no le ganaría ni a un panetón, inesperadamente la gente tuvo más miedo de su rival Sánchez, quien asumió el papel de Caribdis y por fin —a la cuarta va la vencida— haciendo por primera vez de Escila, ganó Keiko.

 Otros

Sobre los Lestrigones, Circe, Calipso y la escena final en la que Odiseo lucha solo contra los pretendientes y los mata a todos, será mejor que no me pronuncie porque podría ir preso.

 Una confesión personal

De niño, mi madre siempre me decía: Héctor, domador de caballos.

Pero yo, como tenía el pelo muy trinchudo y sufría mucho para peinarme —especialmente luego de ir a la peluquería, porque, especialmente cuando tenía el pelo corto, aunque me embadurnara la cabeza con un kilo de gomina, los pelos se me paraban como a un puercoespín—, pensaba que mi madre se burlaba de mí y en vez de: Héctor, domador de caballos, escuchaba: Héctor, domador de cabellos.

Solo cuando ya de adolescente leí La Iliada, me enteré de que “Domador de caballos” era el epíteto de Héctor y al principio saqué pecho orgulloso de tener el mismo nombre que el gran héroe troyano (hasta ese momento, yo había creído que me habían puesto ese nombre por Héctor Chumpitaz, lo que no me alegraba mucho, porque el también capitán de la selección peruana de fútbol era de la U y yo era hincha acérrimo de Alianza) pero, cuando llegué al Canto XXII en el que Aquiles busca a Héctor para vengarse por la muerte de Patroclo y lo tiene que corretear dando tres vueltas completas alrededor de la muralla de la ciudad antes de que este se animara a enfrentarlo —pensé que el epíteto de Aquiles: “El de los pies ligeros”, le iba mejor a Héctor—, fue tal la decepción que me causó por su cobardía, que ese mismo día decidí dejar de usar mi primer nombre.

Por lo demás, aunque tenga el mismo nombre que el héroe troyano, yo siempre me he sentido profundamente heleno (No confundir con “Elena”, que era mi apodo en el colegio por mi baja estatura: “Elena” contracción apocopada de “El enano”); con heleno quiero decir griego. Estoy convencido de que, en otra vida, yo fui griego. Por algo me gusta tanto el azul de la bandera griega (que James Joyce escogió exprofeso para las cubiertas del Ulysses), el queso feta, las aceitunas kalamata, las aceitunas negras a la griega, el rico baklavá...

¡Un momento! ¿El baklavá es un postre típico griego o turco?

¿Y el Döner Kebab?

¡Maldita sea mi estampa!

domingo, 6 de septiembre de 2026

El Necronomicon, Cthulhu y Minions & Monsters


 

El Necronomicon, Cthulhu y Minions & Monsters

 

Al terminar la escuela secundaria, decidí estudiar literatura porque por aquellos días quería ser escritor y había escogido hacerlo en San Marcos influido por la romántica imagen que la lectura de Conversación en la Catedral me había dejado de ella. Soñaba ilusamente con conocer a una chica como Aída para “matricularnos en los mismos cursos, sentarnos en la misma banca, ir juntos a la biblioteca, leer los mismos libros y ver las mismas películas”, y juraba que yo no dejaría que ningún Jacobo me ganara —nunca mejor dicho—, por puesta de mano. Lo hice haciendo caso omiso de la descripción de las precarias condiciones de la universidad que se hacían en la novela —cuando aún funcionaba en la vieja Casona del Parque Universitario— y que yo —que provenía de La Unión (un colegio privado para descendientes de japoneses) y vivía cómodamente en San Isidro —no tardaría en experimentar, agravadas, en la Ciudad Universitaria. Pero por entonces yo acababa de ingresar y aún no había descubierto —como Zavalita— que San Marcos era un burdel y no el paraíso que creía.

Por cierto, al principio de la novela, Santiago Zavala se pregunta: ¿En qué momento se había jodido el Perú? Si para él el Perú ya estaba jodido a principios de los sesenta, ¿qué hubiera dicho a principios de los ochenta o qué diría ahora que el Perú se ha convertido en un verdadero chongo?

