sábado, 20 de junio de 2026

Michael, la película

 

Michael, la película

 

El viernes pasado, mi chica- a quien normalmente se le suelen pegar las sábanas en sus días de descanso-inesperadamente madrugó. El motivo: ese día se estrenaba en Japón, con casi dos meses de retraso con respecto al estreno mundial y para su desesperación, Michael, la película biográfica sobre el "Rey del Pop" Michael Jackson y ella,como todo Moonwalker que se respete y siendo además miembro numerario del fandom de Michael Jackson desde 1982, no podía faltar.

Yo, hasta el último momento, había estado indeciso de acompañarla y no porque no me gustara la música de Michael Jackson. Al contrario. Por algo me habían coronado campeón en el concurso del muy popular programa sabatino de la televisión peruana Trampolín a la fama conducido por el controvertido Augusto Ferrando, cuyo primer premio-una cocina Surge a kerosene-gané por mi perfecta imitación de Michael Jackson haciendo el paso Moonwalk, para alegría sobre todo de mi madre, porque nuestra cocina era eléctrica y ella ya estaba harta de los apagones casi diarios ocasionados por culpa de las voladuras de torres de alta tensión perpetrados por Sendero Luminoso. Se acuerdan, ¿no?

"Un terrorista, dos terroristas,

se balanceaban,

sobre una torre derrumbaadaaa...

Como veían que resistía,

fueron a llamar a un camaraadaaa..."

(Las torres - NSQ y los NSC)

Sino porque padezco de parascevedecatriafobia que-como todo el mundo sabe-es la fobia a los Viernes 13. Y acá, en Japón, las películas se estrenan los viernes. Tras mucha insistencia por parte de mi chica, que, en su afán por convencerme, había ido tras mis pasos y profanado sin proponérselo el Sanctasanctórum de mi escritorio, le confesé el motivo de mi negativa señalando el calendario.

—Pero si ese calendario es del 2013—me espetó—. Hoy es viernes 12.

Miré y recién entonces caí en la cuenta de mi error.

Así como en Hiroshima se conserva un reloj que se detuvo a las 8:15 a.m. del 6 de agosto de 1945-la hora exacta en que la bomba atómica conocida como "Little Boy", que dejó caer el B-29 “Enola Gay” sobre la ciudad, hizo explosión-, de la misma manera, yo conservaba aquel viejo calendario del año 2013 con el fatídico viernes 13 en que perdí la mano izquierda marcado con un círculo rojo. También lo conservaba-todo hay que decirlo-porque en él aparecía Scarlett Johansson vestida solo con pendientes.

Gracias a Dios, mi chica estaba tan pendiente de mi respuesta que no se percató de la foto, porque en caso contrario me hubiera demostrado una vez más que su cinturón negro de karate no se lo habían dado por las puras alverjas.

Entonces accedí contento. También porque en otra oportunidad yo la había arrastrado a ver Bohemian Rhapsody, película del mismo productor, y ella me había acompañado a pesar de que no le gustaba mucho Queen.

Siempre íbamos al cine los viernes y a la función matinal, así que podíamos llegar con cinco minutos de anticipación y nunca teníamos problemas para encontrar buena ubicación, porque siendo día laborable y por la mañana, apenas si había clientes y, por el tipo de películas que íbamos a ver, siempre nos encontrábamos con las mismas personas hasta el punto de que ya las conocíamos de vista.Y esta vez no fue diferente. Ahí estaban: los mismos ocho gatos ochenteros jubilados y canosos.

Estaba haciendo dieta, pero no hay nada qué hacer: nunca seré capaz de ver una película sin mi canchita. Así que, poco antes de que se apagaran las luces y empezaran los trailers, no pude aguantar la tentación y bajé corriendo a comprar popcorn. Mientras llenaban mi barril, noté que entre la merchandise del shop había unas máscaras muy realistas y se me ocurrió hacerle una broma a mi chica. Escogí una de hombre lobo. Cuando regresé, la sala ya estaba a oscuras y, para mi sorpresa, a última hora se había llenado. En la penumbra me pareció notar que los recién llegados lucían más decrépitos de lo habitual y que, a diferencia de nuestros viejos conocidos siempre muy pulcros y bien vestidos, estos se mostraban andrajosos y zarrapastrosos y hasta me pareció sentir que despedían un tufo de ultratumba.

Por fin, acabaron los trailers y empezó la película. Por momentos, la gente se animaba, cantaba, aplaudía y, algunos, hasta se animaban a bailar. Mi chica se contenía, pero parecía un corcho de champán a punto de saltar por los aires en cualquier momento.

Yo estaba esperando el momento en que empezara Thriller. Me pondría la máscara, me volvería hacia mi chica y aullaría: "Auuuuu" y ella pegaría un salto.

Llegado el momento, me puse la máscara, me volví hacia ella e iba a lanzar mi aullido cuando, horrorizado, vi que mi chica se había convertido en un zombi. Y no solo ella. Los que unos momentos antes me habían parecido viejos desarrapados también eran zombis. Toda la sala estaba llena de zombis. Todos se pusieron de pie-mi chica también-y empezaron a bailar Thriller sincronizadamente. Parece que entonces me desmayé y, cuando volví a abrir los ojos, las luces estaban encendidas, la sala vacía y mi chica me estaba sacudiendo.

—¡Por fin te despiertas!-suspiró aliviada-. ¡Te habías quedado seco!

—¿Y los zombis?-exclamé mientras los buscaba con la mirada entre las butacas vacías.

—¿Los zombis? ¡Habrás tenido una pesadilla!

—No-dije-. Estoy seguro de que los vi. Hasta tú te habías convertido en un...

—¿En un qué? ¿En un zombi?

—Sí-dije-. Y cuando te vi me desmayé.

Entonces, mi chica, que normalmente se ríe sin hacer mucho ruido, lanzó unas sonoras carcajadas que retumbaron en la sala vacía y que me recordaron las de ese personaje de dibujos animados llamado Fantasmagórico:

—¡AAJAJAJA AAJAJAJA AAJAJAJA...!

Pueden pensar lo que quieran, pero esa noche, por si las moscas, dejé al alcance de la mano el crucifijo de plata que el padre José María me regaló (después de haber sido injustamente acusado de robo como Jean Valjean), gesto gracias al cual senté cabeza y me volví monaguillo de la Iglesia San José de Jesús María.

domingo, 3 de mayo de 2020

¡El demonio afuera! ¡La suerte adentro!



¡El demonio afuera! ¡La suerte adentro!

