domingo, 6 de septiembre de 2026

El Necronomicon, Cthulhu y Minions & Monsters

 

El Necronomicon, Cthulhu y Minions & Monsters

 

Al terminar la escuela secundaria, decidí estudiar literatura porque por aquellos días quería ser escritor y había escogido hacerlo en San Marcos influido por la romántica imagen que la lectura de Conversación en la Catedral me había dejado de ella. Soñaba ilusamente con conocer a una chica como Aída para “matricularnos en los mismos cursos, sentarnos en la misma banca, ir juntos a la biblioteca, leer los mismos libros y ver las mismas películas”, y juraba que yo no dejaría que ningún Jacobo me ganara —nunca mejor dicho—, por puesta de mano. Lo hice haciendo caso omiso de la descripción de las precarias condiciones de la universidad que se hacían en la novela —cuando aún funcionaba en la vieja Casona del Parque Universitario— y que yo —que provenía de La Unión (un colegio privado para descendientes de japoneses) y vivía cómodamente en San Isidro —no tardaría en experimentar, agravadas, en la Ciudad Universitaria. Pero por entonces yo acababa de ingresar y aún no había descubierto —como Zavalita— que San Marcos era un burdel y no el paraíso que creía.

Por cierto, al principio de la novela, Santiago Zavala se pregunta: ¿En qué momento se había jodido el Perú? Si para él el Perú ya estaba jodido a principios de los sesenta, ¿qué hubiera dicho a principios de los ochenta o qué diría ahora que el Perú se ha convertido en un verdadero chongo?

En ese primer ciclo, me había apuntado en el curso de Literatura griega sin mucho entusiasmo —a pesar de que sabía que era un curso básico en mi formación académica—, porque en ese momento me hallaba totalmente inmerso en el Boom latinoamericano y no quería perder el tiempo leyendo aquellas antiguallas. Sin embargo, fue tal la elocuencia del profesor Hopkins en la clase magistral con la que inauguró su curso que no solo despertó mi curiosidad sino que hasta hizo que me provocara aprender griego antiguo para poder leer a Sófocles, Esquilo y Eurípides en su lengua original. Este repentino interés por las tragedias griegas surgió también —todo hay que decirlo— porque la historia de Edipo me reconfortó: si uno podía matar a su padre para casarse con su madre, entonces meterse con su prima no podía ser tan grave. Pero eso es otra historia. Decía que la clase me había entusiasmado tanto que se me ocurrió estudiar griego antiguo por mi cuenta y, apenas salí del aula, me dirigí a la biblioteca y, luego de buscar en el fichero, encontré el libro Aprenda griego antiguo en 30 días. Por el título, pensé que sería como esos libros de texto para aprender inglés que vendían los vendedores ambulantes en versión pirata en el centro de Lima (Nunca entenderé por qué les llamaban vendedores ambulantes si tenían puestos fijos), pero grande fue mi sorpresa cuando el bibliotecario me lo entregó. Era un libro en gran formato, parecía viejísimo y también tenía un aspecto muy raro, parecía forrado en pergamino, pero vaya uno a saber de la piel de qué asqueroso bicho estaría hecho. Cuando lo cogí, sentí una especie de repelús.

Esa misma noche traté de aplicar los conocimientos recién adquiridos en la clase. Le conté a mi prima la historia de Edipo, pero ella no se dejó convencer de que podía ser un atenuante. Definitivamente, yo no tenía la elocuencia del profesor Hopkins.

Al día siguiente, San Marcos entró en una de sus huelgas crónicas y yo aproveché para irme a la selva a realizar un proyecto durante largo tiempo acariciado: comprobar in situ y en carne propia lo que afirmaba el gran Sofocleto en su libro Los cojudos como una de las causas para adquirir la condición de tal: La experiencia alucinante de acostarse con una loretana. Quería comprobar por mí mismo si era cierto que las charapas eran tan ardientes como se decía. Como todo lo que me aconteció allí ya lo he contado en un relato llamado El Chamán, no me explayaré más aquí. Cuando regresé —después de varios meses—, y retorné a las clases, la fiebre por estudiar griego antiguo ya se me había pasado y hasta me olvidé de devolver el libro que ni siquiera había hojeado una sola vez y que quedó relegado en un rincón de mi estantería.