En ese primer ciclo, me había apuntado en el curso de Literatura griega sin mucho entusiasmo —a pesar de que sabía que era un curso básico para mi formación académica—, porque en ese momento me hallaba totalmente inmerso en el Boom latinoamericano y no quería perder el tiempo leyendo aquellas antiguallas. Sin embargo, fue tal la elocuencia del profesor Hopkins en la clase magistral con la que inauguró su curso que no solo despertó mi curiosidad sino que hasta hizo que me provocara aprender griego antiguo para poder leer a Sófocles, Esquilo y Eurípides en su lengua original. Este repentino interés por las tragedias griegas surgió también —todo hay que decirlo— porque la historia de Edipo me reconfortó: si uno podía matar a su padre para casarse con su madre, entonces meterse con su prima no podía ser tan grave. Pero eso es otra historia. Decía que la clase me había entusiasmado tanto que se me ocurrió estudiar griego antiguo por mi cuenta y, apenas salí del aula, me dirigí a la biblioteca y, luego de buscar en el fichero, encontré el libro Aprenda griego antiguo en 30 días. Por el título, pensé que sería como esos libros de texto para aprender inglés que vendían los vendedores ambulantes en versión pirata en el centro de Lima (Nunca entenderé por qué les llamaban vendedores ambulantes si tenían puestos fijos), pero grande fue mi sorpresa cuando el bibliotecario me lo entregó. Era un libro de gran formato, parecía viejísimo y también tenía un aspecto muy raro, parecía forrado en pergamino, pero vaya uno a saber de la piel de qué asqueroso bicho estaría hecho. Cuando lo cogí, sentí una especie de repelús.

Esa misma noche traté de aplicar los conocimientos recién adquiridos en la clase. Le conté a mi prima la historia de Edipo, pero ella no se dejó convencer de que podía ser un atenuante. Definitivamente, yo no tenía la elocuencia del profesor Hopkins.

Al día siguiente, San Marcos entró en una de sus huelgas crónicas y yo aproveché para irme a la selva a realizar un proyecto durante largo tiempo acariciado: comprobar in situ y en carne propia lo que afirmaba el gran Sofocleto en su libro Los cojudos como una de las causas para adquirir la condición de tal: La experiencia alucinante de acostarse con una loretana. Quería comprobar por mí mismo si era cierto que las charapas eran tan ardientes como se decía. Como todo lo que me aconteció allí ya lo he contado en un relato llamado El Chamán, no me explayaré más aquí. Cuando regresé —después de varios meses—, y retorné a las clases, la fiebre por estudiar griego antiguo ya se me había pasado y hasta me olvidé de devolver el libro que ni siquiera había hojeado una sola vez y que quedó relegado en un rincón de mi estantería.

Los años pasaron y ya me había olvidado del bendito —aunque en este caso tal vez sea más apropiado decir maldito— libro, cuando a fines de 1990 —llevaba ya más de un año en Japón—, mi padre me envió una caja de libros que yo le había pedido y, de yapa, para completar el peso, había metido el libraco de marras. La vista de ese libro me desagradaba pues parecía señalarme con un dedo acusador y lanzarme una doble admonición: por un lado, que no me había esforzado en estudiar griego antiguo y, por otro, las iniciales que tenía selladas en su corte delantero UNMSM me recordaban que era propiedad de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y que no lo había devuelto. Así que puse el libro en el resquicio que quedaba entre el techo de la estantería y el cieloraso de mi escritorio, y me olvidé del asunto. Allí estuvo juntando polvo durante todos estos años y así hubiera seguido de no ser porque el día que fuimos a ver Michael, la película sobre Michael Jackson, cuando estábamos viendo el tráiler de Minions & Monsters, le comenté a mi chica que yo tenía un libro para aprender griego antiguo que se parecía al libro para invocar a los monstruos que salía en el trailer de la película. Ella pensó que estaba bromeando, pero, cuando regresamos a casa y se lo mostré, a ella le bastó una mirada para identificarlo y, con la paciencia y el tacto pedagógico que la caracterizan, me sacó de mi error:

—¡Qué curso de griego ni qué ocho cuartos! ¡Es el Necronomicon!