A pesar de que ya tenemos más de 30 años en Japón, una de las pocas tradiciones japonesas que mi chica y yo cumplimos religiosamente todos los años es ir a la playa Southern Beach de Chigasaki a ver el hatsu hinode, la primera salida de sol del año, para que el año nuevo nos sea propicio. Pero, como este año no pudimos ver el sol porque el 1.o de enero amaneció nublado y mi chica se había quedado preocupada por si eso no sería una señal de mal agüero, se empecinó en que este año debíamos celebrar sin falta el setsubun, festividad con la que los japoneses despiden el invierno y dan la bienvenida a la primavera y durante la cual se realiza la ceremonia del mame maki que sirve para espantar a los demonios y atraer la buena suerte y en la que también se comen los ehoumaki, rollos de sushi rellenos con 7 ingredientes que representan a los 7 dioses de la fortuna. (Ahora que me acuerdo, a los rollos de sushi, mis amigos de infancia en Jesús María los llamaban “rollos de arroz envuelto en gutapercha”).
Así que a mediados de enero, siguiendo las indicaciones de mi chica, compré los granos tostados de soja para el mame maki en un 100 yen shop e hice el pedido de los ehoumaki en una tienda de sushi del barrio.
Llegado el día-que este año tocó 3 de febrero-, mientras mi chica iba a recoger los makis, yo me encargué del trabajo sucio o, mejor dicho, apestoso: tuve que colocar en la entrada de la casa el hiiragi iwashi, una especie de talismán que-al igual que las calaveras empaladas que algunas tribus de África ponían a la entrada de sus aldeas a modo de advertencia disuasoria a los forasteros-los japoneses colocan en la entrada de sus casas para impedir la entrada a los demonios durante el setsubun. Basada en la antigua creencia de que a los demonios no les gusta el olor de las sardinas asadas, esta costumbre consiste en colocar un arreglo hecho con cabezas de sardina ensartadas en una rama de acebo (Algo parecido a la costumbre que tenían en Transilvania de colgar olorosas ristras de ajos del dintel de puertas y ventanas para impedir la entrada a los vampiros). Se dice también que los demonios tienen miedo de que les pinchen los ojos y que por eso les aterran las espinosas hojas de acebo.
Ignoraba qué tan efectivo sería el olor de las sardinas para espantar a los demonios, pero, cuando mis vecinos se ponen a asar sardinas en los hornitos de sus cocinas, a mí sí que me dan ganas de largarme a otra parte porque huele a mil demonios. Ya no digamos mi chica cuyo olfato es tan sensible que es capaz de sentir el olor de las sardinas en lata ¡antes de abrir la lata! y que detesta tanto el pescado que dejó de comer gelatina cuando se enteró de que el colapez estaba hecho de las vejigas natatorias de ciertos peces, ¡qué asco!
Cuando mi chica regresó con los makis, me alarmaron su grosor y tamaño y se me hizo un nudo en la garganta, porque mi chica me había explicado que había que comerlos enteros, sin hablar y sin parar y pensé que comerse semejantes makis de un solo tiro sin atragantarse sería una misión imposible hasta para Linda Lovelace. Había que hacerlo, además, mirando hacia cierta dirección-la dirección de la suerte-que cambiaba cada año y que este año, según había averiguado ella, era el suroeste. Estaba pensando cómo diablos íbamos a hacer para saber dónde exactamente quedaba el suroeste y ya me disponía a buscar mi vieja brújula de mi época de boy scout, cuando ella, que, como siempre, parecía tenerlo todo previsto, se me adelantó y, utilizando la aplicación de brújula de su iPhone, me señaló hacia la esquina donde estaba el televisor.
A eso de las 8 de la noche, nos dispusimos a llevar a cabo el mame maki.
El paquete de granos de soja tostados que había comprado venía con una máscara de oni (demonio). Se supone que el cabeza de familia debía ponerse la máscara para interpretar el papel del demonio y el resto de la familia debía lanzarle los granos de soja para espantarlo mientras decían alternadamente: ¡Oni wa soto! (¡El demonio afuera!), ¡Fuku wa uchi!” (¡La suerte adentro!). Y luego había que comer tantos granos de soja como años de edad se tenía más uno, para que el presente año también fuera de buena suerte. Pero, como en nuestro hogar no estaba bien claro quién era el cabeza de familia (sobre todo ahora que yo ya no trabajaba) y como además no teníamos hijos, renunciamos a ponernos la máscara.
Sin embargo, apenas mi chica dijo: “¡Oni wa soto! (¡El demonio afuera!), a mí me empezaron a dar unas fuertes convulsiones que presagiaban una metamorfosis espectacular mientras mi cuerpo adquiría la musculosa corpulencia del Increíble Hulk pero no verde sino rojo y mi pecho se cubría de una hirsuta pelambrera negra, el pelo se me volvía amarillo y ensortijado y de la cabeza me brotaban 2 cuernos y de la mandíbula inferior 2 largos colmillos que apuntaban hacia arriba y que se me salían de la boca como los de los jabalíes, y mis uñas me crecían hasta convertirse en enormes y filudas garras. Además, aparecí de pronto vestido con apenas un breve taparrabos de piel de tigre y portando una colosal maza de madera con puntiagudas incrustaciones de metal. Parecía el Cíclope de la película "Simbad y la princesa" (The 7th Voyage of Sinbad, 1958) solo que con 2 ojos y 2 cuernos.
En un primer momento, mi chica solo creyó que me había puesto la máscara,
pero, cuando se dio cuenta de que yo ya no era yo, empezó a ametrallarme con los granos tostados de soja, de modo que no me quedó otra que huir saltando por la ventana que da al jardín antes de que perdiera la paciencia y pusiera en práctica sus conocimientos de karate (es cinturón negro).
Como mi chica cerró inmediatamente las contraventanas-que en nuestra casa son cortinas metálicas como las de las tiendas-para que no pudiera volver a entrar, me dirigí a la entrada de la casa para entrar por la puerta, pero una vez allí algo me detuvo: ¡eran las malditas cabezas de sardina que yo mismo había puesto en la tarde! Ahora sabía lo que debía sentir Drácula frente a los ajos y el crucifijo.
Lo único que se me ocurrió en ese momento fue pedir auxilio al padre Humberto de la iglesia católica de Yamato. Cuando llegué, la iglesia estaba cerrada. Así que fui a la casa contigua a la iglesia, donde vivía el padre. Cuando abrió la puerta y me vio, al padre casi le da un patatús. Su rozagante rostro rosado-que se parecía al de Fernando Fernán Gómez-fue poniéndose cada vez más blanco mientras retrocedía esgrimiendo ante él con mano temblorosa un gran crucifijo de madera, aunque tuvo la suficiente presencia de ánimo para exclamar:
-¡Vade retro, Satanás!
No era para menos. Imagínense: abrir la puerta y ver al diablo calato, o casi calato, vestido con apenas un taparrabos atigrado.
-¡Padre, no se asuste! ¡Soy yo! ¡Javier, el exmonaguillo de la iglesia San José
 de Jesús María, Lima, Perú!
El padre se quedó mirándome con desconfianza durante un rato mientras hacía memoria.
-¡Ah, sos vos, el que se afanó la bolsa de las limosnas!-dijo sonriendo aliviado-. Así que al final te llegó el castigo divino.
-Padre, por favor, que eso es secreto de confesión-lo conminé a guardar discreción asombrado por su prodigiosa memoria, porque era algo que yo le había contado hacía más de 20 años, la única vez que fui a la iglesia-. Además, acuérdese de que le dije que había sido un malentendido, que yo era inocente.
-Todos decís lo mismo. Pero no te preocupés que lo importante es el arrepentimiento.
Iba a protestar, pero el padre me interrumpió:
-Bueno, hijo, ¿en qué puedo servirte?
-Cómo que en qué puede servirme, padre. ¿No ve esta cara de diablo? ¡Ayúdeme por favor! ¡Hágame un exorcismo o por lo menos páseme el huevo o el cuy! ¡Haga algo, padre!
-¡Pará, hijo, pará, no te confundás, que yo no soy ningún chamán de tu tierra.
Le conté todo lo que había pasado y el padre Humberto me explicó que al estar yo poseído por un demonio japonés el asunto escapaba a su jurisdicción y que le correspondía a un sacerdote japonés solucionar el problema.
-¿No te diste cuenta de que no te espantó el crucifijo?
Sin embargo, ante mi insistencia, accedió a probar con Agua bendita.
Fuimos a la iglesia pero, como la pila de agua bendita estaba vacía, el padre me condujo a un local anexo donde había un lavadero y se dispuso a prepararla. Llenó un balde de agua y me ordenó meter la cabeza en él, pero yo protesté:
-Pero, padre, si esta es solo agua de caño y encima sin hervir...
-¡Tenés razón, hijo! Me había olvidado de bendecirla-dijo el padre haciendo la señal de la cruz sobre el balde mientras le agregaba un poco de sal.
Pero, tal como había supuesto el padre, no tuvo ningún efecto.
Entonces el padre tuvo una idea desesperadamente audaz. Luego de vaciar todo el contenido de una botella de lejía en el balde, me ordenó nuevamente meter la cabeza. Demás está decir que no consiguió quitarme la cara de diablo. Ni siquiera logró desteñirme un poco la cara, roja como un tomate.
Para que no anduviera por las calles casi calato y no asustara a la gente con mi aspecto, el padre Humberto me prestó un viejo hábito con capucha y me despidió en la puerta de su casa con un beatífico “Que la paz sea contigo...”.
Vestido así-parecía uno de los monjes benedictinos de la versión cinematográfica de El Nombre de la Rosa-y tratando de pasar desapercibido entre la gente-las pocas personas con las que me crucé seguro pensaron que estaba disfrazado-recorrí a pie los casi 8 kilómetros que me separaban del templo más cercano, a donde llegué cerca de la medianoche cuando el setsubun ya había terminado. Avanzaba por el recinto a oscuras hacia el edificio principal cuando tropecé con una cuerda o alambre del cual pendían unos cascabeles o campanillas que empezaron a repiquetear y, de pronto, quedé deslumbrado por la luz de un potente reflector mientras una voz gritaba:
-¡Al ladrón! ¡Al ladrón!
Inmediatamente me vi rodeado por varios jóvenes monjes rapados que parecían salidos de la serie Kung fu, pero que, al verme, huyeron despavoridos. Y cuando, armado con una vara de bambú y dando grandes voces, apareció el viejo sacerdote-que se parecía a Pat Morita-y me vio, enmudeció y se puso tan pálido como el padre Humberto solo que como era japonés no se notaba tanto.
Tan confiados están los monjes japoneses de que los demonios nunca osarán asomar sus narices por un templo que, a diferencia de la gente de a pie, cuando llevan a cabo el ritual del mame maki no dicen “¡Oni wa soto!” (¡El demonio afuera!) sino que se limitan a decir: “¡Fuku wa uchi!” (¡La suerte adentro!). De allí el desconcierto del sacerdote que no atinaba a reaccionar ante mi inexplicable presencia. Para que me reconociera tuve que recordarle que hacía 5 años él me había hecho el servicio de purificar y bendecir la casa donde vivo (después de los infructuosos intentos del padre Humberto), que yo había comprado a precio de ganga sin saber que el letrero que había sobre la puerta decía: “Obake yashiki” (Casa embrujada).
-¡Dios mío! ¡Qué susto me has dado!-exclamó el sacerdote-. Y yo que pensé que eras el ladrón de las ofrendas...
Por segunda vez en mi vida, las circunstancias hacían que se sospechase de mí.
Luego de contarme que desde hacía ya varios meses, un ladrón extraía las monedas del cepillo de las ofrendas durante la noche, lo cual los tenían en estado de alarma, me invitó a pasar adentro del templo y, una vez allí, después de escuchar mis explicaciones y meditar durante unos minutos, me dijo que el mío era un caso singular: en vez de estar poseído por el demonio en cuyo caso conservaría mi forma humana, parecía más bien que mi espíritu se había encarnado en el cuerpo de un demonio.
Me hizo sentar en la posición del loto sobre el piso de tatami delante de una mesita sobre la cual había un incensario y con un abanico empezó a aventarme el fragante humo del incienso mientras con una voz muy grave recitaba un mantra monótono y repetitivo que resonaba en toda la estancia. Cuando ya estaba a punto de dormirme aletargado por la somnífera letanía, el sacerdote tomó su vara de bambú y, parándose detrás de mí, la emprendió a golpes con mis hombros y cabeza al mismo tiempo que pronunciaba un conjuro en una lengua que me sonó a sánscrito (aunque no lo podría afirmar con certeza, también podía haber sido pali o magadhi antiguo). Por último, me dio a beber una taza de un mejunje que resultó ser nada más que té matcha muy espeso, amargo y caliente.
Con los ojos y la nariz irritados por el humo del incienso y el cuerpo adolorido por la apaleada, empezaba ya a dudar de la efectividad de la terapia, cuando, en eso, las manecillas de un enorme y vetusto reloj de péndulo marcaron las 12 y, mientras sonaban las campanadas, fui recobrando rápidamente mi aspecto habitual de modo que, cuando terminaron de sonar, era otra vez el mismo de siempre (salvo mi pelo que, seguramente por efecto de la lejía del padre Humberto, tenía ahora el mismo tono gris plateado que el de Richard Gere). Hasta estaba vestido con la misma ropa que llevaba puesta antes de la transformación.
Lo que no sabía era si se debía al tratamiento o a que, como en el caso de la Cenicienta, el maleficio terminaba automáticamente al concluir las 12 campanadas, pero igual el sacerdote me presentó la cuenta. ¡20 mil yenes por devolverme al mismo estado sin ni siquiera una sola mejora! Aduje que no había llevado la billetera, pero el sacerdote me dijo que no me preocupara y me entregó un impreso con código de barras que podía pagar en el 7-Eleven o cualquier otra tienda de conveniencia dentro del plazo de 15 días.
Me acompañó hasta la puerta del templo y me despidió con un ”Maido arigatō gozaimashita” (frase de etiqueta comercial con la que los comerciantes japoneses agradecen a sus clientes habituales, que se podría traducir como “Muchas gracias por comprar siempre aquí” o "Muchas gracias por usar siempre nuestros servicios".
Cuando llegué de vuelta a mi casa, ya eran cerca de las 2 de la madrugada.
Parece que mi chica había considerado que las cabezas de sardina no eran suficientes para impedirme la entrada y se había asegurado llamando a uno de esos servicios de cerrajería que atienden las 24 horas, porque cuando intenté abrir la puerta con mi llave descubrí que habían cambiado la cerradura.
Estuve tocando el timbre durante largo rato hasta que mi chica se despertó y, aunque pudo constatar a través de la cámara del intercomunicador que era yo, me sometió a un minucioso interrogatorio para probar mi identidad y solo cuando le mostré el daifuku (mochi relleno de anko con una fresa entera dentro que es el pastelillo japonés que más le gusta a mi chica) que le había comprado en el 7-Eleven con la única moneda que tenía, accedió a abrirme la puerta.