Los años pasaron y ya me había olvidado del bendito —aunque en este caso tal vez sea más apropiado decir maldito— libro, cuando a fines de 1990 —llevaba ya más de un año en Japón—, mi padre me envió una caja de libros que yo le había pedido y, de yapa, para completar el peso, había metido el libraco de marras. La vista de ese libro me desagradaba pues parecía señalarme con un dedo acusador y lanzarme una doble admonición: por un lado, que no me había esforzado en estudiar griego antiguo y, por otro, las iniciales que tenía selladas en su corte delantero UNMSM me recordaban que era propiedad de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y que no lo había devuelto. Así que puse el libro en el resquicio que quedaba entre el techo de la estantería y el cieloraso de mi escritorio, y me olvidé del asunto. Allí estuvo juntando polvo durante todos estos años y así hubiera seguido de no ser porque el día que fuimos a ver Michael, la película sobre Michael Jackson, cuando estábamos viendo el tráiler de Minions & Monsters, le comenté a mi chica que yo tenía un libro para aprender griego antiguo que se parecía al libro para invocar a los monstruos que salía en el trailer de la película. Ella pensó que estaba bromeando, pero, cuando regresamos a casa y se lo mostré, a ella le bastó una mirada para identificarlo y, con la paciencia y el tacto pedagógico que la caracterizan, me sacó de mi error:

—¡Qué curso de griego ni qué ocho cuartos! ¡Es el Necronomicon!

Y como yo siguiera sin entender a qué se refería, me explicó que era un grimorio, es decir, un libro de fórmulas mágicas, instrucciones para encantamientos y hechizos, para realizar aquelarres y rituales de magia negra, brujería y ocultismo y para invocar y conjurar entidades sobrenaturales.

Necronomicon estaba formado por los vocablos griegos nekros, muerto; nomos, ley e icon, imagen y, por lo tanto, su traducción literal es Imagen de la ley de los muertos. Fue escrito por el poeta árabe Abdul Al-Hazred y su título original es Al-Azif, que traducido del árabe sería: “El rumor nocturno de los insectos” (rumor que en el folclore árabe se atribuye a los demonios).

Ella me contó, además, que en la Historia del Necronomicon— un texto muy breve escrito por el mismo Lovecraft, el padre del Horror cósmico—, se decía que las cinco copias latinas que se conservaban estaban en el British Museum de Londres; en la Bibliothèque nationale de France, en París; en la Widener Library de la Universidad de Harvard, en Cambridge, Massachusetts; en la Orne Library de la Universidad de Miskatonic, en Arkham, Massachusetts; y en la Biblioteca de la Universidad de Buenos Aires. Se mencionaba que podían existir más copias secretas y que había el rumor de que una copia del siglo XV había ido a parar a la colección de un millonario norteamericano. Sin embargo, en el relato El que acecha en el umbral (Una de las "colaboraciones póstumas" de H. P. Lovecraft y August Derleth, publicado por primera vez en 1945) se afirmaba que, además de las instituciones antes mencionadas, la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Lima, Perú) poseía una copia en griego.

Cuando me dijo que estaba forrado en piel humana, estuve a punto de soltarlo. Me acordé de que en la primera versión de Misery que se le ocurrió a Stephen King —que se iba a titular The Annie Wilkes Edition (La edición Annie Wilkes)—, el libro que Annie obligaba a escribir a Paul Sheldon sería encuadernado con la piel del escritor.

Cuando le conté cómo había llegado a mis manos, ella dijo:

—Entonces no hay duda de que es auténtico.

Se quedó pensativa por un momento y luego agregó:

—Si se lo ofreciéramos a Stephen King o lo sacáramos a subasta en Sothebys o Christie’s, estoy segura de que habría mucha gente dispuesta a pagar una fortuna para hacerse con él.

De pronto, nuestros ojos se volvieron relucientes símbolos de dólar dorados.

—¡Podría comprarme una primera edición de Moby-Dick! —exclamé.

—¡Y yo —dijo mi chica muy entusiasmada—, una del Ulysses!

—¡Podríamos ir a New Bedford y a Nantucket!

—¡Y a Dublín para celebrar el Bloomsday!

Estábamos exultantes de alegría. De pronto, el rostro de mi chica se ensombreció y pareció regresar a la realidad.