Y como yo siguiera sin entender a qué se refería, me explicó que era un grimorio, es decir, un libro de fórmulas mágicas, instrucciones para encantamientos y hechizos, para realizar aquelarres y rituales de magia negra, brujería y ocultismo y para invocar y conjurar entidades sobrenaturales.

Necronomicon estaba formado por los vocablos griegos nekros, muerto; nomos, ley e icon, imagen y, por lo tanto, su traducción literal es Imagen de la ley de los muertos. Fue escrito por el poeta árabe Abdul Al-Hazred y su título original es Al-Azif, que traducido del árabe sería: “El rumor nocturno de los insectos” (rumor que en el folclore árabe se atribuye a los demonios).

Ella me contó, además, que en la Historia del Necronomicon— un texto muy breve escrito por el mismo Lovecraft, el padre del Horror cósmico—, se decía que las cinco copias latinas que se conservaban estaban en el British Museum de Londres; en la Bibliothèque nationale de France, en París; en la Widener Library de la Universidad de Harvard, en Cambridge, Massachusetts; en la Orne Library de la Universidad de Miskatonic, en Arkham, Massachusetts; y en la Biblioteca de la Universidad de Buenos Aires. Se mencionaba que podían existir más copias secretas y que había el rumor de que una copia del siglo XV había ido a parar a la colección de un millonario norteamericano. Sin embargo, en el relato El que acecha en el umbral (Una de las "colaboraciones póstumas" de H. P. Lovecraft y August Derleth, publicado por primera vez en 1945) se afirmaba que, además de las instituciones antes mencionadas, la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Lima, Perú) poseía una copia en griego.

Cuando me dijo que estaba forrado en piel humana, estuve a punto de soltarlo. Me acordé de que en la primera versión de Misery que se le ocurrió a Stephen King —que se iba a titular The Annie Wilkes Edition (La edición Annie Wilkes)—, el libro que Annie obligaba a escribir a Paul Sheldon sería encuadernado con la piel del escritor.

Cuando le conté cómo había llegado a mis manos, ella dijo:

—Entonces no hay duda de que es auténtico.

Se quedó pensativa por un momento y luego agregó:

—Si se lo ofreciéramos a Stephen King o lo sacáramos a subasta en Sotheby’s o Christie’s, estoy segura de que habría mucha gente dispuesta a pagar una fortuna para hacerse con él.

De pronto, nuestros ojos se volvieron relucientes símbolos de dólar dorados.

—¡Podría comprarme una primera edición de Moby-Dick! —exclamé.

—¡Y yo —dijo mi chica muy entusiasmada—, una del Ulysses!

—¡Podríamos ir a New Bedford y a Nantucket!

—¡Y a Dublín para celebrar el Bloomsday!

Estábamos exultantes de alegría. De pronto, el rostro de mi chica se ensombreció y pareció regresar a la realidad.

—No podemos hacer nada de eso—dijo con estoicismo—, no podemos arriesgarnos a que este libro caiga en malas manos. Lo mejor sería destruirlo.

Pero ambos sabíamos que para nosotros sería algo imposible. Ni siquiera éramos capaces de botar un libro porque lo considerábamos un crimen de lesa cultura, un pecado mortal.

Salvo en una memorable ocasión en la que mi chica se leyó en la misma semana Farenheit 451, La magia del orden de Marie Kondo y el Capítulo VI del Quijote (en el que el cura y el barbero hacen un bibliocausto con la biblioteca de don Quijote), y se le cruzaron los chicotes y fue arrojando por la ventana de mi escritorio algunos de mis libros más queridos, entre los que destacaba un ejemplar muy manoseado y ajado por el uso, al que le tenía mucho cariño y que, por el gran valor sentimental que tenía para mí, lo había conservado desde la época del colegio como un recuerdo de mi adolescencia: “39 fantasías sexuales”. Lo hizo en el preciso momento en el que las señoras de la Asociación de vecinos, que regresaban de hacer el Radio taisō —la gimnasia rítmica matutina— en el parquecito del barrio, estaban pasando bajo la ventana y como entre los libros que les llovieron sobre sus cabezas había algunos algo subidos de tono, como un Kāma-sūtra y un Ananga ranga ilustrados a todo color y sin censura y una enciclopedia en gran formato de grabados ukiyoe shunga, se escandalizaron, y a partir de entonces empezaron a mirarme con recelo y a rehuir mi presencia, me retiraron el saludo y pasaron de llamarme el gaijin (el extranjero) —que ya era algo peyorativo y xenófobo— a referirse a mí como el sukebe (el lujurioso).