domingo, 2 de septiembre de 2018

40 aniversario de Grease



40 aniversario de Grease

El otro día fui con mi chica a la función conmemorativa que por el cuadragésimo aniversario del estreno de la película Grease organizó en Japón la cadena de cines Toho.
Hace 40 años-al igual que millones de jóvenes en todo el mundo-, yo también había caído presa del ritmo contagioso de su música, sucumbido al encanto angelical de Olivia Newton-John y soñado con ser John Travolta. Todavía recuerdo como si fuera ayer ese sábado de hace 40 años en que fui a ver la película. Por aquellos días, yo ya vivía con mis padres en su casa de San Isidro, pero todos los fines de semana los pasaba en la casa de mis abuelos en Jesús María, con los que había vivido hasta los cinco años. Así que fui al cine Diamante de la Av. Brasil que quedaba a pocas cuadras de la casa de mis abuelos. Se formó una larga cola desde muy temprano para comprar las entradas y antes de cada función los revendedores hacían un gran negocio. La película me gustó tanto que ese día fui a las tres funciones: matiné, vermú y noche. Como propaganda, en la entrada te regalaban un frasquito de brillantina marca Glostora. Peinado con tupé, con mi infaltable peine negro de plástico en el bolsillo trasero del pantalón y vestido con una casaca negra de cuero heredada de mi hermano mayor que me quedaba enorme y en cuya espalda había mandado bordar “T-Birds”, y que aún conservo, yo me quedaba parado en la puerta del cine después de la función con la ilusión de que alguien comentara señalándome: “Mira: igualito a Travolta”. Pero en todo el tiempo que la película estuvo en cartelera-yo fui a verla todos los fines de semana-nadie lo hizo porque, por lo demás, el cine se llenaba de falsos Travoltas: había Travoltas blanquiñosos, Travoltas cobrizos, Travoltas negros y hasta Travoltas amarillos como yo, y todos nos poníamos verdes de envidia cuando el verdadero Travolta desaparecía con Olivia en la última escena de la película. La vi tantas veces que me aprendí de memoria las letras de las canciones y hasta los diálogos, y llegué a juntar varias docenas de frasquitos de Glostora.
Y no hablemos de mi chica: baste con decir que ella había sido una de las Pink Ladies del colegio Andino y una de las fundadoras del Grease Fan Club de Huancayo.
Por todo ello, no podíamos faltar a la celebración de su 40 aniversario.
Para la ocasión, yo me teñí el pelo de negro azabache, sufrí un poco para hacerme el tupé (porque, como decía Tulio Loza, ya se me está “destejiendo el chullo”), rescaté del fondo del clóset-bajo la mirada reprobatoria de mi chica que, desde que es miembro activa de PETA, no se pone ninguna prenda de origen animal-aquella vieja casaca negra de cuero modelo Elvis Presley mientras que ella fue corriendo a H & M a comprarse una de imitación. El día de la función, mi chica fue a la peluquería con su aspecto sencillo de siempre y, cuando regresó, había sufrido la misma radical transformación que la Sandy ingenua en la Sandy sexy del final de la película. Regresó con el pelo ondulado y teñido de rubio, los ojos delineados con lápiz negro y las pestañas untadas de rímel, los labios y las uñas de manos y pies pintadas del mismo tono rojo que sus zapatos de tacón de aguja y vestida con una camiseta negra que dejaba sus hombros al aire, un pantalón de cuero de imitación al cuete también negro tan ceñido que debía habérselo puesto con calzador y la casaca negra con forro rojo de H & M. En la boca-ella, que no nunca había fumado-, tenía un cigarrillo electrónico.
Antes de partir al cine del shopping mall Vina Walk de Ebina en nuestro pequeño auto azul de escaso cilindraje, pensé que lo único que nos faltaba para que todo estuviera perfecto era el carrazo descapotable rojo con el capó transparente que salía en la película. Cuando llegamos, el cine estaba repleto. Aparte de que era la última función, supuse que lo que había animado a tanta gente a ir al cine un día de semana en horario de trabajo era la peregrina esperanza de encontrarse en persona con sus ídolos. Días antes de la función, había circulado el rumor de que John Travolta y Olivia Newton-John aparecerían por sorpresa en alguna de las salas donde se proyectaba la película y, aunque yo estaba seguro de que si el rumor era cierto irían a alguna de las grandes salas de Tokio o Yokohama y no a una pequeña sala de una anodina ciudad como Ebina, muchos no perdían la esperanza de encontrarse con ellos. La noticia había corrido como reguero de pólvora o-como diríamos ahora-se había vuelto viral y convertido en trending topic en las redes sociales de Japón (entre los cincuentones). Bueno, al menos esa era la edad que aparentaba la mayoría de los presentes. Creo que-salvo la vez que fuimos a ver Mamma mia!-nunca había visto tanto cocho junto. En mi conteo personal, yo me había quedado en los cuarenta y ocho y se me hacía algo extraño verme rodeado de tantos tíos panzones y canosos o medio calvos, pero ese día descubrí con estupor que yo también ya era cincuentón. Fue a la hora de comprar las entradas. Normalmente, mi chica y yo obtenemos un descuento en el precio de las entradas presentando mi Tarjeta de inválido, pero ese día me había olvidado de llevarla y siendo el último día, no me quedaba más remedio que pagar la entrada completa. Pero entonces la boletera me dijo:
-Sr. cliente, ¿Ud. debe tener más de 50 años, no?
La pregunta me había arragado por sorpresa y no pude contestar inmediatamente. Lamentando no tener una calculadora a la mano, tardé en sacar la cuenta y sólo cuando lo hube hecho descubrí con alarmada sorpresa que ya era cincuentón como la mayoría de los que me rodeaba. Asentí resignadamente con la cabeza.
-Entonces tiene derecho al descuento de parejas de más de 50 años-dijo sonriendo la boletera.
La verdad es que no supe si alegrarme o no con la noticia.
La función transcurrió muy animada. La gente se había esmerado con los disfraces, coreaba las canciones, aplaudía y algunos hasta se animaban a bailar. Cuando terminó la película, a diferencia de lo que sucedía habitualmente, nadie se movió de su asiento y todos se quedaron viendo los créditos hasta el final como queriendo aprovechar hasta la última gota y, cuando se encendieron las luces, un grito de asombro estalló al fondo de la sala. ¡Dios mío! ¡No lo podía creer! Aunque estábamos un poco lejos, los reconocimos de inmediato: ¡Eran John Travolta y Olivia Newton-John! Salieron de la sala saludando con las manos y lanzando besos volados deslumbrados por los flashes y escoltados por la multitud que alargaba las manos para tocarlos, les pedía autógrafos y se hacían selfies con ellos. Todos salimos detrás de ellos como en procesión.
Sin embargo, grande fue nuestra decepción, cuando-luego de hacer cola durante más de media hora en el vestíbulo del cine-, llegamos por fin frente a nuestros ídolos para pedirles sus autógrafos y tomarnos juntos la foto de rigor y descubrimos que no eran los verdaderos John Travolta y Olivia Newton-John sino unos imitadores. A pesar de los disfraces, los reconocimos inmediatamente: era una pareja de gringos sesentones que tienen una pequeña academia de inglés llamada Grace English School cerca de nuestra casa y que, ayudados por la penumbra de la sala (ya se sabe: de noche, todos los gatos son pardos), estaban aprovechando su vago parecido con los protagonistas (o que para los japoneses todos los gringos son iguales) y que Grace en japonés suena parecido a Grease para promocionar sus clases de inglés.
Salvo por este incidente, la función fue memorable. Lo único que eché en falta fue que no me regalaran mi frasquito de Glostora.

viernes, 31 de agosto de 2018

El conde Drácula (un cuento de terror).


El conde Drácula (un cuento de terror).