—No podemos hacer nada de eso—dijo con estoicismo—, no podemos arriesgarnos a que este libro caiga en malas manos. Lo mejor sería destruirlo.

Pero ambos sabíamos que para nosotros sería algo imposible. Ni siquiera éramos capaces de botar un libro porque lo considerábamos un crimen de lesa cultura, un pecado mortal.

Salvo en una memorable ocasión en la que mi chica se leyó en la misma semana Farenheit 451, La magia del orden de Marie Kondo y el Capítulo VI del Quijote (en el que el cura y el barbero hacen un bibliocausto con la biblioteca de don Quijote), y se le cruzaron los chicotes y fue arrojando por la ventana de mi escritorio algunos de mis libros más queridos, entre los que destacaba un ejemplar muy manoseado y ajado por el uso, al que le tenía mucho cariño y que, por el gran valor sentimental que tenía para mí, lo había conservado desde la época del colegio como un recuerdo de mi adolescencia: “39 fantasías sexuales”. Lo hizo en el preciso momento en el que las señoras de la Asociación de vecinos, que regresaban de hacer el Radio taisōla gimnasia rítmica matutina— en el parquecito del barrio, estaban pasando bajo la ventana y como entre los libros que les llovieron sobre sus cabezas había algunos algo subidos de tono, como un Kāma-sūtra y un Ananga ranga ilustrados a todo color y sin censura y una enciclopedia en gran formato de grabados ukiyoe shunga, se escandalizaron, y a partir de entonces empezaron a mirarme con recelo y a rehuir mi presencia, me retiraron el saludo y pasaron de llamarme el gaijin (el extranjero) —que ya era algo peyorativo y xenófobo— ha referirse a mí como el sukebe (el lujurioso).

Por un momento, como Borges en El libro de arena, también nosotros pensamos en el fuego, pero, si él temía que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta, nosotros tampoco sabíamos qué consecuencias podría acarrear el quemar un libro tan maléfico como aquel.

Mi chica que me conoce como si me hubiese parido y que parece tener el poder de leerme el pensamiento incluso antes de que algo me pase por la cabeza, me advirtió perentoriamente que me abstuviera de utilizarlo.

Así que volví a colocarlo en su escondite, pero, el día del estreno de Minions & Monsters, la tentación superó mis fuerzas y lo metí en mi mochila y lo llevé al cine. No sabía cómo iba a hacer para sacarlo sin que mi chica se diera cuenta, pero, cuando llegamos al cine, sucedió algo con lo que no había contado y que favoreció mis planes: nos habíamos olvidado de que los chicos estaban de vacaciones. El cine estaba repleto. Apenas si quedaban butacas libres. Nos tocó sentarnos separados por una niña igualita a Agnes, la menor de las hijas adoptivas de Gru, y su madre. La algarabía era general. Olía a churros y la mitad del popcorn que comían los niños iba a parar al piso.

Mi intención inicial solo era comparar mi ejemplar con el de la película, pero, cuando llegó la escena en la que invocan a Goomi, sin que pudiera evitarlo, como si alguien me lo ordenara y yo no pudiera dejar de obedecer, las palabras fueron saliendo de mi boca sin que yo pudiera impedirlo. Como ya me las había aprendido de memoria viendo en Youtube una y otra vez el trailer de la película, no tuve dificultad en pronunciarlas al unísono con James:

¡Miso soup! ¡Yaki onigiri! ¡DAIFUKUUU!

Mientras las pronunciaba —yo, que pensaba que estaban en r'lyehiano o, en el peor de los casos, en aklo, aunque ambas lenguas eran ininteligibles e impronunciables para los seres humanos, recién en ese momento caí en la cuenta de que el conjuro estaba formado por nombres de comidas japonesas (Por cierto, el daifuku final es el dulce tradicional japonés favorito de mi chica)—, una humareda de la que irradiaba un resplandor verdoso fue levantándose del piso del escenario frente a la pantalla y, al mismo tiempo que giraba como un torbellino, empezó a sonar una extraña melodía que, aunque me sonaba familiar, parecía venir de muy lejos en el tiempo. ¡Claro! Era The Call of Ktulu de Metallica. Creo que no la escuchaba desde fines de los ochenta, pero la reconocí inmediatamente, a pesar de que esta versión parecía tocada con instrumentos rudimentarios hechos de huesos, troncos, calabazas, pieles y tripas, que producían un sonido arcaico, cuya resonancia parecía provenir del inicio de los tiempos y que no parecía de este mundo.