Por un momento, como Borges en El libro de arena, también nosotros pensamos en el fuego, pero, si él temía que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta, nosotros tampoco sabíamos qué consecuencias podría acarrear el quemar un libro tan maléfico como aquel.

Mi chica que me conoce como si me hubiese parido y que parece tener el poder de leerme el pensamiento incluso antes de que algo me pase por la cabeza, me advirtió perentoriamente que me abstuviera de utilizarlo.

Así que volví a colocarlo en su escondite, pero, el día del estreno de Minions & Monsters, la tentación superó mis fuerzas y lo metí en mi mochila y lo llevé al cine. No sabía cómo iba a hacer para sacarlo sin que mi chica se diera cuenta, pero, cuando llegamos al cine, sucedió algo con lo que no había contado y que favoreció mis planes: nos habíamos olvidado de que los chicos estaban de vacaciones. El cine estaba repleto. Apenas si quedaban butacas libres. Nos tocó sentarnos separados por una niña igualita a Agnes, la menor de las hijas adoptivas de Gru, y su madre. La algarabía era general. Olía a churros y la mitad del popcorn que comían los niños iba a parar al piso.

Mi intención inicial solo era comparar mi ejemplar con el de la película, pero, cuando llegó la escena en la que invocan a Goomi, sin que pudiera evitarlo, como si alguien me lo ordenara y yo no pudiera dejar de obedecer, las palabras fueron saliendo de mi boca sin que yo pudiera impedirlo. Como ya me las había aprendido de memoria viendo en Youtube una y otra vez el trailer de la película, no tuve dificultad en pronunciarlas al unísono con James:

—¡Miso soup! ¡Yaki onigiri! ¡DAIFUKUUU!

Mientras las pronunciaba —yo, que pensaba que estaban en r'lyehiano o, en el peor de los casos, en aklo, aunque ambas lenguas eran ininteligibles e impronunciables para los seres humanos, recién en ese momento caí en la cuenta de que el conjuro estaba formado por nombres de comidas japonesas (Por cierto, el daifuku final es el dulce tradicional japonés favorito de mi chica)—, una humareda de la que irradiaba un resplandor verdoso fue levantándose del piso del escenario frente a la pantalla y, al mismo tiempo que giraba como un torbellino, empezó a sonar una extraña melodía que, aunque me sonaba familiar, parecía venir de muy lejos en el tiempo. ¡Claro! Era The Call of Ktulu de Metallica. Creo que no la escuchaba desde fines de los ochenta, pero la reconocí inmediatamente, a pesar de que esta versión parecía tocada con instrumentos rudimentarios hechos de huesos, troncos, calabazas, pieles y tripas, que producían un sonido arcaico, cuya resonancia parecía provenir del inicio de los tiempos y que no parecía de este mundo.

Cuando la humareda se disipó, para sorpresa de todos, pues supongo que la mayoría había visto los trailers de la película, no emergió Goomi (Acrónimo formado por las iniciales de su nombre completo: Gary Orkam Oliver Magma Ichabod), el gracioso pulpito verde, sino un ser monstruoso de forma vagamente humanoide con el cuerpo escamado y garras en las cuatro extremidades, dos grandes alas plegadas en la espalda y que lo único que tenía en común con Goomi era la cabeza de pulpo de la que brotaban infinidad de tentáculos de diferentes tamaños y el color verde. Su cara me recordó a la de Davy Jones, el capitán del barco El Holandés errante que sale en la película Los piratas del Caribe.