En algún lugar remoto de los Montes Cárpatos, en Transilvania, la oscura mole de un enorme castillo se recorta por un instante contra la blanca redondez de la luna llena. Su aspecto es imponente, tenebroso, amenazador. En ese momento, un lobo lanza al cielo un aullido interminable. Luego, unas nubes negras ocultan la luna y todo vuelve a quedar nuevamente a oscuras.
Se acerca la medianoche y una iglesia de los alrededores empieza a doblar sus campanas para recordar a la gente que hoy no es una noche cualquiera: es la noche del 30 de abril, la noche de Walpurgis, la noche de las brujas, noche en la que éstas se reúnen para celebrar su ritos satánicos y sus diabólicos aquelarres.
En la húmeda cripta del castillo, el conde Drácula, echado en su ataúd, con el negro cabello blanqueando en las sienes peinado hacia atrás y el rostro pálidamente verdoso, abre de pronto los ojos y una maligna sonrisa de satisfacción se dibuja en su boca, de la que sobresalen dos puntiagudos y fosforescentes colmillos. Está tan ansioso que se ha despertado antes de la hora. El día tan largamente esperado por fin ha llegado y al conde se le hace agua la boca de sólo pensar en el festín que tiene planeado darse para celebrarlo. Los campesinos y aldeanos de los alrededores, conocedores de la tradición, redoblan sus defensas esta noche colocando ristras de ajos y crucifijos en puertas y ventanas y es muy difícil hincarles el diente. Pero no hace mucho, no muy lejos de allí, en aquel lugar dejado de la mano de Dios, ha abierto sus puertas uno de aquellos establecimientos -que parecen una mezcla de clínicas de lujo y campos de concentración- donde los ricachones van a hacer vida sana durante un mes para quemar la grasa y eliminar el estrés acumulado durante el resto del año, cuyos incautos y confiados huéspedes, ignorantes de los usos y costumbres del lugar, serán una presa fácil. El conde parece saborear ya la mimada y dulce sangre -rica en colesterol-de aquellos gordinflones.
De pronto, una melodía-“Tocata y fuga” de Bach- empieza a sonar: es la alarma de su iPhone anunciando que ya son las doce, hora de levantarse. Apartando la tapa, el conde se incorpora y, con un ágil salto y de muy buen humor, sale de su féretro.
Apenas se pone de pie, se ve rodeado por tres mujeres muy maquilladas y vestidas con largos y elegantes vestidos de noche de amplios y generosos escotes que, muy melosas y provocativas, pugnan entre ellas por servirlo. Una, rubia y muy sexy, con los sensuales labios de Scarlett Johansson, le arregla el nudo de la corbata; otra, morena, felina y matadora como Penélope Cruz, le sacude el polvo de las solapas y una tercera, pelirroja, con la misteriosa mirada azul de Nicole Kidman, le alisa la capa.
-¡Eres un churro!-le dicen-. Te pareces a George Clooney.
El conde, halagado, se acerca disimuladamente al espejo para comprobarlo.
-Siempre me olvido de que mi imagen no se refleja en los espejos-maldice alejándose.
Luego se vuelve hacia las mujeres:
-Ya les he dicho que no las voy a llevar. Tienen que quedarse a cuidar el castillo.
Mostrando los colmillos, las tres mujeres se revuelven rugiendo como Furias, pero basta con que el conde frunza el ceño para que desaparezcan en la oscuridad.
Se dirige a una de las ventanas que dan al precipicio, abre los brazos desplegando las alas de su negra capa forrada de raso color rojo sangre y, transformándose en un murciélago, se lanza al vacío y se pierde en la oscuridad de la noche, negra como boca de lobo. Pero al conde no le importa porque no necesita ver para guiarse. Su instinto y el olor de la sangre lo llevarán infaliblemente a su destino. Aunque esta vez, por la excesiva ansiedad que lo embarga, porque ha estado a punto de colisionar con una bruja que, montada en su escoba, se dirigía rauda a su maldito conciliábulo o porque en una noche como aquella la atmósfera está excesivamente cargada de energía negativa, parece que su sistema de navegación falla, porque, en vez de conducirlo a su objetivo, lo lleva al Hospital Municipal de Transilvania. El conde no se percata de ello y penetra en el hospital. Una vez dentro, para saciar la gran sed que lo atormenta, se ve obligado a sorber la sangre de todos los pacientes de una gran sala porque los encuentra sorprendentemente flacuchos y su sangre aguada como sopa diluida, cosa que, en su ignorancia, atribuye a la efectividad del estricto ayuno y al severo régimen de ejercicios físicos a los que son sometidos los huéspedes de la clínica, donde cree estar.
Sólo cuando, ya harto de sangre, después de soltar un sonoro eructo, abandona la sala con la panza hinchada como alguien que ha bebido mucha cerveza o como una pulga gorda de sangre a punto de reventar y advierte sobre la puerta de la sala un letrero que dice: “Pacientes terminales de SIDA”, se da cuenta, compungido, de su lamentable error.
Un afiche pegado en la pared parece burlarse de su suerte. Dice:
“Evite la promiscuidad: el SIDA es una enfermedad de transmisión sexual”.