Cuando la humareda se disipó, para sorpresa de todos, pues supongo que la mayoría había visto los trailers de la película, no emergió Goomi (Acrónimo formado por las iniciales de su nombre completo: Gary Orkam Oliver Magma Ichabod), el gracioso pulpito verde, sino un ser monstruoso de forma vagamente humanoide con el cuerpo escamado y garras en las cuatro extremidades, dos grandes alas plegadas en la espalda y que lo único que tenía en común con Goomi era la cabeza de pulpo de la que brotaban infinidad de tentáculos de diferentes tamaños y el color verde. Su cara me recordó a la de Davy Jones, el capitán del barco El Holandés errante que sale en la película Los piratas del Caribe.

Así que este era Cthulhu. Traté de consolarme pensando que al menos no se trataba de Azathoth, de quien se dice que el día que despierte, todo el universo y la realidad desaparecerán de inmediato, ya que toda la existencia es solo un sueño que él está soñando. En ese caso no hubiera habido tutía y no habría quedado otra cosa que decir: ¡Buenas noches los pastores! y no hubiéramos tenido tiempo ni para agregar: ¡El último apaga la luz! Felizmente solo era Cthulhu. Aunque Cthulhu tampoco era moco de pavo. Fue creciendo ante nuestros ojos hasta alcanzar un tamaño colosal y cuando su cabeza rozó el techo de la sala, lanzó un rujido aterrador. Sin embargo, para mi sorpresa, no cundió el pánico. Al contrario, primero se escuchó un prolongado ¡Ooohh! de asombro y respetuosa admiración y luego los niños, que eran la mayoría del público, aclamaron con gritos, vítores y aplausos la aparición de Cthulhu.

Era la primera vez que se estrenaba una película en IMAX 4DX 3D, es decir, que se habían combinado en una sola sala las ventajas de la gigante pantalla curva y el potente sonido envolvente de las salas IMAX, el movimiento de asientos y los efectos ambientales y sensoriales del sistema 4DX y la simulación de la visión tridimensional de las películas 3D, lo cual elevaba el nivel de realismo hasta un punto nunca antes visto: ¡Más que estar viendo una película —decía la promoción— a usted le parecerá que la está viviendo! (Aunque lo mismo habían dicho los hermanos Lumière ya en 1895 al anunciar la primera proyección comercial de su Cinematógrafo. Y la verdad es que no habían exagerado: el invento causó asombro y estupefacción no solo entre la masa inculta del pueblo llano sino entre los más cultos y distinguidos miembros de la alta sociedad parisinala crème de la crème— que acudieron al Salon Indien du Grand Café de París el día del estreno. Durante la proyección de uno de los cortometrajesL'Arrivée d'un train en gare de La Ciotat (La llegada de un tren a la estación de La Ciotat)—, al ver que se aproximaba el tren y que parecía que estaba a punto de atropellarlos, muchas de las emperifolladas damas lanzaron un grito y se desmayaron del susto y algunos de los circunspectos caballeros que las acompañaban dejando de lado toda galantería se retiraron a toda prisa a la parte trasera de la sala para salvar sus vidas olvidándose por completo de sus consortes. La imagen era tan real que uno de los pasajeros que había bajado del tren —ante el estupor general— se salió de la pantalla y, al enterarse de que se hallaba en la sala donde se estrenaba el cinematógrafo, se alegró mucho porque nunca había estado en París y aprovechó para quedarse a ver gratis el resto de la función. Interrogado por los demás espectadores sobre su extraña aparición, no pudo contestar, no porque no quisiera sino porque no podía, porque —como todos sabemos— por aquellos días el cine todavía era mudo.

En la actualidad, por el contrario, la gente se había acostumbrado tanto a la rapidez con la que avanzaba la tecnología que la había normalizado y ya nada la asombraba.

Por eso, ante la súbita aparición de Cthulhu, nadie se asustó. Al contrario, aplaudían con gran júbilo el realismo de la escena. Parecía que los espectadores lo atribuían todo a los efectos especiales de la película. Una de las más entusiastas era mi vecinita, la niñita que se parecía a Agnes, la menor de las hijas adoptivas de Gru, que, lejos de asustarse, aplaudía y saltaba sobre el asiento con una alegría irreprimible, como si fuera uno más de los Minions, celebrando la aparición de Cthulhu.