Así que este era Cthulhu. Traté de consolarme pensando que al menos no se trataba de Azathoth, de quien se dice que el día que despierte, todo el universo y la realidad desaparecerán de inmediato, ya que toda la existencia es solo un sueño que él está soñando. En ese caso no hubiera habido tutía y no habría quedado otra cosa que decir: ¡Buenas noches los pastores! y no hubiéramos tenido tiempo ni para agregar: ¡El último apaga la luz! Felizmente solo era Cthulhu. Aunque Cthulhu tampoco era moco de pavo. Fue creciendo ante nuestros ojos hasta alcanzar un tamaño colosal y cuando su cabeza rozó el techo de la sala, lanzó un rujido aterrador. Sin embargo, para mi sorpresa, no cundió el pánico. Al contrario, primero se escuchó un prolongado ¡Ooohh! de asombro y respetuosa admiración y luego los niños, que eran la mayoría del público, aclamaron con gritos, vítores y aplausos la aparición de Cthulhu.

Era la primera vez que se estrenaba una película en IMAX 4DX 3D, es decir, que se habían combinado en una sola sala las ventajas de la gigante pantalla curva y el potente sonido envolvente de las salas IMAX, el movimiento de asientos y los efectos ambientales y sensoriales del sistema 4DX y la simulación de la visión tridimensional de las películas 3D, lo cual elevaba el nivel de realismo hasta un punto nunca antes visto: ¡Más que estar viendo una película —decía la promoción— a usted le parecerá que la está viviendo! (Aunque lo mismo habían dicho los hermanos Lumière ya en 1895 al anunciar la primera proyección comercial de su Cinematógrafo. Y la verdad es que no habían exagerado: el invento causó asombro y estupefacción no solo entre la masa inculta del pueblo llano sino entre los más cultos y distinguidos miembros de la alta sociedad parisina —la crème de la crème— que acudieron al Salon Indien du Grand Café de París el día del estreno. Durante la proyección de uno de los cortometrajes —L'Arrivée d'un train en gare de La Ciotat (La llegada de un tren a la estación de La Ciotat)—, al ver que se aproximaba el tren y que parecía que estaba a punto de atropellarlos, muchas de las emperifolladas damas lanzaron un grito y se desmayaron del susto y algunos de los circunspectos caballeros que las acompañaban dejando de lado toda galantería se retiraron a toda prisa a la parte trasera de la sala para salvar sus vidas olvidándose por completo de sus consortes. La imagen era tan real que uno de los pasajeros que había bajado del tren —ante el estupor general— se salió de la pantalla y, al enterarse de que se hallaba en la sala donde se estrenaba el cinematógrafo, se alegró mucho porque nunca había estado en París y aprovechó para quedarse a ver gratis el resto de la función. Interrogado por los demás espectadores sobre su extraña aparición, no pudo contestar, no porque no quisiera sino porque no podía, porque —como todos sabemos— por aquellos días el cine todavía era mudo.

En la actualidad, por el contrario, la gente se había acostumbrado tanto a la rapidez con la que avanzaba la tecnología que la había normalizado y ya nada la asombraba.

Por eso, ante la súbita aparición de Cthulhu, nadie se asustó. Al contrario, aplaudían con gran júbilo el realismo de la escena. Parecía que los espectadores lo atribuían todo a los efectos especiales de la película. Una de las más entusiastas era mi vecinita, la niñita que se parecía a Agnes, la menor de las hijas adoptivas de Gru, que, lejos de asustarse, aplaudía y saltaba sobre el asiento con una alegría irreprimible, como si fuera uno más de los Minions, celebrando la aparición de Cthulhu.