viernes, 18 de mayo de 2018

Mi querida Olivetti Lettera 32


Mi querida Olivetti Lettera 32



En 1989, al igual que otros miles de peruanos descendientes de japoneses, me vi obligado a venir a Japón como trabajador temporal impelido por la grave crisis económica del desastroso primer gobierno de Alan García.  Durante el largo vuelo de Lima a Tokio-habíamos hecho escala en Toronto y Vancouver, donde pasamos la noche-, estuve leyendo una biografía de Hemingway y quedé muy impresionado al enterarme de que en diciembre de 1922, Hemingway-quien se encontraba en Suiza como corresponsal del Toronto Star cubriendo la Conferencia de paz previa al Tratado de Lausana-que establecería definitivamente las fronteras de Turquía-y había coincidido allí con el periodista y editor Lincoln Steffens, el cual mostró interés en su obra-, le había pedido a Hadley-su primera esposa, con la que vivía en París-que le llevara todos sus manuscritos para mostrárselos y que esta, cuando estaba en la Gare de Lyon y había subido ya al tren que la llevaría de París a Lausana, de pronto había sentido sed y bajado un minuto a comprar una botella de agua Evian (según otras versiones, bajó para comprar algo para leer durante el viaje o para saludar a unos amigos) y que, cuando regresó, la pequeña maleta verde de cuero en la que había metido casi todo lo que Hemingway había escrito hasta ese momento-sus notas manuscritas, los originales mecanografiados de varios cuentos y de algunos capítulos de una novela y hasta las copias a carbón-había desaparecido.  Lo lamenté como algo personal sin imaginarme que pocas horas después a mi también me sucedería algo parecido.
Viajaba con una gran maleta llena de ropa y, como equipaje de mano, llevaba un maletín con mis novelas favoritas, casi todas las que Vargas Llosa y García Márquez habían publicado hasta ese momento (Por aquellos días, preguntarme cuál de los dos me gustaba más era como preguntarme ¿a quién quieres más: a tu mamá o a tu papá?) y una caja de camisas Van Heusen que contenía una docena de cuentos, los mejores que había escrito hasta ese momento, porque por aquel entonces yo soñaba con ser escritor.  En la otra mano llevaba una máquina de escribir portátil (heredada de mi hermano mayor, quien, después de pasarse de las máquinas mecánicas a las eléctricas y de las de bolita a las de margarita, por aquellos días ya tipeaba sus escritos en su flamante, silencioso e infalible procesador de textos) que, aunque obsoleta, era pequeña y liviana, fácil de llevar a cualquier parte, muy adecuada para la vida aventurera que-al menos eso creía yo-me esperaba allende el mar.  Me decía que bien podía estallar la Tercera guerra mundial, que si yo sobrevivía junto con las cucarachas, podría seguir pergeñando mis historias en un mundo arrasado y sin electricidad.  Pero sucedió que, una vez que llegamos al aeropuerto de Narita, los empleados de la agencia contratista nos dividieron en dos grupos, uno con destino a la ciudad de Isesaki, en la prefectura de Gunma, y el otro-mi grupo-con rumbo a la ciudad de Yokohama, en la prefectura de Kanagawa, nos dijeron que ellos se encargarían de nuestros equipajes y nos hicieron subir a unas camionetas.  Cuando, casi tres horas después, llegamos a nuestros alojamientos, nuestro equipaje, que había ido en otro vehículo, ya estaba allí.  Cuando me llegó mi turno, me entregaron la maleta grande con la ropa, pero mi querida Olivetti Lettera 32 y el maletín de mano con mis libros y mis manuscritos habían desaparecido.  Me quejé a través del intérprete con el encargado japonés de la agencia contratista. Hubo un breve diálogo entre los dos.  Luego, el intérprete me dijo:
-Dice que no te preocupes si no los encuentras, porque acá no vas a tener tiempo para leer ni para escribir, sólo para trabajar.
Y tuvo razón, porque aquel primer año trabajé tanto, había tantas cosas nuevas que aprender, mi cuerpo y hasta mi alma quedaban tan agotados, que apenas me quedaban tiempo, fuerzas y ganas para hacer otra cosa.
Como una broma cruel del destino, cuando estaba desempacando mi equipaje, apareció entre mis ropas la caja con diez cintas para máquina de escribir que a última hora había metido en la maleta grande porque ya no cabía en el maletín de mano.  No sé por qué-tal vez porque en el fondo tenía la peregrina esperanza de recuperar mi máquina algún día-, a pesar de que en estas casi tres décadas cambié varias veces de trabajo y de vivienda y de que en cada mudanza me fui desasiendo de muchas cosas hasta quedarme-creo-sin ningún objeto de mi equipaje original (por perder perdí hasta mi mano izquierda), nunca pude desprenderme de aquellas diez cintas.  Ni siquiera cuando-un año después de haber llegado a Japón-pude por fin comprarme un procesador de textos (un Toshiba Rupo que me costó más de 200 mil yenes y que pensé erroneamente que me consolaría de la pérdida de mi máquina) ni tampoco cuando, unos años después, llegué a tener mi primera computadora: un gran armatoste de escritorio con el que mal que bien aprendí los rudimentos necesarios para al menos no borrar accidentalmente lo que estaba escribiendo ni cuando la cambié por laptops cada vez más pequeñas y livianas con las que al fin pude realizar mi sueño de escribir donde fuera: en la terraza de un café, en la playa, en los campings, en los hoteles, durante los viajes en ómnibus, tren, barco y avión.  Además de conservar las cintas, cada vez que por casualidad me topaba con un mercado de pulgas, bazaar, garage sale o tienda de artículos de segunda mano o de antigüedades, una irresistible fuerza me arrastraba a husmear entre los cachivaches y si por casualidad mis ojos divisaban una vieja máquina de escribir el pulso se me aceleraba de sólo imaginarme que podía tener la tecla de la “Ñ” y grande era mi decepción cuando descubría, una vez más, que el teclado estaba en inglés, francés, alemán, italiano, portugués, ruso, noruego y hasta en hebreo, pero nunca en español.  De habérmelo propuesto, hubiese podido comprar una por internet en España o en algún país latinoamericano, pero, aparte de que por el peso el envío saldría caro, me desanimaba el hecho de que en esos países a la máquina ya le habrían sacado el jugo y yo la quería no como adorno retro sino para escribir.  Además, desconfiado por naturaleza como soy, ¿acaso podía fiarme de un español, argentino, panameño, cubano o mexicano?  En realidad, lo más fácil hubiera sido encargar una a algún amigo o pariente de los que estaban en Perú.  Tal vez, incluso alguno tuviera una máquina oxidándose en algún rincón de su casa y estuviera dispuesto a regalármela y así sólo gastaría en el envío.  O, en el peor de los casos, allá no sería difícil conseguir una en el mercado de segunda mano y seguramente aún existían pequeños talleres de reparación donde podrían hacerle una buena revisión.  Pero, por otro lado, ¿cómo justificaba mi pedido? ¿Podía molestar a alguien con semejante favor teniendo en mi casa todas las ventajas tecnológicas que ofrecen una computadora y una impresora modernas? ¿Podía pedir a alguien que se tomara todo ese trabajo sólo porque a mí se me había ocurrido volver a escribir como en la Edad de piedra?  Definitivamente, no.  No podía ser tan caprichoso.  Mis amigos y parientes que estaban en Perú eran gente seria y trabajadora y estaban muy ocupados para perder el tiempo en tonterías.  Así que decidí olvidarme del asunto, los años fueron pasando y, aunque, de vez en cuando, algo me traía el recuerdo de mi querida máquina de escribir, como las veces que volvía a ver Breakfast at Tiffany’s-una de mis películas favoritas-y llegaba la escena en la que George Peppard está escribiendo a máquina: “There was once a very lovely, very frightened girl. She lived alone except for a nameless cat.” y de pronto alguien empieza a cantar. Él se asoma a la ventana y ve a Audrey Hepburn-mi actriz favorita-que está secándose el cabello al sol sentada en el alféizar de su ventana mientras canta “Moon river” acompañada de su guitarra o cuando leí el entrañable relato de Paul Auster “La historia de mi máquina de escribir” o cuando me enteré de que Tom Hanks-el famoso actor de cine y conocido coleccionista de máquinas de escribir-había ideado Hanx Writer, una aplicación para iPad que simulaba la escritura en una máquina de escribir mecánica con sonido incluido, poco a poco, me resigné a la silenciosa eficacia de las computadoras y llegué a creer que nunca más volvería a escribir acompañado por el entrañable golpeteo de una máquina de escribir mecánica.