De la locura instantánea que —se dice— provoca la sola visión de Cthulhu, parece que nos habían salvado los anteojos oscuros 3D y, felizmente, yo había tenido la precaución de aprenderme de memoria las palabras que había que mencionar ante el gran Cthulhu cuando despertara de su letargo para no ser destruido por él: "Cthulhu R'lyeh Ph'nglui mglw'nafh wgah'nagl fhtagn". Sin embargo, ante todo, había que resolver un problema: ¿cómo se pronunciaba Cthulhu? ¿Cutulu? ¿Catulu? ¿Cazulu? Los fans de Lovecraft no conseguían ponerse de acuerdo y hasta el mismo Lovecraft tampoco lo sabía. Haciendo de tripas corazón, le grité: "Cthulhu R'lyeh Ph'nglui mglw'nafh wgah'nagl fhtagn". Pero parece que Cthulhu era un poco duro de oído o que yo —por más que me había esmerado en vocalizar con mucho cuidado cada una de las letras de una frase en cuyas palabras las vocales no eran algo que abundara precisamente—, no había conseguido pronunciarlas correctamente, porque Cthulhu frunció el ceño, me miró con extrañeza, hizo un gesto de fastidio, lanzó un rugido que parecía decir: No entiendo nada de lo que dices —que, cosa curiosa, es lo mismo que me dicen los japoneses cuando les hablo en japonés—, y, haciendo caso omiso de mis palabras, continuó creciendo hasta derribar con la cabeza parte del techo de la sala.

En ese momento, de la cercana base militar de Zama Camp, que comparten las Fuerzas del Ejército de EE. UU. en Japón (USARJ) y las Fuerzas Terrestres de Autodefensa de Japón (JGSDF), acudieron tropas de asalto compuestas por soldados americanos y japoneses que, al lado de Cthulhu, parecían soldaditos de juguete y, provenientes de la Base Aérea de Atsugi (Naval Air Facility Atsugi), aparecieron un helicóptero de asalto UH-60L Black Hawk, un V-22 Osprey (águila pescadora en inglés), esa especie de avión-helicóptero llamado así por su capacidad de despegue y aterrizaje verticales, y una media docena de drones. Sin embargo, para Cthulhu, las balas, cohetes y proyectiles que le disparaban eran como picaduras de zancudos. Las esquirlas y fragmentos de metal salían volando en todas direcciones, amenazando con acribillarnos. Algo cayó a mis pies. Me agaché y lo recogí. Era una plaquita de metal dorado que decía: Зроблено в Україні. Por un momento, creí que estaba escrito en el idioma incomprensible de Cthulhu, pero luego se me ocurrió traducirlo con mi smartphone y lo que decía era: Hecho en Ucrania. De modo que se trataba de los famosos drones ucranianos, lo último de la tecnología en drones.

Mientras tanto, en medio de la vorágine, mi chica había conseguido rescatar el Necronomicon y ahora estaba buscando desesperadamente el conjuro para neutralizar a Cthulhu. El problema era que la aparición del monstruo había provocado una onda expansiva que había hecho añicos sus anteojos a pesar de que eran tan gruesos como fondos de botella y que parecían a prueba de balas, y ella era tan miope que, sin ellos, no veía más allá de sus narices (y teniendo en cuenta que mi chica no es Barbra Streisand, la cosa se agravaba. Justamente yo había aprovechado para declarame un día que se quedó si anteojos).

Los soldados se sentían impotentes: Cthulhu parecía indestructible.

Cuando ya habían solicitado el permiso y solo esperaban la autorización del presidente Donald Trump para lanzar un Tomahawk desde uno de los destructores estacionados en la Base Naval de Yokosuka (porque Zama Camp estaba demasiado cerca y si el misil partía de allí, existía el riesgo de que pasara de largo), mi chica dio por fin con la frase y, al pronunciarla, las letras se iluminaron en el libro, se produjo un remolino alrededor de Cthulhu y este fue absorbido dentro del libro como el genio de la lámpara de Aladino.

El público, emocionado por el final de la función, empezó a aplaudir y a dar vivas plenamente satisfechos con el espectáculo. ¡Nunca habían visto nada igual! ¡Y ni siquiera tuvieron que soportar los créditos!