De la locura instantánea que —se dice— provoca la sola visión de Cthulhu, parece que nos habían salvado los anteojos oscuros 3D y, felizmente, yo había tenido la precaución de aprenderme de memoria las palabras que había que mencionar ante el gran Cthulhu cuando despertara de su letargo para no ser destruido por él: "Cthulhu R'lyeh Ph'nglui mglw'nafh wgah'nagl fhtagn". Sin embargo, ante todo, había que resolver un problema: ¿cómo se pronunciaba Cthulhu? ¿Cutulu? ¿Catulu? ¿Cazulu? Los fans de Lovecraft no conseguían ponerse de acuerdo y hasta el mismo Lovecraft tampoco lo sabía. Haciendo de tripas corazón, le grité: "Cthulhu R'lyeh Ph'nglui mglw'nafh wgah'nagl fhtagn". Pero parece que Cthulhu era un poco duro de oído o que yo —por más que me había esmerado en vocalizar con mucho cuidado cada una de las letras de una frase en cuyas palabras las vocales no eran algo que abundara precisamente—, no había conseguido pronunciarlas correctamente, porque Cthulhu frunció el ceño, me miró con extrañeza, hizo un gesto de fastidio, lanzó un rugido que parecía decir: No entiendo nada de lo que dices —que, cosa curiosa, es lo mismo que me dicen los japoneses cuando les hablo en japonés—, y, haciendo caso omiso de mis palabras, continuó creciendo hasta derribar con la cabeza parte del techo de la sala.

En ese momento, de la cercana base militar de Zama Camp, que comparten las Fuerzas del Ejército de EE. UU. en Japón (USARJ) y las Fuerzas Terrestres de Autodefensa de Japón (JGSDF), acudieron tropas de asalto compuestas por soldados americanos y japoneses que, al lado de Cthulhu, parecían soldaditos de juguete y, provenientes de la Base Aérea de Atsugi (Naval Air Facility Atsugi), aparecieron un helicóptero de asalto UH-60L Black Hawk, un V-22 Osprey (águila pescadora en inglés), esa especie de avión-helicóptero llamado así por su capacidad de despegue y aterrizaje verticales, y una media docena de drones. Sin embargo, para Cthulhu, las balas, cohetes y proyectiles que le disparaban eran como picaduras de zancudos. Las esquirlas y fragmentos de metal salían volando en todas direcciones, amenazando con acribillarnos. Algo cayó a mis pies. Me agaché y lo recogí. Era una plaquita de metal dorado que decía: Зроблено в Україні. Por un momento, creí que estaba escrito en el idioma incomprensible de Cthulhu, pero luego se me ocurrió traducirlo con mi smartphone y lo que decía era: Hecho en Ucrania. De modo que se trataba de los famosos drones ucranianos, lo último de la tecnología en drones.

Mientras tanto, en medio de la vorágine, mi chica había conseguido rescatar el Necronomicon y ahora estaba buscando desesperadamente el conjuro para neutralizar a Cthulhu. El problema era que la aparición del monstruo había provocado una onda expansiva que había hecho añicos sus anteojos a pesar de que eran tan gruesos como fondos de botella y que parecían a prueba de balas, y ella era tan miope que, sin ellos, no veía más allá de sus narices (y teniendo en cuenta que mi chica no es Barbra Streisand, la cosa se agravaba. Justamente yo había aprovechado para declarame un día que se quedó si anteojos).

Los soldados se sentían impotentes: Cthulhu parecía indestructible.

Cuando ya habían solicitado el permiso y solo esperaban la autorización del presidente Donald Trump para lanzar un Tomahawk desde uno de los destructores estacionados en la Base Naval de Yokosuka (porque Zama Camp estaba demasiado cerca y si el misil partía de allí, existía el riesgo de que pasara de largo), mi chica dio por fin con la frase y, al pronunciarla, las letras se iluminaron en el libro, se produjo un remolino alrededor de Cthulhu y este fue absorbido dentro del libro como el genio de la lámpara de Aladino.

El público, emocionado por el final de la función, empezó a aplaudir y a dar vivas plenamente satisfechos con el espectáculo. ¡Nunca habían visto nada igual! ¡Y ni siquiera tuvieron que soportar los créditos!

Entonces, los soldados del ejército de autodefensa de Japón y los soldados americanos de Zama Camp aprovecharon para evacuar a la gente e inmediatamente la zona fue acordonada, se levantó una alta tapia con vallas de metal y lo acontecido fue declarado secreto militar.