Hasta que-hará un par de meses-leí por casualidad que la máquina de escribir del escritor norteamericano Cormac McCarthy-nada menos que una Olivetti Lettera 32 como la mía, que había comprado en 1963 en una casa de empeños por 50 dólares y con la cual había escrito-en un periodo de 46 años-toda su obra y correspondencia: unos 5 millones de palabras, según sus propios cálculos-había sido subastada con fines benéficos por la casa Christie’s de Nueva York-que inicialmente la había tasado en 20 mil dólares-alcanzando el increíble precio de 254 mil dólares.  Para reemplazarla, pues McCarthy no tenía computadora ni conexión a internet, su amigo-el economista John Miller-ya le había conseguido otra igual pero en mejores condiciones en e-bay por 11 dólares más los gastos de envío.  La noticia reavivó el que creía ya extinguido fuego de la nostalgia y el ansia por volver a escribir en una máquina mecánica se convirtió de pronto en una necesidad casi física, hasta tal punto que escribir en mi fiel laptop se volvió un acto insulso y poco satisfactorio, algo puramente mecánico que había perdido la magia y supe que no volvería a vivir tranquilo mientras no lograra poseer el objeto de mi deseo.  Así, pues, debía encontrar una máquina de escribir mecánica lo antes posible.
Como no quería gastar mucho dinero comprándola en el extranjero, decidí limitar mi búsqueda al mercado japonés de segunda mano.  Y, aunque me parecía muy poco probable que alguno de los extranjeros hispanohablantes que habían venido al Japón en la segunda mitad del siglo pasado hubiera traído y dejado aquí su máquina de escribir, tal vez alguno de los traductores, profesores o estudiantes japoneses de español de hace más de 30 años-o alguno de sus descendientes-se animara a vender la máquina que había quedado olvidada en el desván de su casa o encontrar alguna de las que ya languidecerían en las tiendas de antigüedades.  Como la perspectiva de tener que buscar tienda por tienda en cada una de las miles de tiendas de antigüedades que debía haber en Japón se me antojaba una labor titánica y poco fructífera, pensé que lo más sensato sería buscarla en la red.  Probé en Amazon Japón y no encontré nada. En Google Japón me salió una que ya había visto antes  y que se había vendido hacía varios años. En Rakuten y tampoco apareció nada.  En las subastas de Yahoo Japón y nada.  En Jimoti-una página japonesa en la que al principio la gente ofrecía gratis las cosas que ya no usaba y que ahora vende-y tampoco encontré nada.  Finalmente, cuando ya me iba a dar por vencido, me acordé de que uno de mis primos me había hablado de una página de venta de cosas usadas que a veces él utilizaba: Mercari.
Sin mucha convicción, sólo por probar, puse en el buscador: “Máquina de escribir con teclado en español” y debe ser cierto que Dios es peruano porque a la primera encontré una y no una cualquiera sino una Olivetti Lettera 32 como la que había perdido.  La verdad es que, dadas las circunstancias, con tal de que fuera mecánica, portátil y con el teclado en español, yo me hubiera conformado con una máquina de cualquier marca, modelo o color, así que encontrar una igual a la mía y encima a sólo 5 mil yenes (menos de 50 dólares) era algo que superaba ampliamente mis expectativas más optimistas y que nunca hubiera esperado. Los dos o tres días que el vendedor tardó en enviarme la máquina se me hicieron eternos.  Cuando por fin llegó y la saqué de la caja de cartón en la que la habían embalado aún dentro del inconfundible estuche de color gris claro azulado (o celeste sucio) con la característica franja negra de los estuches de las Olivetti Lettera 22 y 32, tuve un presentimiento, pero, cuando la saqué de su estuche, me bastó echarle un vistazo para saber que aquella máquina no era igual a la mía sino que era ¡mi máquina!, la que había perdido casi 30 años atrás.  Para comprobarlo, abrí la tapa y allí estaba: la “J” inicial de mi nombre y el año 1980 que yo había grabado a la mala con un punzón debajo del número de serie cuando mi hermano me la regaló.  No cabía duda: ¡Era mi máquina!  Aunque la tenía en frente, no lo podía creer:  casi 30 años después, había recuperado la máquina que perdí en el aeropuerto de Narita el día que llegué a Japón.  La Olivetti Lettera 32 es una máquina muy bella y, aunque la mía tiene apenas 50 años, posee la clase y la elegancia de las cosas antiguas.  Al verla uno evoca una época en la que las cosas se hacían con materiales nobles y para durar toda la vida, cuando los muebles eran de madera, las botellas de vidrio, los zapatos de cuero y las cosas aún no tenían esa apariencia descartable del plástico ni la efímera vida útil de las cosas que se producen ahora para satisfacer la frenética demanda del consumismo actual.  Durante unos minutos, me quedé contemplando su aerodinámica “carrocería” color verde turquesa (diseñada seguramente bajo la influencia de los grandes diseñadores de automóviles italianos) pensando que también merecería ser exhibida en el MoMA de Nueva York como su hermana mayor la Lettera 22.  Estaba impaciente por probarla.  Le puse una hoja de papel y, cuando empecé a pulsar sus teclas, me di cuenta de que la cinta estaba reseca.  Frustrado, pensé que tendría que esperar hasta conseguir una cinta.  Entonces me acordé de las cintas que había traído cuando vine a Japón y que aún guardaba en el último cajón de mi escritorio.  Saqué una de su cajita y, después de romper la envoltura de celofán, tiré de la punta de la cinta con el índice y el pulgar y estos quedaron manchados de negro: increíblemente la tinta aún estaba fresca. 
Cambié la cinta y, tac-tac…poco después, tac tac-tac… estaba tecleando tac tac-tac…
con un solo dedo, tac-tac… como siempre lo había hecho, tac-tac ting track…rush…
a pesar de haber estudiado mecanografía tac…durante dos años en el colegio, tac-tac…
mientras sentía esa mezcla tac-tac… de olor a tinta y aceite tac-tac tingtrack…rush…
que me traía tantas reminiscencias tac tac-tac tac-tac… de mi juventud, tac tac-tac tac…
cuando escribía con furia tac tac-tac tac…y soñaba que algún día sería un gran novelista.