Entonces, los soldados del ejército de autodefensa de Japón y los soldados americanos de Zama Camp aprovecharon para evacuar a la gente e inmediatamente la zona fue acordonada, se levantó una alta tapia con vallas de metal y lo acontecido fue declarado secreto militar.

La versión oficial que se difundió a través de los noticieros y las agencias de noticias fue que un tifón localizado —un fenómeno muy raro que se achacó al cambio climático ocasionado por el calentamiento global y al fenómeno de El Niño— había arrasado con el shopping mall.

En las redes sociales, algunas personas que habían ido al cine comentaron que los espectaculares efectos especiales de la película habían sido demasiado realistas y otras, que se les había pasado la mano con el trailer de Godzilla Minus Zero que estaban pasando en la sala vecina, pero todas estas versiones fueron desmentidas por las autoridades y calificadas de fake news. A los pocos que se quejaron, se les repartieron como indemnización pases gratuitos para el cine por un año, aunque no se sabía con certeza cuándo sería reconstruido el shopping mall.

Solo mi chica y yo sabemos lo que realmente pasó.

Gracias a Dios, a pesar de que no solo el cine sino todo el mall quedó completamente destruido, milagrosamente no hubo víctimas mortales que lamentar y nadie resultó herido. Nadie, excepto yo.

¿Cómo es que, de los centenares de personas que había en los cines y el shopping mall, yo fui el único que sufrió un politraumatismo generalizado del sistema óseo y ahora estoy vendado de los pies a la cabeza como una momia egipcia escribiendo esta crónica de lo sucedido en mi cama del Hospital Municipal de Zama?

Antes que nada, debo aclacar que no fue por la acción directa de Cthulu sino que tal vez habría que incluirlo dentro de los daños colaterales o del llamado fuego amigo.

Creo que ya he mencionado antes que mi chica es cinturón negro en karate y, como muchos de ustedes sabrán, la palabra karate está formada por los kanjis “kara” (vacío) y “te” (mano) por lo se podría traducir como el Arte de la lucha con las manos vacías. Dicho sea de paso, aprovecho la oportunidad para aclarar que el karate fue desarrollado por mis antepasados en el reino de Ryūkyū (en la actual prefectura de Okinawa) debido a la prohibición de portar armas que les impuso el Clan Satsuma cuando los invadió y no porque fueran tan misios que no tuvieran ni para comprarse una mala katana Made in China como dicen las malas lenguas.

Por otro lado, el día que decidimos conservar el Necronomicon y luego de que mi chica me advirtiera perentoriamente que no usara el libro, tuvimos una controversia etimológica. Yo siempre había creído que “paliza” significaba “golpiza dada con un palo” y ella se mostró en desacuerdo. Cuando ya iba ir a mi escritorio en busca de la última edición del diccionario de la RAE para zanjar la discusión, mi chica me dijo que no era necesario y me prometió que, cuando se presentara la ocasión, me demostraría con hechos y no palabras que yo estaba equivocado, que una paliza también puede propinarse con las manos vacías.

Pues bien, mi chica cumplió su promesa, porque ella es una persona de palabra, que siempre cumple lo que promete.

Si fuera la primera vez, podría consolarme pensando que lo que ha sucedido una vez tal vez nunca más vuelva a suceder, pero acabo de acordarme de que lamentablemente esta es la segunda vez que sucede y, como reza un dicho japonés: “Lo que ha sucedido dos veces, inevitablemente sucederá una tercera vez”.

Por cierto, debo decir que termino de escribir esta crónica de lo sucedido con el cuello muy adolorido porque la he escrito tecleando las letras en mi smartphone (que una enfermera tuvo la amabilidad de fijar con esparadrapo a la mesilla de la cama) con un lapicero touch que sostenía mordiéndolo con los dientes (pese a lo cual, he conseguido igualar mi velocidad de tipeo habitual en el teclado de mi computadora, lo que tampoco es una gran proeza pues yo escribo con un solo dedo). Recién ahora me percato de que podría haber usado otra parte del cuerpo para teclear, pero, pensándolo bien, además de que hubiera sido muy vergonzoso si alguien me sorprendía haciéndolo, hubiera terminado con la cintura hecha polvo.

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