La versión oficial que se difundió a través de los noticieros y las agencias de noticias fue que un tifón localizado —un fenómeno muy raro que se achacó al cambio climático ocasionado por el calentamiento global y al fenómeno de El Niño— había arrasado con el shopping mall.

En las redes sociales, algunas personas que habían ido al cine comentaron que los espectaculares efectos especiales de la película habían sido demasiado realistas y otras, que se les había pasado la mano con el trailer de Godzilla Minus Zero que estaban pasando en la sala vecina, pero todas estas versiones fueron desmentidas por las autoridades y calificadas de fake news. A los pocos que se quejaron, se les repartieron como indemnización pases gratuitos para el cine por un año, aunque no se sabía con certeza cuándo sería reconstruido el shopping mall.

Solo mi chica y yo sabemos lo que realmente pasó.

Gracias a Dios, a pesar de que no solo el cine sino todo el mall quedó completamente destruido, milagrosamente no hubo víctimas mortales que lamentar y nadie resultó herido. Nadie, excepto yo.

¿Cómo es que, de los centenares de personas que había en los cines y el shopping mall, yo fui el único que sufrió un politraumatismo generalizado del sistema óseo y ahora estoy vendado de los pies a la cabeza como una momia egipcia escribiendo esta crónica de lo sucedido en mi cama del Hospital Municipal de Zama?

Antes que nada, debo aclacar que no fue por la acción directa de Cthulu sino que tal vez habría que incluirlo dentro de los daños colaterales o del llamado fuego amigo.

Creo que ya he mencionado antes que mi chica es cinturón negro en karate y, como muchos de ustedes sabrán, la palabra karate está formada por los kanjis “kara” (vacío) y “te” (mano) por lo se podría traducir como el Arte de la lucha con las manos vacías. Dicho sea de paso, aprovecho la oportunidad para aclarar que el karate fue desarrollado por mis antepasados en el reino de Ryūkyū (en la actual prefectura de Okinawa) debido a la prohibición de portar armas que les impuso el Clan Satsuma cuando los invadió y no porque fueran tan misios que no tuvieran ni para comprarse una mala katana Made in China como dicen las malas lenguas.

Por otro lado, el día que decidimos conservar el Necronomicon y luego de que mi chica me advirtiera perentoriamente que no usara el libro, tuvimos una controversia etimológica. Yo siempre había creído que “paliza” significaba “golpiza dada con un palo” y ella se mostró en desacuerdo. Cuando ya iba ir a mi escritorio en busca de la última edición del diccionario de la RAE para zanjar la discusión, mi chica me dijo que no era necesario y me prometió que, cuando se presentara la ocasión, me demostraría con hechos y no palabras que yo estaba equivocado, que una paliza también puede propinarse con las manos vacías.

Pues bien, mi chica cumplió su promesa, porque ella es una persona de palabra, que siempre cumple lo que promete.

Si fuera la primera vez, podría consolarme pensando que lo que ha sucedido una vez tal vez nunca más vuelva a suceder, pero acabo de acordarme de que lamentablemente esta es la segunda vez que sucede y, como reza un dicho japonés: “Lo que ha sucedido dos veces, inevitablemente sucederá una tercera vez”.

Por cierto, debo decir que termino de escribir esta crónica de lo sucedido con el cuello muy adolorido porque la he escrito tecleando las letras en mi smartphone (que una enfermera tuvo la amabilidad de fijar con esparadrapo a la mesilla de la cama) con un lapicero touch que sostenía mordiéndolo con los dientes (pese a lo cual, he conseguido igualar mi velocidad de tipeo habitual en el teclado de mi computadora, lo que tampoco es una gran proeza pues yo escribo con un solo dedo). Recién ahora me percato de que podría haber usado otra parte del cuerpo para teclear, pero, pensándolo bien, además de que hubiera sido muy vergonzoso si alguien me sorprendía haciéndolo, hubiera terminado con la cintura hecha polvo.