La máquina estaba en perfecto estado.  Seguramente duraría más que yo.  Mientras se siguieran fabricando las cintas o encontrara la manera de entintar las viejas, tal vez podría usarla hasta mi muerte.  Estaba pensando en esto, cuando, de pronto, me di cuenta mirando la caja de cartón que la dirección del remitente quedaba en la ciudad de Isesaki, prefectura de Gunma y recién entonces caí en la cuenta de que Isesaki era la ciudad adonde había ido destinado el otro grupo cuando nos separaron en el aeropuerto de Narita y que seguramente mis cosas se habían ido con ellos.  Debí haberlo sospechado antes.  ¡Un momento!  La gran alegría que me había producido encontrar mi máquina me había impedido al mismo tiempo deducir que si el vendedor había conservado todos estos años la máquina tal vez también tuviera en su poder mis libros y papeles.  Tenía que comunicarme inmediatamente con él.  Le mandé un email y este me contestó poco después alarmado al enterarse de que la máquina me había pertenecido.  Parecía temer que lo acusara de ladrón.  Según me explicó, hacía unos meses, él y unos amigos con los que había formado un grupo de teatro habían alquilado para hacer sus ensayos una vieja casa que había estado desocupada durante mucho tiempo. Cuando fueron a verla, el dueño de la inmobiliaria les ofreció no cobrarles los meses de garantía si ellos mismos se encargaban de limpiarla y acondicionarla y, cuando lo estaban haciendo, habían descubierto en la parte trasera de la casa un gran armario de metal lleno de maletas de viaje, maletines de mano, grandes bolsas de ropa y algunas otras cosas.  Le habían preguntado al de la inmobiliaria y lo único que este les dijo fue que hacía muchos años esa casa había sido el local de una agencia contratista de trabajadores extranjeros y que podían disponer de todo lo que encontraran en ella.  ¿Y no había libros?, le pregunté.  Sí, había varios libros.  Habían intentado venderlos, pero, como estaban en español, portugués o alguna otra condenada lengua parecida, en el Book Off del barrio no habían querido aceptárselos ni regalados.  Habían estado a punto de tirarlos, pero les había dado pena.  Hasta se habían arrepentido de vender la máquina porque se les ocurrió que todas esas cosas tal vez algún día les servirían para la escenografía de alguna obrita.  Pero si yo pensaba que algunas de las cosas eran mías y estaba dispuesto a ir hasta allá a recogerlas, con gusto me las darían.  Quedamos en encontrarnos ese fin de semana.
El sábado salí temprano de mi casa y fui en tren hasta la estación de Shinjuku, en Tokio, y allí subí a un ómnibus que me dejó, dos horas después, en el terminal de autobuses de la estación de Isesaki.  Cuando bajé, el muchacho me estaba esperando fumando sentado en una banca.  Lo reconocí inmediatamente porque me había dicho que llevaría puesto un polo con la imagen de Machu Picchu que seguramente había encontrado en la casa.  Era joven, alto y desgarbado y me pareció algo tímido para ser estudiante de teatro.  Intentó hablarme en inglés, pero le dije que mejor me hablaba en japonés porque yo de inglés sólo sabía lo que había aprendido en el colegio, es decir, nada.  Me dijo que la casa quedaba cerca, que iríamos a pie.  Me había hecho una imagen de la casa, pero, cuando llegamos, me di con la sorpresa de que era una inmensa y viejísima casa de estilo tradicional japonés de una sola planta con un largo corredor de lustroso piso de madera que, como una galería, daba a un amplio aunque abandonado jardín japonés donde había árboles de sakura, kaki y momiji y también un pequeño estanque seco con su puentecito que alguna vez debió albergar carpas de colores y flores de loto.  Tal vez, notando mi desconcierto, el muchacho me explicó que la casa era una “jikou bukken”, es decir, una de esas casas o departamentos que por haber sido escenario de alguna muerte violenta por accidente, suicidio o asesinato y en la que es posible que aparezcan fantasmas, almas en pena o que ocurran fenómenos paranormales, las inmobiliarias japonesas alquilan a un precio más bajo para que alguien se anime a vivir en ellas.  El muchacho no conocía los detalles, pero parecía que había habido un asesinato.  Mientras buscaba en un gran manojo de llaves, noté que a un lado de la puerta todavía había pegado en la pared un letrerito de madera con el nombre de la agencia contratista que me había traído a Japón.  Encontró por fin la llave y, después de hacerla girar en la cerradura, tiró de la puerta y esta se abrió dejando escapar un gemido de ultratumba.  ¿No tenían miedo?  Fingían estar asustados y hasta habían dicho que habían visto fantasmas para que les siguieran alquilando la casa y no les subieran el alquiler, pero la verdad era que nunca habían visto nada raro.  Aunque-me aclaró-ellos sólo la usaban para ensayar y nunca habían pasado la noche allí.    
Me condujo por un largo corredor al que daban muchas habitaciones con piso de tatami hasta la parte posterior de la casa y, una vez allí, señalándome un gran armario metálico, me dijo:
-Allí está todo lo que dejaron.
Con otra llave del manojo abrió la puerta y pude ver que estaba lleno de cajas de cartón y bolsas de ropa.  Había también un viejo televisor con VHS incorporado, una radio casetera portátil y una guitarra que tenía pegada una calcomanía que decía: “Cerveza Pilsen Callao”.
-Como queríamos usar las maletas de viaje y los maletines para transportar nuestro vestuario, vaciamos su contenido en esas cajas y bolsas-me informó el muchacho-. Las cajas están llenas de libros, revistas y periódicos.  Adelante, puede ver si algo es suyo.
Subí una de las cajas al corredor trasero de la casa y, sentado en el gastado piso de madera, me puse a revisar su contenido.  Había de todo: libros de texto para aprender japonés, revistas en español y portugués (vi algunos números de Caretas), libros de cocina, de medicina básica y primeros auxilios, un método para dejar de fumar en 30 días y algunas novelas en portugués entre las que distinguí dos o tres de Jorge Amado.  Otra caja contenía varios ejemplares amarillentos de El Comercio y de periódicos brasileños (El más reciente era de febrero de 1991).  Una tercera caja estaba llena de casetes y cintas de video.  ¿Todavía servirían?  Fui hasta el armario y saqué la casetera.  El muchacho me indicó un tomacorriente y lo enchufé.  Encendí el aparato, metí un cassette, apreté Play y, aunque parezca mentira, todavía funcionaba: la música salió por los parlantes a borbotones.  Cyndi Lauper. “Girls just wanna have fun”. No era de mis preferidas, pero al menos era música de los ochenta, de mi época.  Para aquel muchacho, aquella música debía sonar como para mí la de los años cuarenta.  Con el fondo de aquella música tan familiar, seguí revisando las cajas y empezaron a aparecer, algo ajados y amarillentos, mis viejos libros: cuentos de Ribeyro, un par de libros de Bryce, las primeras novelas de Vargas Llosa, Cien años…  ¡Encontré todos mis libros!  Aunque todos esos libros los había vuelto a comprar, me alegré mucho de haber encontrado los antiguos porque, aunque no soy bibliófilo, aquellos libros eran casi todos primeras ediciones y porque, además, tenían los subrayados y anotaciones con lápiz de mis primeras lecturas.  Así que sólo me faltaba encontrar una cosa, la que más ilusión me hacía: la caja de camisas Van Heusen con mis manuscritos.  La encontré al fondo de una de las últimas cajas aplastada por una pila de formularios en japonés que debieron pertenecer a la agencia contratista.  Cuando la abrí, vi que los folios estaban amarillentos, tenían manchas de humedad y la tinta se había corrido en algunos puntos, pero eran legibles. Me provocaba leer ya mismo esos cuentos juveniles de los cuales no recordaba casi nada, pero postergué el placer de su lectura para el viaje de regreso.  Tuve una sensación de déjà vu cuando recuperé mi maletín y empecé a meter los libros.  Claro, era como si hubiera regresado a la víspera del día que partí a Japón hacía casi 30 años cuando estaba alistando mi equipaje.
El muchacho me acompañó hasta el terminal y, antes de que subiera al ómnibus, me entregó un sobre con los 5 mil yenes que yo había pagado por la máquina.  No quería aceptárselos pero él insistió.
-La máquina era suya-dijo.
Bueno, pensé, ya le mandaría algún regalito.

Una semana después de recuperar milagrosamente no sólo mi máquina de escribir sino también mis libros y papeles, estaba buscando en Mercari ya no me acuerdo qué cosa, cuando encontré un anuncio de otra Lettera 32 con el teclado en español.  Desde que perdí la mano izquierda, un sentimiento de inseguridad hace que me sienta expuesto a toda clase de desgracias, catástrofes y peligros. Me he vuelto-como dice mi chica-“trágico”. De modo que, aparte de asegurarme contra toda clase de riesgos (mi casa está asegurada hasta por si le cae un meteorito encima), tomo toda clase de precauciones,  he instalado alarmas contra incendios y robos, tengo bien abastecida la casa de agua embotellada y conservas de comida para caso de terremoto o guerra, un buen botiquín para primeros auxilios, un par de mochilas de supervivencia y hasta un pequeño refugio antiaéreo excavado debajo de la casa por si a Kim Jong-un le falla la puntería y uno de sus misiles nos cae encima. Encontrar dos Letteras 32 con el teclado en español aquí en Japón en menos de 15 días no podía ser una casualidad. Se trataba sin duda de un mensaje divino. Dios-en su infinita misericordia, teniendo en cuenta que éramos paisanos o recordando tal vez que una vez fui monaguillo de la iglesia San José de Jesús María (cargo del que fui apartado acusado injustamente de apropiarme de las limosnas)-, parecía advertirme: “Tu máquina no ha de durar para in sécula seculórum, algún día se averiará y para entonces ya no encontrarás piezas de repuesto para repararla ni en Tacora ni en la más alejada cachina (siendo Dios peruano es normal que use peruanismos) del universo, has de ponerte mosca”. Así que decidí comprar esta segunda máquina para abastecer de repuestos a la mía si se malograba o para reemplazarla si, quién sabe, la volvía a extraviar. Sólo cuando ya había hecho click en “comprar”, me di cuenta de que una vez más había actuado impulsivamente y no me había detenido a reflexionar sobre las consecuencias de mis actos. Cuando hace dos semanas le anuncié a mi chica que había comprado la primera máquina de escribir-que resultaría siendo la mía-, ella me advirtió perentoriamente:
-Como te pongas a hacer bulla con esa cacharpa, la boto a la basura.
Nótese que dijo “cacharpa”. No “cachivache” o “trasto inútil” sino “cacharpa”. Lo que pasa es que mi chica nació en Huancayo, ciudad ubicada en los andes centrales del Perú  a más de tres mil doscientos metros sobre el nivel del mar, y que, como mucha gente de la sierra, acostumbra aderezar su discurso con palabras y expresiones de origen quechua.  Para ella, yo no soy tonto sino “opa”; si no me quiero bañar, no me tilda de cochino sino de “carca”; mi carro no está viejo sino que ya está “charchi” y, cuando tiene frío, no dice ¡Brr, qué frío!-como la mayoría de los mortales-sino “¡Alalau!”.
Sin embargo, la historia del hallazgo feliz de mi vieja máquina de escribir después de casi tres décadas había terminado por conmoverla. No por nada ella era una buena hija de la ahora ya vieja Nueva Era y por lo tanto una firme creyente de que nada ocurría por casualidad. Le probé, además, que, si yo escribía en mi escritorio del segundo piso y ella estaba abajo en la sala viendo la televisión, casi no escucharía el ruido de la máquina. Pero una cosa era que ella hubiera aceptado que por la gracia divina, la conjunción de los astros o porque “estaba escrito” yo hubiese recuperado milagrosamente mi máquina y otra muy distinta que aceptara de buena gana que yo hubiese vuelto a comprar sin consultarle otro ejemplar idéntico del mismo anacronismo. Si mi chica, que es cinturón negro de karate y no se caracteriza precisamente por tener mucha paciencia, logra controlarse, creo que lo único a lo que me expongo es a convertirme en una nueva víctima de la violencia doméstica, a ser declarado mentalmente incapacitado y terminar recluido en un manicomio, al divorcio o a las tres cosas juntas.